sábado, 28 de junio de 2014

Lita y Nené

Mi amiga Milagros ha llevado a cabo estos días un acto heroico: me ha prestado un libro. Hace años que no presto libros y, si lo hago, el receptor o receptora me firma un Recibí en toda regla, en el que, a modo de contrato, se compromete a devolverme el libro si no se quiere aventurar a sufrir toda clase de castigos. Es lo que hay. Mi biblioteca es sagrada y eso de que os preste un libro y os lo quedéis por la cara, como que no. 

Mi amiga Milagros es un poco heroína porque, ya os digo, me ha prestado un libro. El libro está escrito por dos mujeres y un hombre. Al hombre solamente le han dejado escribir el prólogo y se ha conformado con eso, lo cual que es un punto muy a su favor. Está bien escrito ese prólogo, la verdad, pero en él denota su condición inevitable de sevillano porque llama zaguán a lo que, en Cádiz, es casapuerta. Salvado este pequeño detalle, todo correcto. Bien, José Ignacio Artillo Pavón.

El resto del libro es cosa de mujeres. De dos. Lita y Nené. Una habla y otra contesta. Y así. Escriben cosas de su día a día, cosas de ellas mismas, cosas de lo que ven, cosas de casi todo. Y las respuestas, pues lo mismo. Si tú, mujer, lees lo que cuenta Lita a Nené o lo que cuenta Nené a Lita, vas a encontrar muchas palabras que has pensado, que has sentido, que has imaginado. Muchas preocupaciones y alguna tontería. Ya sabes.

No sé por qué, leyéndolo, me he acordado de mi madre y Manolita, de sus confidencias de "ropa tendida", de sus charlas junto al café o en la casapuerta. Ya véis, ellas podrían ser Lita y Nené, sin duda. 

Pero Lita y Nené son también, dos ciudades, dos lugares tan diferentes como cercanos. Lita escribe desde Sevilla y Nené desde Cádiz. Diferentes, sí. En forma de vida, en clima, en vocabulario, en las cosas de comer. Diferentes. Como diferentes son ellas dos, como variadas son las referencias que aparecen en el libro, que llegan, incluso, a Virginia Wolf. Con esta sencilla envoltura epistolar han cobijado una suerte de tratado de la filosofía de la mujer que hoy se pregunta cómo cojones sobrevive y además lo hace sonriente y mostrando su mejor cara. Así.

He tenido que leer el libro a toda prisa. Porque tengo que devolvérselo a  Milagros y no quiero ser como esa gente que se queda con los libros prestados. Eso está feo, muy feo. Pero queda aquí, en este blog, la noticia de su existencia y también el gesto de Milagros. Al fin, todo me parece lo mismo. Dos amigas se escriben, comparten sus pensamientos, sus ilusiones, sus miedos, sus angustias, su cachondeo. Milagros comparte conmigo el libro, con lo que todo queda entre mujeres. Bien. 

Por si quieres buscarlo por ahí. El libro se llama "Arrobadas. Dos mujeres a la carta". Ellas son Lita Gómez y Nené Ortiz. Y Milagros es Super-Milagros, qué más decirte. 

(Si tú estuvieras, si no te hubieras ido, si no existiera esta ausencia tan espesa, podría contarte cosas del libro, de Milagros, de miles de cosas que este año han ocurrido. Pero no estás. Queda callarse y escribir al aire.)

martes, 24 de junio de 2014

Coplas

Un par de veces he escrito sobre Julio Romero de Torres en la revista "Sevilla Flamenca", cien números y un adiós definitivo hace años, pero un buen caudal de textos y de imágenes para la historia del flamenco. Fue en una serie dedicada al flamenco y las artes, cuyo artículo inicial, el de cabecera, se publicó en "Litoral" la legendaria revista creada por, entre otros, Manuel Altolaguirre, uno de mis poetas. Romero de Torres carga con la cruz de ser tan conocido y de estar tan reproducido en toda clase de formatos que parece un pintor más, un imitador de sí mismo. Pero, si te adentras en su universo, descubres otras cosas. Y puedes hacerlo, está a tu alcance, porque hay mucho escrito sobre él y, además, están sus cuadros, en Córdoba sobre todo, aunque fue preciosa la exposición del Thyssen de Málaga que pudimos ver en Sevilla no hace mucho. Mujeres rubias donde todo parecía hecho para las morenas. 

Pues bien, tiene Romero de Torres un cuadro que estudié en mis tiempos de cursos de doctorado llamado "La Consagración de la Copla". No es el que ilustra esta entrada, porque he preferido elegir uno menos ortodoxo, más lleno del espíritu de vanguardia del artista. Pero esa consagración de la copla no es solamente la imagen de mujeres más o menos ataviadas al estilo andaluz, la imagen de las guitarras o las manos que la tocan, sino también una forma de entender la música, una forma de acercarse a melodías añejas, revisitadas, convertidas en otra cosa, en algo que nos emociona y que entendemos. Porque las coplas, nuestras coplas andaluzas, las cantaban nuestras madres y nuestras abuelas, nuestras tías y vecinas, nuestros ascendientes todos. Y esas coplas están en nuestra memoria aunque solamente sea porque la memoria de los pueblos no representan a uno solo de nosotros sino a un colectivo mucho más amplio. 

Esa fue la copla que rescató Carlos Cano. Qué pena que se fuera tan pronto. Qué sensibilidad. Qué aire antiguo y, a la vez, tan renovado. Qué especial forma de hacer el cante tenía. Sus coplas, las que él escribió, las que cantó habiéndolas escrito otros, son muestra clara de esto que os digo. Por eso nos llegan, directamente, al corazón. La gente de Cádiz tenemos a esas "Habaneras" como cosa nuestra y su legado, además, nos ha dejado otras que tienen un significado especial. 

Causa de mi perdición
Que me perdone el Señor
Sin ti no puedo vivir.
Llevadme donde la luz.
Llevadme, quiero cantar.
Tiene el corazón razones
Que nadie sabe explicar.

Hace muy poquito hablaba yo en este blog de Paco de Lucía. Su disco póstumo (otra pérdida temprana, tan dolorosa) es un disco de copla. Canción Andaluza se llama. Allí están los cantes que oíamos en el patio, en la calle, con las vecinas, en los tocadiscos. Los cantes que forman nuestra memoria sentimental. Las coplas. 

Esas mismas coplas que ahora hace Miguel Poveda y que tanto éxito le están dando. Las que se oyen en La Unión, en los agostos de su Festival de las Minas, pues allí todo, el flamenco y la copla, aparecen unidos, en una simbiosis única a la que únicamente le falta el añadido de aquellos sones folklóricos que están también en la raíz del cante, los tangos de carnaval, los verdiales, los fandangos de Huelva, las sevillanas. 

La música andaluza es riquísima. Ya sabemos que hay paladares exquisitos que la consideran de segunda división, de gente sin formación y sin conocimiento. Pero yo creo que son precisamente aquellos que no tienen la capacidad de disfrutarla los que demuestran estar huérfanos de sensibilidad y de respeto a su legado, a lo que son, quieran o no quieran. 

Las coplas, las coplas. 

domingo, 15 de junio de 2014

La visita de la Princesa

El 21 de noviembre de 2008 no hubiera creído que, cinco años y medio después, nuestra visita de ese día se convertiría en Reina de España. Pero así es. Y, por ello mismo, los ecos y los recuerdos, las imágenes, las palabras,todo adquiere una nueva proyección, una actualidad, un interés distinto. Por eso, comparto con vosotros lo que fue aquella visita, lo que la motivó y cómo se desarrolló. Algo que, hasta ahora, no he contado nunca. 

La invitación partió de mí misma. Nada de organismos oficiales, ni Ayuntamiento, ni Junta de Andalucía. Pura y llanamente una idea que surgió cuando las obras de nuestra preciosa biblioteca, por fin, estaban listas. En aquel momento dije que la idea me la habían sugerido unos alumnos, pero no era verdad. Quise evitar protagonismos desde el primer momento.  La invitación fue sencilla. Una carta dirigida a la Zarzuela. Nada más. Sin enchufes ni recomendaciones. La respuesta a esa carta me hizo entender que era más fácil comunicar con la Casa Real que con un negociado cualquiera de la administración autonómica. Vaya tela, pensé entonces. Vaya tela, sigo pensando ahora. 

Yo, entonces, era directora de un instituto. La biblioteca era su joya, algo que habíamos conseguido después de muchos esfuerzos. La visita de los Príncipes de Asturias, pues a ellos dirigí mi invitación, era el colofón perfecto, la prueba inequívoca de que nuestro trabajo por la lectura, el libro, el saber, tenía sentido. 

No recuerdo exactamente la fecha de la carta, pero sí que la respuesta fue razonablemente rápida. Esa carta fue la primera, pero no la única. Una variada correspondencia jalonó el período anterior a la visita. Nunca tiré la toalla, tengo que decirlo, aunque hubo inconvenientes de muchas clases. Pero daba igual. La espera tendría que merecer la pena. Y así fue. Las misivas tenían un especial tono cordial que dejaba siempre abierta la puerta a la esperanza. Por mi parte, tenía claro que nuestra biblioteca, nuestros alumnos, merecían eso y más. 

Todo se concretó un 3 de septiembre de 2008. Recién comenzado el curso. El teléfono trajo una llamada de alguien muy amable que anunciaba la visita de la Princesa en una fecha determinada. Aquella sería una de las primeras actividades de agenda en las que la Princesa asistía sola. Eso tenía mucho valor, mucho sentido. La voz del 3 de septiembre me pidió discreción. Fui tan discreta que no lo conté a nadie, a nadie absolutamente, hasta que recibí el permiso para ello, justo una semana antes de la fecha. Cuando digo a nadie incluyo a mi propia familia. Fui discreta porque así lo pidieron y volvería a actuar igual. 

Pero fui preparando, sin avisar a nadie, los aspectos que formarían parte de esa visita. Viendo el programa, los horarios, las clases que se recorrerían, cómo sería el acto central en la biblioteca. Las comunicaciones con el servicio de protocolo de la Casa Real eran constantes, porque yo era una pardilla en organizar visitas reales así que tenia muchas preguntas que hacer. Pero siempre encontré respuesta amables, personas que estaban al otro lado del teléfono o del correo electrónico a todas horas, sin que ninguna de las miles interrogaciones que yo me hacía y hacía les supusieran molestia alguna. Dicho en roman paladino, eran encantadores.

La visita, por fuerza, tenia que ser rápida, creo que una hora y media aproximadamente. Pero aquel instituto, que ya no puedo llamar mío, era muy grande, con casi mil ochocientos alumnos y varios edificios. Había que conseguir que todos se sintieran partícipes del acontecimiento y todo ello dentro de la normalidad, pues no se suspendieron las clases. Durante más de dos meses cavilé sobre cómo lograrlo. Un movimiento de masas que más bien parecía algo de película, un rodaje espectacular. Niños que tenían que moverse, recorridos, fotos, lugares seleccionados, obsequios. Con respecto a los regalos yo lo tenía claro y también lo tenían "ellos". Nada de valor. Así fue: una bandejita de cerámica de Triana con el nombre del centro ("para poner los pendientes" dije yo al entregarla), unos cuentos escritos y encuadernados por niños de primero y segundo de ESO ("para las infantas"), un cuaderno formado por hojas tomadas de la que se dio en llamar "la hora de la lectura" en la que todo el mundo contestó a la pregunta ¿Leer es...?, una revista de las que se publicaban con artículos y reportajes relativos al centro...

Una semana antes del evento avisé al Ayuntamiento, avisé al resto del profesorado, lo conté en mi casa a mi familia. Una semana antes me compré una chaqueta color violeta, pedí hora en la peluquería y repasé, punto por punto, con "ellos" y con mi, entonces, equipo, los detalles de la visita, el cronograma, que tenía que ser exacto y que incluía trasladar a setecientos niños de primero y segundo desde un edificio al patio de otro, entre otras hazañas sincronizadas. Seleccioné a las personas que formarían el grupo de escogidos que compartirían el acto en la biblioteca, las aulas que se visitarían, los lugares de las fotos...Otros detalles, como el descubrimiento de un azulejo de Triana con el recuerdo de la visita y la firma en el libro de honor también se ajustaron entonces.

Y, rápido, veloz, sin tiempo para más, llegó la fecha tan esperada. En la edición de ABC de esa mañana o del día anterior, no lo recuerdo, se hacía alusión al acto y aparecía un artículo mío sobre los libros. Otros medios se acreditaron para el acto, televisiones, radios, prensa...La prensa y los medios para mi, entonces, instituto, era algo cotidiano. Allí los alumnos se forman precisamente para eso y nada nos es ajeno de lo que se refiere a la comunicación. Eso es lo que siempre me gustó más de aquel centro, el contacto con los medios, con todo lo que ello supone.

No recuerdo si esa mañana estaba o no nerviosa. Sí que anduve sofocada hasta que empezó todo, porque los políticos siempre dan codazos y los codazos eran apreciables, todo por aparecer en el mejor lugar en las fotos. En un momento dado, alguien anunció que la visita llegaba y que venía con faldas. Eso hizo que, en el último instante, se trasladaran a la biblioteca unas enormes macetas que se colocaron justo delante del lugar que ocuparía nuestra invitada.

La visita llegó y todo funcionó como un reloj, como un baile, sin errores, sin tardanzas, sin ninguna dificultad. La Princesa de Asturias, nuestra visita, venía de blanco, con falda y chaqueta que llevaba una flor en la solapa. Sus zapatos eran guays. De color fucsia. Todas las niñas los miraban con atención. Cuando bajábamos las dos la rampa interior de acceso a la biblioteca le pregunté por sus hijas, qué tal estaban las niñas. No os daré más detalles de la charla, porque sigo guardando la prudencia.

El acto funcionó como un reloj. Estaba tan bien calculado, tan bien medido. Me había costado horas ajustarlo pero salió perfecto. Todo el mundo tenía un sitio en ese baile. Todos pudieron representar su papel. Nadie quedó excluido. Nadie me felicitó por ello, ni entonces ni después, ahora que lo pienso. Supongo que les parecería natural que fuera así. No lo sé.

Y, además, era fácil funcionar con las personas de la Casa Real. Profesionales, discretos, humanos, simpáticos, agradables, serviciales. Encantadores, ya digo.

La Princesa de Asturias se fotografió con todos los niños que quisieron, les sonrió, les preguntó cosas, intervino en las aulas, fue amable y cercana. Todos admiramos la calidad de su piel y su sonrisa. Afable y sencilla a la vez. Nos gustó. Aquello mereció la pena. Dentro de unos días será Reina. Aquellos niños seguramente recordarán los fastos de ese día. Yo los recuerdo ahora.