domingo, 18 de mayo de 2014

Cholismo

Mi amiga Isabel profesa desde ahora una nueva religión: el cholismo. Y no es la única. Miles de personas, aficionadas o no al fútbol, atléticas o no, se sienten partícipes del triunfo liguero del Cholo Simeone y comparten su filosofía, esto es, sus palabras, porque el Cholo tanto organiza tácticas futbolísticas como las adoba con expresiones e ideas que apoyan su forma de ver el deporte, y, quizá, la vida. Las veinticinco frases que el Cholo ha ido desgranando durante estos tres años aparecen ya en Internet y, si hay algún periodista avezado que caiga en la cuenta, pronto podrían formar parte de un libro, un libro de autoayuda, desde luego. El mercado de los libros de autoayuda es tan amplio que se engrosa cada vez más con toda clase de temas: cómo hacer el amor sin subtítulos, cómo cocinar sin tener ni idea, cómo ir vestida de madrina, cómo ligar sin salir de casa, etc. Estamos en el mundo de la autoayuda, de los personal shopper, de los entrenadores y de las recomendaciones por doquier. Casi nada sabemos hacerlo solos, pero esa es otra cuestión. Estábamos con el Cholo. 

Porque el Cholo no habla de fútbol, o, no solamente de fútbol. El fútbol es aquí una excusa, una actividad que bien podría intercambiarse por cualquier otra. Mi amiga Isabel lo ha entendido a la perfección. Y, como ella, ya digo, miles de personas. Porque, veamos. Lo que el Cholo predica tiene que ver con valores que el sentido común nos dice que ya existían, pero que aparecían nublados por otros, mucho más potentes al parecer. Contra el dinero y la ostentación económica, el Cholo habla de esfuerzo y de ilusión. Contra la desesperanza, habla de voluntad. Contra el desánimo, de lucha. Contra el individualismo, el Cholo prefiere el equipo. Contra el destino, la búsqueda de la superación. Contra la queja, la perseverancia en el camino del éxito. 

Habla de fútbol, sí, pero podría hablar de otra cosa. De cualquier trabajo, de cualquier afición, de cualquier país del mundo, de la vida, en realidad. Lo que el Cholo nos dice y dice a sus jugadores es que no hay nada escrito, no hay ningún motivo para renunciar a los sueños de antemano. Yes, we can, dijo Obama y así ganó las elecciones. Escrito, desde luego, no es lo mismo que oírlo decir al presidente, entonces candidato, porque, aunque no hayamos reparado en ello, hay que recordar cómo es la voz de Obama, cálida, potente, decidida, convincente, con ese inglés americano que todos quisiéramos hablar, excepto los ingleses, claro está.

Y fíjate que el Cholo dice algo parecido a lo de Obama, pero mucho más doméstico, más directo y mejor explicado. Pormenorizado, mostrando un camino, una ascensión a un estado mucho más llevadero que el que normalmente tenemos entre manos.

Porque, además, no sabemos si fue Obama el inventor de la famosa frase, pero sí tenemos claro que, en el caso del Cholo, su repertorio de arengas es suyo, totalmente suyo, en un caso único de entrenador-filósofo que está convirtiéndose en un fenómeno de masas. Me recuerda a esos generales romanos, que conocemos por las películas y por el diccionario de Latín, que, ante cualquier encuentro bélico, lanzaban esos bonitos discursos a la tropa, muchas veces derrengada y miserable, sin posibilidades de éxito, pero armada con su orgullo. Como la última legión y Colin Firth, en película del mismo título.

El Cholo gana la Liga como si fuera una gesta épica y se presenta en la rueda de prensa rodeado de su equipo. Ese grupo de hombres, de distintas edades y tareas, aparecían ahí, a su alrededor, como si fueran los apóstoles de un profeta, los seguidores de un gurú. Pero el gesto dice mucho. El Cholo dice con eso que es mejor trabajar en equipo, que los genios solitarios están bien para convertirse en escritores o en pintores que la posteridad valore, pero no en coaching, en entrenadores, en conductores del fervor de tanta gente que necesita creer.

Y es que no estamos únicamente ante el renacer de un equipo acostumbrado a perder. Ni ante un baño de felicidad inesperado para una afición que ha hecho del sufrimiento un modo de sentir. No. El cholismo es algo más. Significa ahora que hay esperanza en la desesperanza. Y que los que nos sentimos puteados por el jefe, desatendidos por las administraciones, obviados por la publicidad, olvidados por los amigos, desenamorados, solos, perdidos, escasos, descentrados...los marginados de tantas cosas, en suma, podemos empezar a pensar que no hay mal que cien años dure, que sí que podemos, que hay que ir día a día, partido a partido y que si hay gente que no quiere nuestra felicidad nosotros sí que queremos. Y con eso basta.

Todo el mundo, cholista de una u otra forma, se ha alegrado, además, de que el Atleti gane la liga. Me pregunto si este asentimiento de propios y contrarios no tendrá mucho que ver con la evidencia de que el Atleti no suele ganar. ¿Qué pasará si, a partir de ahora, en una progresión imparable del cholismo, el Atleti se convierte en ganador seguro de toda clase de competiciones? Pues que no nos alegraríamos todos tanto. Es corriente respaldar a un perdedor. Pero hacerlo con un ganador, es otra cosa.

Así que tendremos que darle las gracias al Cholo por su victoria épica (de nuevo esta palabra que viene tan bien a todo lo que estamos hablando) y apuntarnos en lista de espera para conseguir el libro de autoayuda del cholismo en nuestra librería de siempre. Vaticino colas en las próximas Ferias del Libro si llega a sustanciarse. Quizá no tan largas como para adquirir el último engendro escrito por el famoso de turno, engendro que ni siquiera el famoso ha leído y, mucho menos escrito, pero casi. Porque el Cholo es ya de la familia y su arenga un empujón que todos agradecemos en este duermevela que nos acoge desde hace tanto. Y ese libro es una inversión más rentable si, como anuncia el Cholo, querer es poder.

Algo que, por otra parte,ya sabíamos, pero que teníamos olvidado.

viernes, 2 de mayo de 2014

Decir el verso

Aunque pueda llamarse a engaño, esta entrada no va del teatro del Siglo de Oro. No. Hablo de mayo, el mes de las Primeras Comuniones. En mi casa se dice, simplemente, "hacer la Comunión". Siempre que llega este mes, cuando veo a los niños vestidos de marinerito, a ellas de  de organdí blanco o, a los más barrocos, de capitán general, recuerdo el día de mi Comunión. La imagen aparece diáfana, la sensación de madrugar, la muda de ropa interior de algodón blanco bordado, el vestido, que había cosido mi abuela sobre una magnífica tela de batista suiza también bordada...Mi memoria llega hasta la iglesia de la Pastora y al niño que me acompañaba en la fila, un guapísimo Manuel Blandino. También veo el altar mayor de la iglesia, con esa imagen de la Virgen rodeada de ovejas, una de las cuales, la del centro, trisca a su antojo, se iré y no tiene ninguna prudencia en su conducta. Es una oveja muy descarada. 

Pero, seguramente, lo que más me llama la atención es el hecho de que fui yo la niña que, en la ceremonia, dijo el verso. Decir el verso, en nuestro argot, es recitar una larguísima poesía sagrada dedicada la Virgen. Cada año, un niño o una niña es elegido para ello. Decir el verso es un motivo de orgullo para las madres. En mi caso, no solamente dije el verso en la iglesia, sino luego, en el patio del colegio, ese patio tan recoleto, lleno de azulejos, con unos suelos de mármol espectaculares. Las madres se preguntaban que edad tendría esa niña, o sea yo, para recitar tan bien y con tanta seguridad. Y mi madre, la recuerdo, lanzaba por doquier la misma respuesta, un poco enfadada. Pues ocho años recién cumplidos, que edad va a tener.

Ay, la envidia, qué mala es. Ya entonces lo entendí.