domingo, 27 de abril de 2014

Preguntas sin respuesta

Cae el sol con toda la fuerza de una primavera cuajada de flores. Los macizos de rosas rojas rodean la carpa. Es una carpa blanca, que aparece como si estuviera preparada para una boda americana, de alguna actriz famosa de esas que se casan siete veces, todas ellas con tipos guapísimos diez años más jóvenes y todos atléticos y estupendos. La carpa es alargada y se abre en uno de los laterales al modo de las tiendas indias.

Cuando llegamos, una escritora joven, Vanessa Monfort, habla con entusiasmo y una dicción perfecta de su libro. Lee algunos fragmentos, explica su significado, mueve las manos. La primera fila está penosamente vacía. En unas tarjetitas blancas escritas con letras negras se dice que están reservadas. Yo supongo que será para los concejales, el alcalde, los organizadores, en suma. Hace dos años, yo hubiera sido una de las personas a quien le hubieran reservado una de esas sillas y, seguramente, al entrar en la carpa me hubieran venido a saludar toda clase de personas importantes. Nosotras, ahora, en este tiempo que vivimos, nos hemos sentado prudentemente en la segunda fila, un poco por arropar a la autora. Las diez primeras filas están vacías y, los pocos asistentes, se agolpan atrás. Me recuerda una clase de bachillerato o de la universidad, con el profesor solitario delante y todos los alumnos al fondo, evitando que alguna pregunta les caiga. Aunque la escritora cuenta los detalles de su libro, la gente habla entre sí, comenta en voz baja pero molesta y se abanica con cualquier cosa, con un papel, con el programa de la feria, con lo que sea, porque el calor es asfixiante. 

Cuando Vanessa Monfort termina su intervención la carpa está prácticamente llena. Se ha ido llenando poco a poco al final de su intervención, aunque como nadie ha reparado en lo que cuenta y, en realidad, no están allí por ella, no hay preguntas que hacer ni comentario alguno. Aplausos de cumplido y adiós. La escritora se marcha a una caseta a firmar ejemplares de su libro. Qué pesadez eso de las firmas. Pienso entonces que, si la novela que estoy escribiendo ahora se convierte en un éxito, desde luego que no pienso estar firmando libros en una feria, sin saber si la gente lo ha leído o le interesa. No. Me gusta más la idea de ir a los clubs de lectura o de comentar los libros por Internet. Los de las firmas es un coñazo. En una ocasión me tocó firmar mi libro sobre el flamenco de Cádiz en la feria del libro de Cádiz precisamente. Un aburrimiento total. La gente solamente se acerca a recabar firmas de gente muy famosa y hace cola delante de Belén Esteban o similares. Es lo que tiene la fama. Si Cervantes se sentara en una caseta a firmar El Quijote, no tendría ni un sólo lector esperando su firma y, probablemente, tampoco nadie le comprara el libro. 

La atracción de la carpa era Fernando Ónega que venía a presentar su libro sobre Suárez, que publicó en octubre del año pasado. Está claro que el libro está ya trillado por esos caminos de la venta editorial pero la muerte del presidente ha traído consigo que, aquellos que conciben una feria del libro como un escaparate, reparen en que  es un medio para atraer a la gente. Y acertaron. 

El auditorio era variopinto. Señoras mayores muy acicaladas, aunque, desgraciadamente, todas vestidas de invierno riguroso, algo incomprensible en nuestro clima y en el mes de abril. Hombres de mediana edad, con pesadas chaquetas y corbatas, de variados oficios e ideologías, como parecía advertirse ya en la vestimenta. El reclamo del autor se observaba viéndole entrar acompañado por el alcalde y el equipo de gobierno. Las sillas reservadas que habían estado vacías momentos antes, se llenaron, y faltaron sillas. La oposición no hizo acto de presencia. El ambiente está muy caldeado estos días como para contemporizar al lado de libros. En eso se notó que nada de lo que vivimos tiene que ver con el espíritu de Suárez. Gente a uno y otro lado, pero sin cruzar a la otra acera en ningún momento. 

Ónega llegó muy elegante, pero, oh desdicha, nadie le había advertido del calor y el hombre, directamente, estuvo a punto de deshidratarse. Los de la organización no habían reparado en ello y supongo que seguirán organizando cosas el año que viene. Como él mismo dijo, nadie le comentó que la chaqueta oscura y la corbata no eran lo más idóneo para el acto. Qué falta hacía un buen abanico, y, sobre todo, qué necesaria una buena climatización, algo que, en Andalucía, nunca hace acto de presencia en ningún acto, valga la redundancia. O nos morimos de frío en invierno o nos asamos de calor en verano. Directamente. 

Conducía la presentación otro periodista, Paco Reyero y bien que la condujo. Habló más que el autor. Más que nadie, vamos. Es curioso cómo la gente, cuanto más joven, más atrevida es, más ganas de pontificar tiene. Menos prudente se muestra. Bajo una pretendida cordialidad divertida, sus palabras fueron reiterativas y largas. Por el contrario, el protagonista del acto, sobrellevó con donosura el calor y también algunas preguntas del auditorio hechas ex profeso para lucirse el que preguntaba. Son esas preguntas sin respuesta que tanto abundan y que la gente hace para oírse, para contestarse a sí mismos o para dar a entender lo listos que son y lo interesantes. 

Al final, nada de lo que se dijo lo desconocía. Eso de la divulgación llega hasta los extremos más insospechados. Después de leer al menos ocho o nueve libros sobre Suárez, allí no iba a encontrar nada nuevo. Además, las anécdotas y los comentarios jocosos llenan más el espacio que las reflexiones sesudas. por lo que, todos se rieron con las explicaciones del periodista, mejor dicho, de los periodistas, y aquí paz y después gloria. Creo que, al final, todos suspirábamos por una cerveza bien fría a la sombra. 

Fuera de la carpa, a pleno sol, algunos paseantes miraban las casetas. La mayoría eran padres con niños. Ahora, en todas las ferias de libro, o en todas las ferias de lo que sea, las atracciones para los niños son las que más éxito tienen. Todo está hecho para ellos y los papás lo tienen claro. El sol de abril caía despiadadamente cuando las señoras encopetadas del libro de Suárez salieron de la carpa comentando lo bien que se conserva Ónega, lo guapo que está Suárez en la portada del libro y la malage de no haber traído abanico o un traje más ligero. 

Podéis creerme. Yo era la persona que llevaba la vestimenta más acertada. Y si no, podéis juzgarlo vosotros mismos: Una falda corta, por la rodilla, de Desigual, en tonos azules, beiges y fucsias. Una blusa de manga corta de seda natural, también fucsia. Unas bailarinas plateadas de Hispanitas. Una trench de verano en un tono orquídea suave. La trench, desde luego, fue a la silla de al lado, junto con el bolso verde aguamarina, a juego con una pulsera de esas que hace mi sobrina Gema. Ideal, ya os digo.

Estuve a punto de preguntar a Ónega y al dicharachero acompañante si, en todos los mea culpa que se han entonado por el trato que se le dio en su momento al presidente Suárez, estaba también el de la prensa. Pero hacía tanta calor que preferí aplaudir al final y salir pitando. Precisamente en busca de algo fresco, bien fresco. 

domingo, 20 de abril de 2014

La huella de unas manos

Mi Rosebud, mi paraíso inalcanzable, existe. Es una salina, un espacio húmedo y cuajado de caminos de tierra y de agua salada, junto a la que se halla un fuerte casi destruido, recuerdo de la época de Napoleón, que, en los lugares de mi infancia, dejó una huella muy profunda. Es el uno de enero de cualquier año y hace frío, aunque el sol está brillando en las primeras horas de la tarde. Allí estamos todos los hermanos con mi padre, porque ese es el único día del año en el que no trabajaba. El resto, todos los días, festivos, lluviosos, azotados por el calor, por la mañana, la tarde y la noche, mi padre trabajaba para que todos nosotros, sus nueve hijos, tuviéramos casa, comida, ropa, colegios y libros. 

En la salina el aire es muy denso y huele a verdín, a mar azulado y trepidante, a merienda recién preparada. Mi padre es delgado y de mediana estatura, con un fino bigote muy cuidado. Lleva una camisa blanca de manga larga (nunca usó mangas cortas) y se mueve entre los restos de las construcciones defensivas con familiaridad, cogiendo con sus manos los trozos de piedra derruida y abriéndose paso entre los macizos de amapolas y margaritas que crecen silvestres. 

Nos cuenta alguna historia, seguro, de aquellos tiempos de su infancia, tan escasos, pues fue un hombre desde los nueve años hasta que se murió, sin ser viejo siquiera, pasados los setenta. Cincuenta y cinco años de trabajo y ocho de jubilación. 

Nos cuenta la historia de su padre o de su hermano mayor, tan triste, o de su madre, tan lejana. Pero más veces se calla, más veces se mueve entre las piedras con su paso irregular y sus manos abiertas y cansadas. 

Ay, si fuera posible, si una tarde tan sólo él pudiera volver, él pudiera acercarnos de nuevo sus manos, las manos de quien pasó de la madurez a la muerte sin ser viejo siquiera...





viernes, 18 de abril de 2014

La fiesta de los libros

Escribo sobre la próxima semana del libro, justo el día en que nos llega la muerte de Gabriel García Márquez, a los 87 años llenos de vivencias y de literatura. Todos los periódicos se hacen eco de este acontecimiento doloroso, pero inevitable, sobre todo porque Gabo llevaba mal bastante tiempo. Es la vida. Sus libros seguramente adornarán todos los stands de las ferias del libro que en primavera, en abril, florecen. Aquí, en la provincia de Sevilla, hay dos fundamentales, la de la capital que es en mayo y la de Tomares, que es la semana que viene. 

Me gustan muchísimo las ferias del libro. Pasear entre los stands, tener la ocasión de hojear libros y libros. Ver a los autores, oírlos, llevarnos su firma en el libro que hemos comprado. En los stands de las librerías y editoriales los libros se colocan primorosamente para llamarnos la atención. A mí me gusta reconocerlos. Ver, en las novedades, que eran libros que ya sabía que existían, que los he leído o que tengo datos porque los he visto en algún blog literario o en la página de una editorial, quizá en una crítica de periódico. Libros reconocibles, como si fueran amigos a los que no ves desde hace algún tiempo. 

En la columna lateral de este blog están los libros que, seguramente, van a llenar los expositores en estas próximas ferias del libro. A esos hay que añadir algunas últimas novedades que irán saliendo o que han salido y no he tenido ocasión de señalar. Además, los clásicos de siempre y, este año, por motivos de efemérides, también todas las ediciones posibles de Platero y Yo, el libro que cumple años y de la poesía de Antonio Machado, en el 75 aniversario de su muerte. Añadiremos los libros ya citados de Gabriel García Márquez y ese será el panorama que nos vamos a encontrar en las ferias. 


La próxima semana, en la feria del libro de Tomares, estarán algunos autores que me interesan y espero tener ocasión de asistir a sus presentaciones de libros y conferencias. Entre ellos, Antonio Rivero Taravillo, que hablará de Machado. También Carmen Amoraga, con su libro reciente. Además, Fernando Ónega, con su biografía de Suárez, también de gran actualidad. Seguro que hay muchos libros de Suárez presentes en la feria. Estará mi admirada Clara Sánchez, cuyo último libro he leído hace poco y está reseñado en este blog. Estupendo panorama, estupenda oportunidad pasearte por entre los expositores, comprar algún libro, esperar a que te lo firmen, oír al autor o a la autora y luego llevarte tu tesoro a casa. Tesoro no solamente de papel, sino incorpóreo, en la cabeza y en el corazón. 

Así que, el 23 de abril, esta semana, la semana del libro, regala libros, compra libros, lee libros. Algunos están en la columna lateral de este blog y pueden darte pistas de cosas que merecen la pena. Pero los libros puedes encontrarlos en todas partes. Y recuerda: si aprecias tus libros, devuelve los que te presten. Y a los niños cómprales tebeos, de esa forma entrarán en el mágico mundo de la palabra. Te aseguro por experiencia que pasarán de Mortadelo y Filemón a Camilla Lackberg, a Harry Potter y luego...milagrosamente...a Maquiavelo, los clásicos, Hayek, Dashiell Hammet y todo, todo lo que se puede leer. 

domingo, 13 de abril de 2014

Otra primera vez

Cuando alguien nos falta, alguien que verdaderamente nos importa y nos duele, el paso del tiempo se convierte en una sucesión de primeras veces de ausencia. La primera nochebuena, la primera navidad, la primera nochevieja, los primeros reyes, los primeros cumpleaños, el primer verano...Recordamos sin poderlo evitar las cosas que hacíamos antes, pero nos cuesta, cuesta trabajo imaginar y volver atrás la mirada, porque el vacío es muy hondo y ni siquiera nos está permitido tener a mano, a flor de piel, las vivencias antiguas. Es difícil recobrar las sensaciones, los olores, los sonidos, cómo nos sentíamos, cómo éramos. 

Esta que ahora comienza, en este día esplendoroso del Domingo de Ramos, en el que, si no estrenas se te caen las manos y si estrenas te condenas, esta Semana Santa que ahora empieza, es la primera sin ti, ya lo sabes. 

La primera Semana Santa en la que hay que buscar cosas que hacer para rellenar los huecos de la conversación, las salidas, las compras...En el Domingo de Ramos solíamos recorrer Triana por la mañana. Siempre pasábamos por la puerta de la Iglesia de la O para encontrarla atestada, imposible de ver los pasos dentro. Luego, desde la calle Castilla hasta Pureza, para ver que, tampoco, podíamos acceder a la Esperanza, de lo larga que era la cola que esperaba para hacerlo. En la Estrella siempre había más suerte porque, desde fuera, era posible contemplar el paso y ver el ambiente. Luego, a San Gonzalo, más lejos. Por último, cerca, muy cerca de nuestra casa, el Cachorro, con esa cola que da la vuelta a la Ronda y llega a la carretera de la Expo. 

Todos los años ese Domingo de Ramos nos quedábamos sin poder tomarnos una tapita en la calle, toda llena de extranjeros, de visitantes, y terminábamos volviendo a casa, muertos de risa, para freír unos huevos o buscar en el frigorífico lo que hubiera. No importaba. Éramos felices. 

Tampoco recorreremos el parque de María Luisa para ver La Paz a su vuelta, tan bonita, con esos colores de las plantas reflejados en su palio, casi transparente, encaje puro. No estaremos en la salida de San Gonzalo, ni veremos a la Virgen de la Salud parándose en la puerta del Hospital Infanta Luisa, mientras las enfermeras le tiran pétalos desde los balcones. No comeremos torrijas en casa de Javier y Amparo. No me desesperaré porque el Cachorro se quede sin salir por la lluvia, mientras tú echas una siesta. No veremos una película sin prisa por la noche, ni compraremos dulces en la Flor de Moguer. 

Otra primera vez. Y van ya unas cuantas. Inventarse otras cosas. Inventarse otra vida. 

Un niño

La biblioteca del colegio está vacía. Es la hora del recreo. Una hora ansiada siempre, pero más aún hoy, cuando estamos todos a punto de empezar las vacaciones de Semana Santa, después de un larguísimo trimestre. Los niños notan el cansancio y los profesores también. Soñamos con los días sin prisas para poder leer, con no tener que madrugar, con charlar amigablemente sin interrupciones, con viajar, con ver una buena peli...Los niños tienen también sus sueños, desde luego, aunque no sé si podría reproducirlos porque...¿con qué sueñan los niños de ahora? Quizá la vida no ha cambiado tanto como supongo y todavía siguen soñando con las mismas cosas que nosotros a su edad, quién sabe...

Estamos tan cansados que no podemos pensar ahora en cómo han salido las cosas, cómo hemos trabajado, qué resultados han tenido nuestros esfuerzos...no es momento ahora de todo esto, llegará más adelante, cuando no estemos tan agotados de un trimestre que se termina dejándonos exhaustos. 

En la biblioteca del colegio, vacía, ha entrado un niño. Da la impresión de que es de cuarto o quinto. Lleva en la mano un bocadillo de mortadela, un fantástico bocadillo que está diciendo "cómeme", como si formara parte de Alicia en el País de las Maravillas, como si nos indicara el camino de un suculento mordisco. "Cómeme" dice el bocadillo. El plátano que me acabo de comer parece algo ridículo si lo comparamos con ese fastuoso bocadillo de pan de mollete con dos o tres lonchas de mortadela italiana. Hummmm. Y este niño se lo come mientras repasa con la vista los libros que hay colocados en las estanterías de la biblioteca. A decir verdad, en esta biblioteca hay pocos libros. Recuerdo mi biblioteca, la anterior, por la que trabajé tantos años, tan amplia, luminosa, con esa claridad, con esa maravillosa esencia de paraíso de las letras...Esta biblioteca tiene pocos libros todavía y, además, comparte espacio con casi todo, con el teatro, con las clases de alternativa, con la recuperación...seguramente por eso los duendes mágicos de los libros no se notan, no se hacen presentes...O sí.

Este niño sigue dando vueltas, mirando los ejemplares que están en las estanterías, mientras muerde su bocadillo, tan suculento, y bebe con una cañita de su zumo. En un momento dado me he detenido a su lado y le he preguntado: ¿te gusta leer?. Muchísimo, me ha respondido. Soy capaz de leerme un libro al día. Me lo paso muy bien leyendo. 

Ya lo veo. Tan bien que la hora del recreo para él es la promesa de una felicidad cierta, ahí sentado, en la mesa verde de la biblioteca del colegio, con el bocadillo en la mano, el zumo cerca y, delante, el libro que ha elegido para leer. Lo ha encontrado en las estanterías azules y beiges y lo ha cogido sin dudarlo. Es un libro grueso, rojo, con los créditos en verde. Parece un libro de aventuras, aunque no he podido fijarme con detalle, porque ya ese niños se ha olvidado de mí. Está absorto en la lectura y nada de lo que ocurre en el mundo exterior le importa.

Esperemos que no hay ningún profesor que se preocupe porque este niño, en lugar de darle patadas al balón en el recreo, está sentado en la biblioteca leyendo ardorosamente su libro. Esperemos que no haya quien piense que este niño es raro, o es especial. No lo harían, desde luego, si vieran ahora su cara. Disfruta con la lectura, saborea su bocadillo y están metido en un mundo que todos desconocemos, un mundo de papel en el que sobramos todos los demás, en el que están las palabras formando un universo de fantasía que lo salvará de todos los naufragios de la vida.