miércoles, 26 de febrero de 2014

Paco de Lucía. Esa música que nos descubre el paraíso...

Justo el día en el que los niños del colegio van a celebrar el Día de Andalucía, nos llega, temprano, al entrar, la noticia, triste y sorprendente, de que ha muerto Paco de Lucía. Paco, el músico, el flamenco, el gaditano, el universal Paco. En una playa, frente al mar, al otro lado de su mar, que es, al final, el mismo.

Si yo nací campesino
Si yo nací marinero
Porqué me tenéis aquí 
Si este aquí yo no lo quiero

Los días de celebración, como éste, están llenos de sensaciones. En los colegios se respira un aire diferente. Los padres entran a ver a sus hijos, cómo saltan, bailan o cantan, enmedio del patio, tras ese desayuno que está lleno de las señas de identidad más cercanas a nosotros, pan, azúcar y el aceite de tu añorada tierra de Jaén. Y los niños se esmeran al recitar a Juan Ramón, al cantar las coplas de Carlos Cano y al moverse al compás de la música que Paco quería ahora reivindicar con su obra póstuma que se llamará precisamente así Canciones andaluzas.

Estos días son distintos. Estás en clase y oyes la musiquilla que se cuela por las rendijas. Los niños traen camisetas del Betis, como si quisieran hermanarla con la bandera andaluza. Las niñas, lazos en la cabeza, blancos o verdes. Se pintan la cara, sonríen, se mueven al son de los grandes altavoces del patio...Y en las barandas, alrededor, los padres también sonríen y alguno quizá se preocupa, porque su hijo o su hija no lleva el ritmo de la música, o está cansado, distraído,  quién sabe.

Me vienen a la memoria al verlos disfrutar mis días felices, tan felices, de la infancia, en La Isla, en
ese colegio tan bonito, con un patio de azulejos y una maravillosa maestra que nos hacía cantar, recitar y hacer teatro. Y mi madre, tan orgullosa cuando iba a vernos actuar. Y mi padre, siempre en su sitio, buscando el modo de que todos, todos sus hijos, tuvieran lo mejor, lo mejor de lo verdadero, de los libros, del estudio, del futuro, de la vida. Éramos tan felices que ni siquiera teníamos conciencia de ello, como suele ocurrir cuando se vive intensamente.

Paco de Lucía fue un niño de la calle. No fue a la escuela. Seguramente su colegio fueron las enseñanzas de  su padre, también músico, siempre con la guitarra presta para que aprendiera a tocarla. En esos años había muchos niños que no iban a la escuela, o que iban tan sólo unos pocos años, para luego trabajar de aprendices o buscarse la vida en la calle. A Paco lo salvó su talento, un talento que tenía desde siempre y que se despertó a fuerza de horas tocando la guitarra, ese instrumento tan tirano, como él mismo comentó algunas veces.

Paco de Lucía estaba muy unido a su tierra de origen, a ese espacio de libertad entre dos mares, en el sur del sur. Pero tenía que respirar, que tomar distancia, como muchos artistas tenía que abandonar el nido para sentirse aún más libre y por eso la muerte le ha sorprendido en una playa de un país lejano, no en La Caleta, ni en El Rinconcillo, sino en Playa del Carmen, allá por México, el paraíso que enamoró a D. H. Lawrence y a tantos otros. Allí, en un país de ultramar, su corazón, que ahora le ha fallado tan estrepitosamente, tenía la cadencia justa del aire de Cádiz, el que él sabía expresar tan bien con sus manos. Y con su voz, porque siempre decía que era el guitarrista que mejor cantaba flamenco.

Estos niños que bailan en el colegio, que tocan las palmas, que mueven los brazos, que sonríen a compás, no saben que se ha ido un gran músico y que lo ha hecho justo en esta fecha, en los días previos a que Andalucía se vista de fiesta para celebrar que, en algún momento, hace años, salió a la calle y dijo sí. Estos niños no habían nacido entonces pero en el recuerdo de los que estábamos entonces dentro de esa gran oleada nos quedan aquellos momentos como una nostalgia imborrable. 

Si tú estuvieras, amor mío, podríamos comentar la muerte de Paco. Yo te contaría cosas de su música, de sus discípulos. Hablaríamos del cante de Cádiz. Hablaríamos de cómo los sones americanos pueblan entero sus falsetas desde hace tiempo. Algunos de nuestros amigos del flamenco nos contarían cosas por el Internet. Y nuestra charla se llenaría de los recuerdos mágicos de esas tardes y esas noches en La Unión, en Baeza, en las peñas, al olor y al sabor del flamenco más exacto. Leeríamos lo que ha escrito en el Diario de Cádiz nuestro amigo Enrique Montiel y yo te hablaría de los días en que Félix Grande tuvo que defender a Paco de la gente que nada sabía, tras la muerte de Camarón, el hermano de Isabel, la amiga de mi madre.

Pero no estás. Y ahora escribo estas palabras recordando todavía del runrun que el colegio deja en el aire, cuando ya los padres se han llevado a sus niños y están llegando a casa y les preguntan cómo ha ido todo, qué tal han bailado, cómo era la música, qué les ha gustado más...

Y me viene a la memoria, no sé por qué, o sí, el fandango del Carbonerillo:

Con las lágrimas se va
la pena grande que se llora,
con las lágrimas se va.
La pena grande es la pena
que no se puede llorar
y esa no se va, se queda.

Paco de Lucía, los niños del colegio Clara Campoamor, el sol del Aljarafe en un día que se nubla con tu ausencia y con la tristeza de la muerte de Paco. Sonidos que traen el eco dulzón de la Barrosa, de Sancti Petri, de tus olivos, todos los sonidos de nuestra alma. Recuerdo de Camarón, en su Isla, la Isla de mis padres y la mía. La pena de que no estés aquí, otra vez, mil veces. Día de contrastes. 

No sé por qué, no sé por qué, ni cómo
me perdono la vida cada día. 

jueves, 20 de febrero de 2014

Machado, Sevilla, Baeza...

El día 22 se cumplirán 75 años de la muerte de Antonio Machado. Ocurrió en Colliure, Francia, en el exilio. Corría el año 1939. Él había nacido en 1875 en Sevilla, precisamente en el Palacio de las Dueñas. La historia familiar de Antonio Machado es muy interesante. Su padre, el prestigioso folclorista Antonio Machado y Álvarez "Demófilo" es una figura muy importante para los estudiosos del flamenco. Las raíces trianeras del poeta vienen de ahí. Es verdad que en su vida hubo muchos vaivenes geográficos que lo llevaron a Madrid, Soria, París, Segovia, Baeza, Valencia...
Fue autor, junto a su hermano Manuel, de obras de teatro. Escribió artículos en prensa, desde una perspectiva que ponía de manifiesto su honradez intelectual y su compromiso. Su trabajo como catedrático de instituto lo acercó a la tarea docente, a la que se dedicó durante muchos años. Pero, si hablamos de su obra, si la tenemos grabada en nuestra corazón y si queremos que nuestros hijos recuerden el legado que nos dejó es, precisamente, por su poesía. 
Una poesía limpia, luminosa, recia, rigurosa, interior, espiritual, humana, capaz de hacernos entender al ser humano de una forma única. Una poesía en la que se reflejan con claridad sus cualidades humanas, su esencial honestidad, su bagaje intelectual, su forma de ser, en suma.
De las ciudades de Machado me atrae tanto Baeza...Este es el sitio en el que vivió los siete años posteriores a la muerte de su querida esposa Leonor, a la que había conocido en Soria. Leonor era mucho más joven que el poeta y su muerte, en la flor de la vida, casi una niña, fue un mazazo que le costó mucho superar, si es que alguna vez lo superó. Ana, la madre, acompaña en Baeza al poeeta-profesor, y esa compañía será un augurio de su unión durante tantos años, hasta que ambos fallecen, en el exilio, con tres días de diferencia. 
Baeza es una ciudad extraordinaria. Tuve la suerte de conocerla muy bien hace unos años y he vuelto a ella en ocasiones especiales. Dos recuerdos me vienen ahora en estos momentos: un curso de verano sobre poesía que hice allí, en el antiguo Instituto donde Machado daba clases y que me permitió conocer bien sus lugares, su recuerdo, su eco, en las calles baezanas. Un verano tórrido, un agosto de mucho calor, que nos mantenía en la calle a los estudiantes de la universidad de verano y que trajo amistades poéticas, contacto con profesores y con otros poetas, horas de felicidad y de encuentros. El otro recuerdo es más reciente, aunque tiene ya también algunos años. Los dos, tú, ahora desaparecido tan prematuramente, tan joven, y yo, ambos aficionados al flamenco, en una escapada fugaz hacia Baeza, para escuchar cante en el patio del viejo Instituto, ecos al aire de la noche, un vestido rojo de punto y una chaqueta azul de seda, nostalgia de un momento único que la muerte ha roto también muy pronto. Al igual que Machado perdió a su Leonor, yo te he perdido a ti y tu recuerdo se enhebra y se mezcla en estas palabras. 
Sevilla es la ciudad primera del poeta. En el Palacio de las Dueñas vivían entonces varias familias alquiladas y por eso nace allí. Sus versos recuerdan las flores y las fuentes de ese lugar en unos versos inmortales que todo el que lo ha leído recuerda, versos que tienen el esplendor del sur y que se irán luego matizando con los avatares de la vida y al mismo tiempo que el poeta asciende al norte geográfico. El más norte de todos, en Francia, fue el sitio en el que encontró la muerte que llevaba transitando con él quizá desde que salió de España. 


domingo, 16 de febrero de 2014

Pepi Sánchez



Esta mañana he estado viendo, en la Casa de la Provincia, la exposición de Pepi Sánchez. Ella nació en 1929 y murió en 2012. Una artista excepcional. En estado puro. Pintando desde los nueve años. Una dibujante extraordinaria. Y, a juzgar por sus palabras, que, acertadamente acompañan todo el recorrido de la exposición, una mujer valiente, íntegra, capaz, vocacional, inteligente. Lo más curioso de todo es que la exposición está formada por óleos sobre lienzo, óleos sobre tabla y óleos sobre piedras. Sí. Has leído bien. Piedras. Irregulares, simples, grandes, abruptas, extrañas, difíciles, huecas, pequeñas, piedras. En ellas coloca Pepi Sánchez los personajes, las escenas, todas ellas surgidas de su imaginación, porque, como explica, es imposible copiar la realidad en su perfección. Niños, ángeles, madres, flores, columnas, cuevas, bosques, faunos, toda clase de seres pueblan los cuadros y las piedras de forma que, con cada una de sus obras puedes crear un completo universo inexplicado. 
La gente rodeaba las piedras, les daba vueltas y vueltas, formando en su mente explicaciones a esa explosión de viva naturaleza que solamente el talento de una verdadera artista puede ofrecer.
Y no es posible mencionar sus obras sin hablar de su maravillosa forma de dibujar, de líneas perfectas, de su manera de añadir volumen a los cuadros, como si fueran esculturas. Y del color. Usa colores que me recuerdan los palacios cretenses, los frescos de Miguel Ángel, los estucos de las casas romanas...el albero, los tonos verdes y azules inenarrables, los rosas, los amarillos dorados...
Si puedes, acércate a conocer a esta artista que mucha gente no sabe quién es y que ya me impresionó hace años, cuando yo estudiaba arte en la facultad y me topé con su obra. 
Además tiene el aliciente de que, antes de entrar en la exposición, en la calle, en los jardines de la plaza del Triunfo, entre la Giralda y el Alcazar, allí mismo están, colocadas al aire libre, una serie de obras del escultor Henry Moore, fantástica visión a la luz del sol sevillano.

martes, 11 de febrero de 2014

"La vida era eso" de Carmen Amorata


El libro de Carmen Amoraga, cuyo título aparece en esta entrada, trata de cómo, a través de las redes sociales, una mujer que se ha quedado viuda y con dos hijos, es capaz de encontrar nuevos sentidos a su vida. Y parece que lo logra con las redes sociales, no sé si Twitter,  Facebook o quien sabe. Dice la autora que el libro se basa en un hecho real. No lo sé. No lo he leído y creo que no estoy en condiciones de hacerlo. Sería doloroso.

Curiosamente, la tercera entrega de Bridget Jones también presenta a una Bridget que acaba de enviudar del maravilloso Mark Darcy. Es, en este caso, el motivo de su renacimiento, un hombre más joven, bastante más joven que ella el que logra paliar el sufrimiento de la protagonista y la ayuda a remontar. Susan Sarandon dejó a Tim Robbins, doce años menor, por alguien veinte años más joven.
Quizá sí me anime a leer el libro de Bridget. Da la impresión de ser más ligero que el otro. Seguramente peor, más insustancial. Pero no estoy ahora para trascendencias.

Pero no creo en ninguno de los dos casos ni en el milagro que anuncian. No me parece que, para las personas normales, las que vivimos fuera de los brillos y el oropel, les resulte, nos resulte,fácil superar la pérdida de tu pareja. Y me refiero a esta clase de pérdida. No a divorciarse, que eso es otro tema. 

Hace justo seis meses que mi marido murió. Desde entonces he intentado muchas cosas para no hundirme, para seguir adelante, para reinventar la vida. Pues la vida tiene que ser, por fuerza, de otra forma, cuando pierdes a tu compañero durante 22 años. También yo tengo hijos, un hijo, que me obliga a no tirar la toalla. Tengo gente conocida, algunos amigos, pocos y familia, mucha, pero lejana.  Pero tu dolor es tuyo. Tu sensación de ausencia, tuya. Tu miedo al futuro. Tu extrañeza. Tus neuras. Tu ansiedad. Tu horror a los hospitales y a la enfermedad. Tu hartazgo de papeleo. Tu mirada interrogante. Tu búsqueda de consuelo. Tu pena, grande. Tus altibajos. Tu cansancio. Tus problemas. Tu andar, andar, recorriendo a pie y sola las rutas que antes hacías en coche y con él. Tus intentos para volver a leer libros. Para volver a escribir. 

Además de la decepción lógica de comprobar cómo la gente que al principio se preocupa por ti va desapareciendo de tu vida...Además de la evidencia de entender que, hagas lo que hagas, el tiempo del dolor no puede acortarse...Además de sentir que hay días y días, momentos y momentos, vaivenes que se suceden en un carrusel de sentimientos que no controlas...Además de asimilar que ahora, cuando tu pareja ya no está, solamente importas de verdad a tu hijo...Además de apreciar lo que tenías, lo feliz que eras, aunque en ocasiones ni siquiera lo sabías...Además de encontrarte, milagrosamente, con alguna persona excepcional que a veces está al otro lado del whapsat, aunque no siquiera erais muy amigas...Además de esto...

Te das cuenta que hay una parte de tu vida que ha acabado para siempre, que no puedes esperar nada, salvo el milagro de seguir viviendo, que tu hijo es el motivo por el que esperas cosas buenas y que el tiempo parece el único aliado para que el sufrimiento se convierta en pena y la pena en un dulce y nostálgico recuerdo...