domingo, 23 de noviembre de 2014

Soledades

A veces lees un poema y entiendes el significado exacto de las palabras. El poeta las escribió y tú las recibes como si hubieran sido escritas para ti, incluso como si tú las hubieras escrito. En ocasiones paseas por una ciudad y sus calles, sus edificios, están llenos de una pátina especial que te llama a entenderlos, como si tu itinerario sentimental se escribiera de la misma forma que se trazaron en su día las líneas, los recovecos, las cuestas, de su topografía. También puede ocurrirte con una película. Las imágenes se enlazan entre ellas y se introducen dentro de ti, en tu cabeza, en tu corazón, creando una simbiosis perfecta, con un lenguaje propio que tú conoces y que tiene las claves de tantas sensaciones que te resultan imposibles de explicar...Nadie, salvo tú misma, entiendes el motivo de esa identificación que se abre paso a veces...

Confieso que me gusta Hopper y que su pintura me lanza una llamada, un hilo de mensajes, como si fuera una red social que te pregunta, que te invita a decirle con tu voz algo sobre aquello que aparece plasmado en sus cuadros. Esa pintura espesa, de tonos duros, de verdes angustiosos, de rojos acabados, de tierras difíciles...Confieso que veo en Hopper un trasunto de lo que veo en la vida, al menos, una parte de ella, la más árida quizá, pero tan cierta... 


Mira esta mujer. Está sola. Fuma abstraída, de pie, y mira a través de una ventana que está descuidadamente abierta, como si su única misión fuera arrojar algo de luz a la habitación, por lo demás, sombría, áspera, desangelada. La mujer lleva un bonito vestido de verano, hecho en gasa rosada, y está sola, alguien ha olvidado la cita o quizá acaba de marcharse sin entender que el amor tiene que salir al aire libre para que el corazón se expanda. Esa figura rosa en el centro del rectángulo de luz, como si no tuviera claro qué debe hacer, cómo si todo se le viniera encima, es una mujer hopper, una mujer que duda. La mujer se llama Betsy o Maggie o Stella. Está muy enamorada. Pero sabe que es un amor imposible, porque él no la quiere o la ama de una forma inconveniente, una forma de amor clandestino que a ella le hiela la sangre. Cuando termina el rito del amor no quedan besos, no quedan palabras cómplices, no quedan miradas. Lo que queda es una huella fría, un dolor helado, una sensación de miedo porque nunca se sabe si ese encuentro volverá a repetirse. Betsy o Maggie o Stella querría tener otra clase de amor...


Está a punto de empezar la función pero el teatro permanece vacío. Las butacas están vacías, no se oye ningún murmullo. No hay nadie. Nadie recorre los pasillos, nadie murmura, nadie entra, a nadie se le espera. Esa mujer de negro está sentada, sola. Mira hacia el escenario. que tiene las cortinas del telón echadas y que no parece ofrecer ningún divertimento. La mujer ha equivocado el día, la hora, el lugar de la representación. Es una mujer sola y está equivocada. En el sitio equivocado. En la vida equivocada. No parece importarle, sin embargo, reposa los brazos en la butaca verde, las piernas estiradas, los zapatos de tacón cruzados uno encima del otro, el gesto duro y firme. Es una espera que no tendrá resultados, eso intuimos. Esta mujer se llama Anne o, quizá, Eleanor, o Eva. Tiene el aspecto elegante de quien sabe que la ropa es un pasaporte y también una forma de ocultación. Oculta su sentimiento en ese vestido negro, sobrio, pero el gesto distendido y familiar de los pies la ha delatado. En realidad, se trata de una persona ardiente, una persona a la que hierve la sangre, que siente en sus entrañas la llamada de la maternidad, pero que no halla la manera de que alguien, un hombre de verdad, entienda que su aparente frialdad es solamente la capa que cubre su fuego. 


De nuevo es la ventana sin cortinas la que arroja la luz a una habitación parca en muebles, una habitación que habla de abandono, o de horas pasadas sin compañía, o de búsqueda. Una incongruente maleta cerrada espera a uno de los lados. Una puerta cerrada. Un libro abierto, unos ojos abiertos, unos pies descalzos sobre el duro y frío suelo. En primer plano, la cortina enmarca el cuadro como si fuera una representación, como si todo aquello no estuviera pasando, como si fuera humo, el humo del cigarro de la primera mujer. La mujer, Emily, Charlotte, Lillian, quién sabe cómo se llama, ha abierto el libro de poemas y lee una y otra vez uno de ellos. Es un poema que empieza con este verso "qué dulce te recuerdo en las sombras del agua" y que se cierra con este otro "y despierto pensando en sentirte hasta el fondo". Cae la noche o se abre el día, tampoco lo sabemos. Y la mujer, desvalida en ese camisón transparente que apenas la cubre, tiene que abrigarse con los versos, con esa forma de amor incandescente, porque él está lejos y nunca volverá, es imposible. 

Las tres mujeres de Hopper están solas. Cada una de ellas conjura la soledad de una forma diferente. Pero no parecen hundidas, no parecen acabadas, más bien, esperan. Esa esperanza quizá es imperceptible, débil, indecisa. Es la insinuación de la esperanza, en realidad. Es una esperanza escondida, oculta, que solamente ellas conocen. Está detrás de todo. Pero está. Tiene que estar...

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