sábado, 8 de noviembre de 2014

Rosas y un piano

Escuchas la música y hallas algo diferente, o quizá no, quizá es algo presentido, algo que estaba dentro de ti y no lo sabías. La música es el último escalón que puedes ascender si tu corazón se ha detenido en un momento exacto de la vida, cuando parece que todo te ha dado la espalda. La música te invade, te recuerda, te ancla en un pasado que no puedes recordar, no, ahora no, ahora es imposible. Todas las músicas que te ocupaban se han marchado. Las que oíste en cada uno de esos momentos que no puedes rememorar todavía, que esperan silenciosos a que sea el momento del recuerdo sereno, el tiempo en que las esperanzas puedan desplegarse, el segundo exacto en el que revivirás a una primavera que se escribirá de otra forma distinta. 

Pero otras músicas, otros silencios, otros sonidos, van a llegarte de mil maneras. Alguien te dirá un día, ni siquiera sé cuándo ni por qué medio, que hay una canción que atraviesa su alma y la lleva a un lugar especial, en el que todas las cosas son posibles, incluso las que no van a existir nunca. Alguien te enviará un vídeo con una canción y entonces entenderás que la música sigue, que no se para, que la música resiste por sí misma los embates del destino, de eso que llamamos vivir como sea. Entonces las nuevas músicas fortalecerán tu ánimo o te harán llorar, que viene a ser lo mismo. 

Fíjate en esa música. Cuando la oí supe que te gustaría. Supe que esas rosas iban a aposentarse en tu espíritu de igual manera que una mano cálida te estrecha la tuya cuando el cansancio es superior a la fuerza. Supe que te gustarían esas imágenes doradas, tibias, dulces, con esa dulzura de la voz inexistente, con esa tibieza de las tardes tranquilas, con ese color único del tiempo de la espera. Supe que llorarías, quizá, con el sonido firme del piano, que su armonía te elevaría en la distancia, supe que esas rosas que se suceden, mientras las manos de un hombre tocan suavemente unas teclas, te acercarían a alguna de las pocas cosas que todavía merecen la pena. 

Esa sensación plena, sencilla, entera, de sentirse vivos. 


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