lunes, 27 de octubre de 2014

La música de tus manos

   Aun en los días del duro invierno, cuando los amaneceres son hostiles, cuando las sábanas nos atrapan y no quieren dejar pasar la luz, aun entonces, en las tardes de brasero y estufa, en la penumbra de las bombillas pequeñas y distantes de tu estudio, ahí, aun, estabas tú en la música. 
    
  Manos largas, morenas, manos doradas y prendidas en el abrazo. Manos fuertes sujetando los mástiles. Manos llenas de devoción, asidas al silencio de las notas. La música se eleva en torno tuyo entonces. Haces la música y nosotros, pequeños destellos sin amanecer, sonreímos. 

   Unos días sonaba la trágica historia de la copla, voces desgarradas, voces de mujer, hombres insólitos, las vidas de quienes el pueblo señala con el dedo, dolores que no pueden escribirse pues no tienen remedio. En ocasiones, era la airada música de la ópera más terrible, la ópera siniestra de la venganza, rostros tensos, oscuros, muertes anunciadas. 

    Las mañanas de domingo nos despertabas con un ejército de sonidos nuevos. Las marchas, los valses, el rigodón, músicas marciales, soldados en paz que marchaban alegres, trotando sin descanso en el universo estrecho de nuestro pequeño hogar. Los días de nochebuena eran los villancicos, cante sentido, al estilo flamenco de tu padre, que derramaba pregones al tiempo que caramelos a los niños. 

   Ay, tu música. Llevabas prendida en ti siempre una canción, en tus pasos siempre había música de fondo, la música te rodeaba, eras la música. Hablabas de Mozart y de Brahms, de Conchita Piquer y de Miguel de Molina, hablabas de Valderrama y de Falla, de Granados y Debussy. Eras toda la música. Allí estaban nuestros ojos ansiosos, nuestros pequeños oídos todavía, allí, esperando el milagro, cada día un sonido diferente, cada día un motivo para gozar, cada día un ansia nueva. 

   Decías que la música era el arte más difícil. Decías que la música solo podía provenir de los corazones limpios y que a ellos se dirigía sin demora. Decías que la música era una coraza de los hombres para luchar contra el dolor. Decías que la música no podía venderse ni comprarse, que la música era un don que estábamos obligados a compartir. Tú mismo hacías la música. Habías aprendido solo a tocar la guitarra. Ella era un tesoro. Tu guitarra gastada, pobre, dolorida, una guitarra fea, sin autor conocido, una guitarra que tus manos habían hecho a lo largo de los años. Descansaba siempre en esa silla, lo recuerdo, en la silla de cuero marrón que había junto a la entrada de la terraza. Allí estaba siempre, esperando que, en algún momento, se produjera el milagro y fueran tus manos hacia allá. Ese sonido lo inundaba todo y desaparecía la humedad del ambiente, desaparecían los malos augurios, desaparecía la noche o se volvía estrellada como la de Van Gogh.

   La música se abría paso entonces a oleadas, salpicando todas las habitaciones, traspasando las puertas. Estas se abrían al compás de la música y todos salíamos de nuestros escondites, de nuestros juegos y de los libros, de la cocina, la azotea o el baño, para acudir al reclamo del flautista de Hamelin que no espantaba ratas, sino que alumbraba con el sol de su música toda la casa, nuestra pequeña, tibia y extraña casa sin jardín.

   Cuando te fuiste, la música cesó. La música se apaga cuando el dolor se aposenta en los cuerpos, no es buena compañera de los duelos, más bien florece en la esperanza. Así que ahora el silencio es nuestra música, el silencio nos cubre y nos recuerda que estamos solos, igual que esa guitarra, vieja, sin manos y perdida, recostada ya para siempre en el sillón de cuero junto a la terraza, para siempre sin manos, sin tus manos, papá.


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