lunes, 14 de julio de 2014

Emma o la sensibilidad

De todas las novelas de Jane Austen quizá sea "Emma" la que revela mayor madurez en su autora. Una madurez que se refleja en la mirada comprensiva y serena que lanza sobre el mundo que describe, incluso en lo que se refiere a los personajes más antipáticos. Tenía cuarenta años y su publicación se produce un año antes de morir. Me he preguntado muchas veces que tienen las obras de esta autora para que me hayan producido una impresión tan honda. Una impresión que se mantiene en el tiempo y que da lugar a que sea capaz de leerlas y releerlas con placer, descubriendo siempre matices nuevos, cuestiones en las que no había reparado antes. Ya he comentado alguna vez que mi novela favorita es "Orgullo y prejuicio", pero, detrás de ella, sin dudarlo, está "Emma". Ambas son las dos mejores novelas de Austen y a ellas uniría "Sentido y sensibilidad" cerrando su trilogía de grandes obras. Las otras que escribió me interesan menos y me dicen menos. En realidad, basta un libro para consagrar a un autor. 

Lo curioso de Emma, escrita en 1815, es que su protagonista es una chica joven y adinerada...que no quiere casarse. Efectivamente, a pesar de que en la novela tienen lugar nada menos que seis bodas, explícitas o sobreentendidas, la boda de Emma y del señor Knightley es la última de ellas y la que menos dedicación precisa, si salvamos esos momentos finales de incertidumbre en los que ella descubre por quién suspira su corazón, después de ignorarlo tanto tiempo. 

Emma no es una casamentera al uso. Eso puede serlo la querida señora Bennet de "Orgullo y Prejuicio", pero no Emma. Ella es una observadora de la naturaleza humana, al estilo, casi, de la vieja señora Marple que dibuja tan magistralmente mi adorada Ágatha Christie. Emma observa, analiza y concluye. La importancia de sus observaciones o la fiabilidad que tengan, es lo de menos, lo de más es que en esa sociedad de horas inútiles, en las que las chicas dedicaban la mayor parte del tiempo a labores de adorno, como pintar, bordar o tocar el piano, Emma es una heroína moderna, una adelantada a su tiempo, como también lo era, sin duda Jane Austen.

Emma es adorable, desde luego, pero también es malcriada, caprichosa y algo irreverente. No se trata de una heroína perfecta, se trata de que sus defectos son humanos y la autora los entiende, los mira con benevolencia. Ese mundo tan estrecho en el que se mueven los personajes semeja un laboratorio en el que Austen haya colocado arquetipos que, de alguna forma, nos ponen a prueba. Arquetipos que no suenan hueco, porque tienen personalidad propia. Probablemente no haya otro libro en el que los  secundarios estén tan bien definidos y acabados. Pero es que mi querida Jane no entiende de secundarios, para ella todo forma parte de un mosaico final. 

Después del señor Darcy, seguramente sea el señor Knightley el hombre ideal, el personaje masculino con mayor atractivo de los que traza Austen. Quizá aventaje al señor Darcy en que en ningún momento de la novela resulta orgulloso ni tiene necesidad de volver sobre sus pasos para tratar de explicarse los sentimientos que profesa a Lizzy. En el caso de esta novela, el señor Knightley es la columna vertebral de la sensatez, pero una sensatez que no resulta fría, sino llena de calidez. Es la persona más influyente de la región, la más rica y poderosa, pero también la más acogedora, la más educada y benevolente. Esa benevolencia no significa falta de criterio, sino todo lo contrario. Conoce muy bien el género humano, tiene claras sus limitaciones y flaquezas, pero sus ojos, que son los de la autora sin duda, se muestran abiertos y generosos. 

El señor Knightley tiene claro en su corazón, desde la primera línea, que está enamorado de Emma y que solamente ella puede ser la dueña de sus sentimientos. Pero el libro está tan sutilmente escrito que esos sentimientos se van liberando al compás de los acontecimientos y así, nosotros, los lectores, tenemos la impresión de que conocemos su secreto antes que él. Aunque, en el fondo, no sea cierto. 

En cuanto a Emma, de quién si no podía enamorarse...

No quiero desvelaros nada más del libro, por si no lo habéis leído. También os recomiendo que veáis la versión que hizo de la novela la BBC, muy buena y respetando el aire de la obra. Pero no me resisto a transcribiros un párrafo. Es el párrafo en el que se habla del baile. Me resulta tan especial que Austen amara tanto el baile:

"Es posible vivir prescindiendo totalmente del baile. Se conocen casos de jóvenes que han pasado muchos, muchos meses enteros, sin asistir a ningún baile ni a nada que se le pareciera, sin sufrir por ello ningún daño ni en el cuerpo ni el alma; pero una vez se ha empezado...una vez se ha sentido, aunque sea levemente, el placer de girar rápidamente al son de una música...es difícil renunciar a la tentación de pedir que se repita"

Siempre que leo este fragmento pienso en la modernidad de Jane Austen, en su anticipación de la vida de los jóvenes y de los adultos futuros. La música es para nosotros, ahora y desde hace tiempo, un alimento espiritual. Un alimento del que no puedes prescindir y ello sin que seas virtuoso o toques algún instrumento. Es la música como una manifestación que te hace el ánimo y que te envuelve. Eso mismo debía sentir ella por el baile y así lo transmite a sus protagonistas. 


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