domingo, 15 de junio de 2014

La visita de la Princesa

El 21 de noviembre de 2008 no hubiera creído que, cinco años y medio después, nuestra visita de ese día se convertiría en Reina de España. Pero así es. Y, por ello mismo, los ecos y los recuerdos, las imágenes, las palabras,todo adquiere una nueva proyección, una actualidad, un interés distinto. Por eso, comparto con vosotros lo que fue aquella visita, lo que la motivó y cómo se desarrolló. Algo que, hasta ahora, no he contado nunca. 

La invitación partió de mí misma. Nada de organismos oficiales, ni Ayuntamiento, ni Junta de Andalucía. Pura y llanamente una idea que surgió cuando las obras de nuestra preciosa biblioteca, por fin, estaban listas. En aquel momento dije que la idea me la habían sugerido unos alumnos, pero no era verdad. Quise evitar protagonismos desde el primer momento.  La invitación fue sencilla. Una carta dirigida a la Zarzuela. Nada más. Sin enchufes ni recomendaciones. La respuesta a esa carta me hizo entender que era más fácil comunicar con la Casa Real que con un negociado cualquiera de la administración autonómica. Vaya tela, pensé entonces. Vaya tela, sigo pensando ahora. 

Yo, entonces, era directora de un instituto. La biblioteca era su joya, algo que habíamos conseguido después de muchos esfuerzos. La visita de los Príncipes de Asturias, pues a ellos dirigí mi invitación, era el colofón perfecto, la prueba inequívoca de que nuestro trabajo por la lectura, el libro, el saber, tenía sentido. 

No recuerdo exactamente la fecha de la carta, pero sí que la respuesta fue razonablemente rápida. Esa carta fue la primera, pero no la única. Una variada correspondencia jalonó el período anterior a la visita. Nunca tiré la toalla, tengo que decirlo, aunque hubo inconvenientes de muchas clases. Pero daba igual. La espera tendría que merecer la pena. Y así fue. Las misivas tenían un especial tono cordial que dejaba siempre abierta la puerta a la esperanza. Por mi parte, tenía claro que nuestra biblioteca, nuestros alumnos, merecían eso y más. 

Todo se concretó un 3 de septiembre de 2008. Recién comenzado el curso. El teléfono trajo una llamada de alguien muy amable que anunciaba la visita de la Princesa en una fecha determinada. Aquella sería una de las primeras actividades de agenda en las que la Princesa asistía sola. Eso tenía mucho valor, mucho sentido. La voz del 3 de septiembre me pidió discreción. Fui tan discreta que no lo conté a nadie, a nadie absolutamente, hasta que recibí el permiso para ello, justo una semana antes de la fecha. Cuando digo a nadie incluyo a mi propia familia. Fui discreta porque así lo pidieron y volvería a actuar igual. 

Pero fui preparando, sin avisar a nadie, los aspectos que formarían parte de esa visita. Viendo el programa, los horarios, las clases que se recorrerían, cómo sería el acto central en la biblioteca. Las comunicaciones con el servicio de protocolo de la Casa Real eran constantes, porque yo era una pardilla en organizar visitas reales así que tenia muchas preguntas que hacer. Pero siempre encontré respuesta amables, personas que estaban al otro lado del teléfono o del correo electrónico a todas horas, sin que ninguna de las miles interrogaciones que yo me hacía y hacía les supusieran molestia alguna. Dicho en roman paladino, eran encantadores.

La visita, por fuerza, tenia que ser rápida, creo que una hora y media aproximadamente. Pero aquel instituto, que ya no puedo llamar mío, era muy grande, con casi mil ochocientos alumnos y varios edificios. Había que conseguir que todos se sintieran partícipes del acontecimiento y todo ello dentro de la normalidad, pues no se suspendieron las clases. Durante más de dos meses cavilé sobre cómo lograrlo. Un movimiento de masas que más bien parecía algo de película, un rodaje espectacular. Niños que tenían que moverse, recorridos, fotos, lugares seleccionados, obsequios. Con respecto a los regalos yo lo tenía claro y también lo tenían "ellos". Nada de valor. Así fue: una bandejita de cerámica de Triana con el nombre del centro ("para poner los pendientes" dije yo al entregarla), unos cuentos escritos y encuadernados por niños de primero y segundo de ESO ("para las infantas"), un cuaderno formado por hojas tomadas de la que se dio en llamar "la hora de la lectura" en la que todo el mundo contestó a la pregunta ¿Leer es...?, una revista de las que se publicaban con artículos y reportajes relativos al centro...

Una semana antes del evento avisé al Ayuntamiento, avisé al resto del profesorado, lo conté en mi casa a mi familia. Una semana antes me compré una chaqueta color violeta, pedí hora en la peluquería y repasé, punto por punto, con "ellos" y con mi, entonces, equipo, los detalles de la visita, el cronograma, que tenía que ser exacto y que incluía trasladar a setecientos niños de primero y segundo desde un edificio al patio de otro, entre otras hazañas sincronizadas. Seleccioné a las personas que formarían el grupo de escogidos que compartirían el acto en la biblioteca, las aulas que se visitarían, los lugares de las fotos...Otros detalles, como el descubrimiento de un azulejo de Triana con el recuerdo de la visita y la firma en el libro de honor también se ajustaron entonces.

Y, rápido, veloz, sin tiempo para más, llegó la fecha tan esperada. En la edición de ABC de esa mañana o del día anterior, no lo recuerdo, se hacía alusión al acto y aparecía un artículo mío sobre los libros. Otros medios se acreditaron para el acto, televisiones, radios, prensa...La prensa y los medios para mi, entonces, instituto, era algo cotidiano. Allí los alumnos se forman precisamente para eso y nada nos es ajeno de lo que se refiere a la comunicación. Eso es lo que siempre me gustó más de aquel centro, el contacto con los medios, con todo lo que ello supone.

No recuerdo si esa mañana estaba o no nerviosa. Sí que anduve sofocada hasta que empezó todo, porque los políticos siempre dan codazos y los codazos eran apreciables, todo por aparecer en el mejor lugar en las fotos. En un momento dado, alguien anunció que la visita llegaba y que venía con faldas. Eso hizo que, en el último instante, se trasladaran a la biblioteca unas enormes macetas que se colocaron justo delante del lugar que ocuparía nuestra invitada.

La visita llegó y todo funcionó como un reloj, como un baile, sin errores, sin tardanzas, sin ninguna dificultad. La Princesa de Asturias, nuestra visita, venía de blanco, con falda y chaqueta que llevaba una flor en la solapa. Sus zapatos eran guays. De color fucsia. Todas las niñas los miraban con atención. Cuando bajábamos las dos la rampa interior de acceso a la biblioteca le pregunté por sus hijas, qué tal estaban las niñas. No os daré más detalles de la charla, porque sigo guardando la prudencia.

El acto funcionó como un reloj. Estaba tan bien calculado, tan bien medido. Me había costado horas ajustarlo pero salió perfecto. Todo el mundo tenía un sitio en ese baile. Todos pudieron representar su papel. Nadie quedó excluido. Nadie me felicitó por ello, ni entonces ni después, ahora que lo pienso. Supongo que les parecería natural que fuera así. No lo sé.

Y, además, era fácil funcionar con las personas de la Casa Real. Profesionales, discretos, humanos, simpáticos, agradables, serviciales. Encantadores, ya digo.

La Princesa de Asturias se fotografió con todos los niños que quisieron, les sonrió, les preguntó cosas, intervino en las aulas, fue amable y cercana. Todos admiramos la calidad de su piel y su sonrisa. Afable y sencilla a la vez. Nos gustó. Aquello mereció la pena. Dentro de unos días será Reina. Aquellos niños seguramente recordarán los fastos de ese día. Yo los recuerdo ahora.


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