viernes, 2 de mayo de 2014

Decir el verso

Aunque pueda llamarse a engaño, esta entrada no va del teatro del Siglo de Oro. No. Hablo de mayo, el mes de las Primeras Comuniones. En mi casa se dice, simplemente, "hacer la Comunión". Siempre que llega este mes, cuando veo a los niños vestidos de marinerito, a ellas de  de organdí blanco o, a los más barrocos, de capitán general, recuerdo el día de mi Comunión. La imagen aparece diáfana, la sensación de madrugar, la muda de ropa interior de algodón blanco bordado, el vestido, que había cosido mi abuela sobre una magnífica tela de batista suiza también bordada...Mi memoria llega hasta la iglesia de la Pastora y al niño que me acompañaba en la fila, un guapísimo Manuel Blandino. También veo el altar mayor de la iglesia, con esa imagen de la Virgen rodeada de ovejas, una de las cuales, la del centro, trisca a su antojo, se iré y no tiene ninguna prudencia en su conducta. Es una oveja muy descarada. 

Pero, seguramente, lo que más me llama la atención es el hecho de que fui yo la niña que, en la ceremonia, dijo el verso. Decir el verso, en nuestro argot, es recitar una larguísima poesía sagrada dedicada la Virgen. Cada año, un niño o una niña es elegido para ello. Decir el verso es un motivo de orgullo para las madres. En mi caso, no solamente dije el verso en la iglesia, sino luego, en el patio del colegio, ese patio tan recoleto, lleno de azulejos, con unos suelos de mármol espectaculares. Las madres se preguntaban que edad tendría esa niña, o sea yo, para recitar tan bien y con tanta seguridad. Y mi madre, la recuerdo, lanzaba por doquier la misma respuesta, un poco enfadada. Pues ocho años recién cumplidos, que edad va a tener.

Ay, la envidia, qué mala es. Ya entonces lo entendí.