domingo, 13 de abril de 2014

Otra primera vez

Cuando alguien nos falta, alguien que verdaderamente nos importa y nos duele, el paso del tiempo se convierte en una sucesión de primeras veces de ausencia. La primera nochebuena, la primera navidad, la primera nochevieja, los primeros reyes, los primeros cumpleaños, el primer verano...Recordamos sin poderlo evitar las cosas que hacíamos antes, pero nos cuesta, cuesta trabajo imaginar y volver atrás la mirada, porque el vacío es muy hondo y ni siquiera nos está permitido tener a mano, a flor de piel, las vivencias antiguas. Es difícil recobrar las sensaciones, los olores, los sonidos, cómo nos sentíamos, cómo éramos. 

Esta que ahora comienza, en este día esplendoroso del Domingo de Ramos, en el que, si no estrenas se te caen las manos y si estrenas te condenas, esta Semana Santa que ahora empieza, es la primera sin ti, ya lo sabes. 

La primera Semana Santa en la que hay que buscar cosas que hacer para rellenar los huecos de la conversación, las salidas, las compras...En el Domingo de Ramos solíamos recorrer Triana por la mañana. Siempre pasábamos por la puerta de la Iglesia de la O para encontrarla atestada, imposible de ver los pasos dentro. Luego, desde la calle Castilla hasta Pureza, para ver que, tampoco, podíamos acceder a la Esperanza, de lo larga que era la cola que esperaba para hacerlo. En la Estrella siempre había más suerte porque, desde fuera, era posible contemplar el paso y ver el ambiente. Luego, a San Gonzalo, más lejos. Por último, cerca, muy cerca de nuestra casa, el Cachorro, con esa cola que da la vuelta a la Ronda y llega a la carretera de la Expo. 

Todos los años ese Domingo de Ramos nos quedábamos sin poder tomarnos una tapita en la calle, toda llena de extranjeros, de visitantes, y terminábamos volviendo a casa, muertos de risa, para freír unos huevos o buscar en el frigorífico lo que hubiera. No importaba. Éramos felices. 

Tampoco recorreremos el parque de María Luisa para ver La Paz a su vuelta, tan bonita, con esos colores de las plantas reflejados en su palio, casi transparente, encaje puro. No estaremos en la salida de San Gonzalo, ni veremos a la Virgen de la Salud parándose en la puerta del Hospital Infanta Luisa, mientras las enfermeras le tiran pétalos desde los balcones. No comeremos torrijas en casa de Javier y Amparo. No me desesperaré porque el Cachorro se quede sin salir por la lluvia, mientras tú echas una siesta. No veremos una película sin prisa por la noche, ni compraremos dulces en la Flor de Moguer. 

Otra primera vez. Y van ya unas cuantas. Inventarse otras cosas. Inventarse otra vida. 

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