martes, 18 de marzo de 2014

Papá

Los niños andan atareados. En todas las clases hay barullo de papeles de colores, de lápices, de rotuladores, de tijeras...Todos, incluso los que son menos mañosos, se afanan en decorar una tarjeta, hacer un recortable o un cuento. Preparan los regalos del día del padre. Los llevarán a casa y esperarán la mirada satisfecha de su papá y quizá una lágrima furtiva que a algún padre se le escape..
Esto no tiene que ver con la lista de regalos de los grandes almacenes, ni con los anuncios de la tele, sino con el invisible lazo que une a los hijos con sus padres, un lazo indestructible, aunque invisible. Estos padres de ahora no son, a simple vista, como los de antes. Tienen la enorme suerte de poder estar más tiempo con sus hijos y no los ven ya acostados, como solía pasar cuando el trabajo los ataba tristemente a ser una especie de fantasmas con escasa presencia. Pero, aún entonces, desde lejos, los padres eran el referente único al que uno volvía la vista en todas las ocasiones, la seguridad, la aprobación, la fuerza. Aquellos padres nuestros guardaban con cuidado los pequeños regalos infantiles, las nueces convertidas en barquitos, las jirafas hechas con recortes de tela y quién sabe cuánta ternura sentirían al recibirlos, en un tiempo en que los hombres no podían llorar ni se permitían ser tiernos. 
En los días de mi infancia, la llegada de mi padre a la hora de almorzar o por la noche, se convertía en un motivo de gozo. Ya estaba en casa. Ya podía cerrarse la puerta. Los padres de ahora llevan a los niños al colegio, se turnan con las madres para recogerlos y hacen cola en el tobogán para que se suban los más pequeños. Los tiempos son distintos, pero igual de fuertes los sentimientos, cómo no van a serlo.
Perder al padre es una cosa terrible. Un desgarro. Un dolor que se convierte en pena y que marca a las personas cuando, por ley de vida, les llega el momento. No volver a pronunciar la palabra mágica, la primera que todos aprendemos, papá, esa palabra que encierra tantas cosas. 
Pienso todo esto en la víspera del día del padre. Y se mezclan en mi cabeza tus imágenes con las de mi padre. Yo, siendo una niña, jugando dentro del coche de mi padre. Tú, como los padres de ahora, llevando todos los días al niño al colegio. Imágenes de dibujos infantiles, de tardes de parchís, de días de cine, de notas y de celebraciones. 
Tanto como me duele no tenerte, me duele que mi hijo haya perdido a quien llamar papá, tan pronto, tan demasiado pronto. 

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