sábado, 1 de marzo de 2014

El secreto de Manolita



Manolita no puede leer estas palabras. Nunca sabrá lo que pienso de ella. Pero en el aire quedan ecos de su memoria, porque nadie desaparece si perdura en el recuerdo de otros. En el recuerdo de alguien.  Manolita era una persona especial. Por razones que no vienen al caso, estos días me acuerdo mucho de ella. Intento adivinar dónde estaba la clave de su persona, de su forma de ser, de su forma de vivir. 

Vida. Es la palabra que mejor le cuadra, la que mejor describe cómo y qué era Manolita. Una amante de la vida, sí. Y, ahora que lo pienso, en el reparto que hace la caprichosa suerte entre las personas, le tocaron muchas papeletas marcadas con el sufrimiento, con el dolor. Pero hizo saltar por los aires aquel reparto, simplemente porque tenía un secreto.

No puedo contaros con exactitud los detalles. Pero sé que quedó huérfana de madre siendo una niña. La orfandad, eso tan trágico y que marca tanto. No le conocí nunca padre, pero sí creo entrever en mi memoria la figura bondadosa de su madrastra y también las referencias a sus hermanos, algunos solamente de padre. Manolita trabajó duro toda su vida. Daba la impresión de fortaleza, de sabiduría, de resistencia sin límite. Se casó y tuvo cinco hijos, el mayor de ellos con problemas. Un duro golpe que Manolita hubo de afrontar, supongo, con esa resignación activa que la caracterizaba. En la familia del que fue su marido y padre de sus hijos, Manolín, había otro personaje singular. Manuela. Su suegra. La conocíamos, para distinguirlas, como Manuela la vieja. Era una institución en la calle y aún ahora, después de tantísimos años, tengo en la retina su imagen, pequeña, fibrosa, ágil, vestida de oscuro, moviéndose de un lado a otro.

Manolita era mayor que mi madre, nueve años más, creo. Cuando mi madre llegó a vivir a esa calle tenía veinticuatro años y dos niñas pequeñas. A Manolita ya le habían nacido tres de sus hijos.  La edad y la experiencia de Manolita eran algo a tener en cuenta. Se notaba, porque mi madre le consultaba cosas y respetaba su criterio. Para mi madre, sola en esa ciudad, sin familia cercana, Manolita fue más que una amiga, fue una hermana mayor, alguien a quien contarle penas y alegrías. Ahora que lo pienso, jamás, jamás, escuche a mi madre decir nada malo de Manolita. Mi madre la quería entrañablemente, la quería mucho más de lo que ella mismo podía suponer. Y cuando, en un momento dado, y por cosas de la vida, mi madre se fue de la calle en la que había vivido tantos años, creo que Manolita era la persona a la que echaba de menos, la persona a la que añoraba y quería en la distancia. 

Los años de convivencia con Manolita fueron los felices años de mi infancia y mi adolescencia. Ahí están, por ejemplo, el tiempo del verano, el cine junto a nuestra casa, la feria, las salidas a merendar a las salinas o a los fuertes, las nochebuenas o el carnaval. En todas estas ocasiones la imagen de mi madre, las imágenes de mi legión de hermanos, se funde irremediablemente con las de Manolita y sus hijos, como si fuéramos todos parte de una extensa familia que reinaba en la calle, un paraíso donde el miedo no existía. Mi infancia y la de mis hermanos tuvo en esa calle, en esas personas, sus referentes y su razón de ser, mucho más que en la familia de sangre, con la que apenas teníamos relación. 

Después, cuando pasábamos, mi marido, mi hijo y yo,  los veranos en nuestra casa de la playa, frente a la silueta esplendorosa de Cádiz que se divisa desde El Puerto, también manteníamos la costumbre de ir a visitar a Manolita, acercarnos a su casa, saludarla y oír sus preguntas, interesada por todo, y sus elogios.

Qué alegría tener cerca, a tu alrededor, tanta gente que te conoce, que te aprecia, que sabe de tus defectos pero que te comprende, que te ayuda y te apoya. Eso es la familia. Por eso Manolita, sus hijos, fueron nuestra familia y lo seguirán siendo, aún en la distancia. 

Manolita amaba la vida. Los problemas no eran un obstáculo en su lucha por disfrutar de todo lo que estaba a su alcance. Y si esos obstáculos existían había que vencerlos. Manolita perdió a su marido, un hombre callado, discreto trabajador, pero siguió conservando sus ganas de vivir, las que constituían sus señas de identidad. Cantar, bailar, reír, hablar, compartir un café, salir de paseo, ir a la feria, estar dispuesta a todo, siempre, fue la marca de la casa. Manolita siempre a punto para salir a la calle, sin pereza, incluso cuando tenía que llevar por delante a todos los hijos, luego a los nietos, lo mismo daba. Manolita, en silla de ruedas, ya malita, en sus últimos años, disfrutando del sol, del aire libre, de la feria, de la música, de las celebraciones.

El secreto de Manolita no era tal. Estaba en ella misma. En un talento especial del que estaba dotada. El talento de aprovechar la vida al máximo. Un talento que no todos tenemos. Un talento que hace felices a las personas que están alrededor. Que se compone de resignación, de lucha, de conquista. El talento de Manolita arrastraba a todos los que estaban a su alrededor y, seguramente, todavía hoy se manifiesta, a modo de legado, en sus descendientes. Florecía en torno a ella de igual manera que otras personas saben cantar, escribir o saltar con pértiga. Porque Manolita practicó toda su vida ese talento y llegó a perfeccionarlo al máximo, hasta el final, mientras pudo, incluso sin poder.

Aquella calle contempló, tantos años, la desinteresada amistad de esas dos mujeres, de mi madre y de Manolita, que se han ido en un espacio corto de tiempo y que, en los últimos años, han conservado, estoy segura, en lo más hondo, el recuerdo perenne de esos días. Si se escribiera la historia a partir de estas historias pequeñas, individuales, seríamos más capaces de entenderla y entendernos.

(Foto: Plaza de la Pastora)

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