jueves, 20 de febrero de 2014

Machado, Sevilla, Baeza...

El día 22 se cumplirán 75 años de la muerte de Antonio Machado. Ocurrió en Colliure, Francia, en el exilio. Corría el año 1939. Él había nacido en 1875 en Sevilla, precisamente en el Palacio de las Dueñas. La historia familiar de Antonio Machado es muy interesante. Su padre, el prestigioso folclorista Antonio Machado y Álvarez "Demófilo" es una figura muy importante para los estudiosos del flamenco. Las raíces trianeras del poeta vienen de ahí. Es verdad que en su vida hubo muchos vaivenes geográficos que lo llevaron a Madrid, Soria, París, Segovia, Baeza, Valencia...
Fue autor, junto a su hermano Manuel, de obras de teatro. Escribió artículos en prensa, desde una perspectiva que ponía de manifiesto su honradez intelectual y su compromiso. Su trabajo como catedrático de instituto lo acercó a la tarea docente, a la que se dedicó durante muchos años. Pero, si hablamos de su obra, si la tenemos grabada en nuestra corazón y si queremos que nuestros hijos recuerden el legado que nos dejó es, precisamente, por su poesía. 
Una poesía limpia, luminosa, recia, rigurosa, interior, espiritual, humana, capaz de hacernos entender al ser humano de una forma única. Una poesía en la que se reflejan con claridad sus cualidades humanas, su esencial honestidad, su bagaje intelectual, su forma de ser, en suma.
De las ciudades de Machado me atrae tanto Baeza...Este es el sitio en el que vivió los siete años posteriores a la muerte de su querida esposa Leonor, a la que había conocido en Soria. Leonor era mucho más joven que el poeta y su muerte, en la flor de la vida, casi una niña, fue un mazazo que le costó mucho superar, si es que alguna vez lo superó. Ana, la madre, acompaña en Baeza al poeeta-profesor, y esa compañía será un augurio de su unión durante tantos años, hasta que ambos fallecen, en el exilio, con tres días de diferencia. 
Baeza es una ciudad extraordinaria. Tuve la suerte de conocerla muy bien hace unos años y he vuelto a ella en ocasiones especiales. Dos recuerdos me vienen ahora en estos momentos: un curso de verano sobre poesía que hice allí, en el antiguo Instituto donde Machado daba clases y que me permitió conocer bien sus lugares, su recuerdo, su eco, en las calles baezanas. Un verano tórrido, un agosto de mucho calor, que nos mantenía en la calle a los estudiantes de la universidad de verano y que trajo amistades poéticas, contacto con profesores y con otros poetas, horas de felicidad y de encuentros. El otro recuerdo es más reciente, aunque tiene ya también algunos años. Los dos, tú, ahora desaparecido tan prematuramente, tan joven, y yo, ambos aficionados al flamenco, en una escapada fugaz hacia Baeza, para escuchar cante en el patio del viejo Instituto, ecos al aire de la noche, un vestido rojo de punto y una chaqueta azul de seda, nostalgia de un momento único que la muerte ha roto también muy pronto. Al igual que Machado perdió a su Leonor, yo te he perdido a ti y tu recuerdo se enhebra y se mezcla en estas palabras. 
Sevilla es la ciudad primera del poeta. En el Palacio de las Dueñas vivían entonces varias familias alquiladas y por eso nace allí. Sus versos recuerdan las flores y las fuentes de ese lugar en unos versos inmortales que todo el que lo ha leído recuerda, versos que tienen el esplendor del sur y que se irán luego matizando con los avatares de la vida y al mismo tiempo que el poeta asciende al norte geográfico. El más norte de todos, en Francia, fue el sitio en el que encontró la muerte que llevaba transitando con él quizá desde que salió de España. 


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