martes, 30 de diciembre de 2014

Los libros que vienen

Entre los augurios del nuevo año siempre aparecen noticias sobre las publicaciones que verán la luz, la mayoría de ellas, si no todas, obras de escritores reconocidos que, por eso mismo, anuncian sus novedades y se presentan como reclamos editoriales. He repasado ya algunas de esas listas y señalado los libros que me pueden interesar aunque, a tenor de lo que ha ocurrido con mis lecturas en 2014, bien podría ser que las cosas fueran por otros derroteros. 

Sí, porque en 2014 el libro que más me ha impresionado, el que me ha permitido descubrir a una excepcional escritora, ha llegado a mí por casualidad y debido a mi olfato lector, el que hace que, buscando entre las estanterías de una librería o entre un escaparate virtual, sea capaz de distinguir algo que me va a gustar. Esta escritora es Edna O´Brien y el libro se llama "Las chicas de campo", publicado por ErrataNaturae. Extraordinaria descripción de unos personajes, de una historia, que, en su cotidianeidad tiene la mayor grandeza. Estilo propio y un segundo libro con los mismos personajes que también me ha parecido grandioso. Se trata de "La chica de ojos verdes". 

En 2014 leí la tercera parte del Diario de Bridget Jones, de Helen Fieldin. Divertidísimo. Su título "Loca por él" hace justicia en parte al contenido, aunque debería llamarse "Loca por ellos". No digo más por si alguno de vosotros quiere leerlo. Está editado por Planeta. La película de rigor ya está hecha y en ella tendremos de nuevo a Renée Zelwegeer, antes de hacerse la multioperación que la ha convertido en otra persona, Colin Firth, Hugh Grant y Daniel Craig en un papel que no desvelo. 

Otros dos libros de Irène Némirovsky, una de mis autoras de culto, he leído en este pasado año. "Los bienes de este mundo" y "El malentendido", ambos editados por su editorial de siempre, Salamandra. En la línea de calidad y de expresividad de Irène, qué deciros. 

"Mary Barton" de Elizabeth Gaskell, en una preciosa edición de Alba; "Bassett" de Stella Gibbons, de la editorial Impedimenta, del que he hablado ya; "Los Políglotas" de William Gerhardie, de la misa editorial; así como una biografía magnífica de Dora Maar, que abrió el camino de la lectura en este año, han sido mis novedades literarias. Porque el caso es que, desde hace tiempo, releo casi más que leo. Así, he releído a Mafalda, a Ágatha Christie como hago de vez en cuando, a D. H. Lawrence, con su "Mujeres enamoradas", a Edith Wharton y "El Principito", maravilloso libro de cabecera, así como al no menos encantador "Platero y yo". Este resumen lo hago de memoria así que me faltarán cosas, seguro. 

Deciros que releo a Jane Austen no es acertado. Más bien la leo continuamente, que eso es otra cosa. Así ha sido y así será en 2015 porque ya he empezado con "Emma", en una edición de Cátedra que me parece extraordinariamente hecha. 

Haciendo honor al título de esta entrada os comento aquellos libros anunciados para el año que empieza y que creo me podrán interesar: "Tus pies toco en la sombra y otros poemas inéditos" de Pablo Neruda, que editará Seix Barral. Aprovecho esta referencia para deciros que he leído mucha poesía, aunque acabo de acordarme. También llegará libro nuevo de dos autores españoles que me interesan especialmente: De Gustavo Martín Garzo "Donde no estás", por Destino y de Martín Casariego "El juego sigue sin mí", por Siruela. Espero con expectación la publicación de la Obra Completa de Lorca en siete volúmenes que sacará DeBolsillo. 

En cuanto a literatura extranjera (a Neruda lo considero de la casa), tendremos un nuevo Benjamín Black (vaya, ahora veo que también me he dejado atrás en la lista anterior mi lectura de su rubia de ojos negros) "Órdenes sagradas" de Alfaguara. Siruela publicará de Craig Johnson "Los mocasines de otro hombre". Random House "Perfidia" de James Ellroy y Anagrama, el que, de entrada, me interesa más, por ser quién es la autora, Amélie Nothomb "La nostalgia feliz"

Que lo leamos bien....

jueves, 25 de diciembre de 2014

Tarde de Navidad y música de cine

Aunque no quieras pensarlo sabes que esa idea está ahí. La idea de la soledad. La idea de que todo seguirá siendo, en el mejor de los casos, como ahora. Soledad, silencio, libros, internet y música de películas. En la película el chico vuelve y se queda con la chica, pero es también un final provisional, aunque ahora se abracen y él la bese como un chico malo. Porque en la tercera él morirá. Le estallará una mina anti persona y ella se quedará sola. Como todo es ficción alguien aparecerá por ahí. Pero en la vida real lo que tenemos es esto. Un blog en el que escribir y que no leerá casi nadie. Una mantita verde que te arropa mientras ves la película e intentas disimular una lágrima. La soledad de quien ha perdido una parte muy importante de su vida, precisamente la persona que te encontraba tan bonita, que decía que eras maravillosa, extraordinaria...La soledad de quien sabe con certeza que nada volverá a ser como antes, que una cierta forma de vida ya se ha perdido para siempre. 

No quieres pensarlo pero lo sabes. Aunque la música incite al amor, aunque los personajes se la película sonrían y se besen. Aunque estés cálidamente rodeada de libros y de objetos que te resultan familiares, que te recuerdan el trazo de tu vida. Todo eso es verdad, pero también lo es que el tiempo pasa y las cosas se escriben a partir del dolor, que los recuerdos están ahí, imborrables y que nunca, nunca, habrá otro amanecer en compañía. Porque las cosas son así y no hay forma de que cambien. Nunca. No quieres pensarlo, en efecto, pero lo sabes con certeza. Esto es lo que hay, lo que soy, lo que tengo. 

viernes, 5 de diciembre de 2014

Recorriendo la ciudad...

Por cuestiones que no vienen a cuento, hoy, día de diario, víspera de un puente, recorro la ciudad de un lado a otro y observo lo que pasa en ella. Uso la mirada de quién acaba de aterrizar en el aeropuerto procedente de otro país, o, también, de alguien que vuelve de un largo viaje. La mirada del que ve las cosas por primera vez. Aunque no es cierto, y no sé si el cerebro se dejará engañar por esta intención literaria. Como ocurre con todas aquellas personas que nos dedicamos a escribirlo todo, a escribir siempre, a no dejar de escribir, vivo la mañana y la voy relatando al mismo tiempo, así que ahora ya no podré distinguir lo que viví y lo que pensé mientras lo hacía. Las palabras se han colocado en el lugar exacto de las vivencias. Es así. 

El autobús lleva muy poco gente. Nadie se saluda, nadie se habla, todos están ocupados en hablar con alguien que no está a su lado, a través del móvil. Algunos esperan serios que llegue su parada. Pero no hay ningún movimiento para acercarse al vecino, ni siquiera saludan al conductor, que me mira extrañado cuando le digo "buenos días". Al cruzar ese punto de la ciudad en el que se encuentran el metro, el tranvía, la estación del tren y miles de autobuses, el movimiento es tan extraordinario que da la sensación de haber entrado en un paraíso hiperrealista. Los que esperan los autobuses o el tranvía, en esas paradas de metacrilato, parecen posar para un inexistente fotógrafo. Las bicicletas cruzan el espacio verde que se les ha reservado y lo hacen de forma orgullosa, ese es su sitio y lo saben. Los ciclistas se sienten libres, se sienten seguros. Los hay de todas las edades y su caminar a través de los carriles bici es muy rítmico, muy organizado, como si fueran muñecos que se accionaran a distancia en un gran juego de mesa. Luego están los autobuses, alineados a uno de los lados, lentos pero sin parar, en una orgía permanente de subidas y bajadas de gente diversa. El tranvía aparece en sus tonos plateados y recoge a una peña poco apresurada, más bien expectante y sin prisa. Algunos estudiantes llegan a los alrededores de la estación del tren con sus trolleys de colores, tirando de ellos con fuerza y una imperceptible sonrisa de vacaciones en la cara. 

La mañana ha amanecido fría, pero, en cuanto recorres algunos metros te apercibes de la fuerza del sol, que ha salido esplendoroso y que te acompaña en todo el recorrido. El sol, mucho más potente que el viento, la lluvia y el frío, te da en la cara y hace que sientas el calor de la vida, que se asoma en cuanto pones los pies en la calle. Junto a la facultad de Derecho algunas chicas están sentadas sin hacer nada, sin hablar, en una especie de saliente de la pared. Ninguna hace otra cosa que recibir el sol que cae de plano a esta hora de la mañana en un día de otoño en el que se anticipa ya el tiempo por venir, las vacaciones de Navidad y todos los ritos de esos días, ritos que, dependiendo de cómo los vives, significan algo o no significan nada. Significan algo bueno o te hacen más daño que los días normales.

lunes, 1 de diciembre de 2014

"Platero y yo"...y yo


No sé si en algún lugar de este blog he escrito algo sobre "Platero y yo", pero da igual. Porque podría dedicarle muchas páginas, porque hay muchos recuerdos, muchas vivencias enhebradas a su lectura. En todo caso, como las efemérides han de servir para renovar en nosotros el deseo de leer, aprovecho que se celebra estos días el centenario de su publicación para escribir de ese libro, mal llamado de niños, que tantas veces he leído, oído y escrito.

En mi colegio se usaba "Platero" para hacer dictados. Páginas enteras del libro las conservo en mi memoria, porque yo también he utilizado esas pequeñas historias, esas imágenes impresionistas, para trabajar de mil y una formas. He sentido que "Platero" es una cumbre de la poesía, sí, de la poesía en general. No es solamente prosa poética, es poesía en prosa, que va más allá. Algunos de sus pasajes tienen un nivel tan alto de emoción que te producen sentimientos encontrados, sensaciones que no puedes describir. Es una forma de abrirte los ojos hacia la pequeña vida cotidiana que es, en realidad, la que importa.

Es la capacidad de observación del autor el elemento que más me llama la atención en el libro. La forma en que, su mirada, trastoca la realidad y la interpreta, convirtiendo en objeto literario cualquier acontecimiento nimio, haciendo de un burro un personaje lleno de grandeza épica. Es la épica de lo pequeño, la exaltación de lo natural, de lo vivido. La naturaleza es, en realidad, el gran personaje que aparece reflejado no solamente en Platero, el protagonista, sino en mil detalles que podemos ir descubriendo a medida que nos adentramos en el libro.

Creo que el catalogarlo hace años como un libro para niños no le ha hecho ningún bien. Seguramente eso originó que se obligara a leerlo en edades tempranas, cuando la música puede venirle bien a los niños pero no su contenido, su sentido último. La lectura obligatoria es, sin dudarlo, la forma más directa de que los libros no se lean. Los niños buscan mil artimañas para saltarse el libro propuesto por el profesor, por eso hay que buscar otras formas de que un libro se conozca. En mi colegio, usando el sistema del dictado, lo lograron, aunque seguramente fue una estrategia espontánea.

En todo caso, "Platero y yo" es de esas obras que consideras tuya, que conoces tanto como a alguien de tu familia, o quizás más, y que llegan a formar parte de tu biografía literaria. Los libros que leemos nos hacen personas tanto o más que otros elementos influyentes, tanto o más que los amigos o la familia, o la educación que podamos recibir. Los libros tienen un factor de encuentro personal que es intransferible y que, por eso mismo, no podemos dejar de percibir.

Me gusta la dulzura de Platero, las descripciones de las calles, las fiestas, los personajes. Pero, sin duda, el pasaje que más me emociona, el que recuerdo siempre palabra por palabra, el que ha hecho saltar lágrimas de sentimiento es el del "niño tonto, sentado en su sillita, viendo el dorado pasar de los gloriosos".


viernes, 28 de noviembre de 2014

Miénteme...

Miras hacia arriba y las luces te deslumbran. Miles de bombillas formando dibujos, cruzándose, como si fueran mosaicos romanos, lacerías árabes, como si fueran un bordado en seda, tejido con manos cuidadosas. Resplandecen los árboles de la inmensa avenida, cuajados de pequeñas estrellas, como si hubieran nacido flores luminosas, una floración extraña en el invierno. 

Te esperaba al pie de la estación. A lo lejos distingues su figura. Su aspecto, tan conocido, tan amado. Su sonrisa, anunciándose anticipadamente, una sonrisa abierta hacia la espera. Distingues sin oírla su voz. Esa voz que no parece cambiar a pesar de que el tiempo pasa. Una voz que dice cosas que te estremecen. Que nunca te hiere. Que siempre te consuela. Ves el movimiento de sus manos, ese gesto especial de descansar en ellas la barbilla, esa forma de tomarte de la cintura, de sujetarte la cara mientras te besa...Esas manos...

La risa os ha mezclado en un suave vaivén y las palabras se amontonan...hay tanto que decir...tanto tiempo sin verte...escribir no es lo mismo...y a veces la palabra te sugiere un deseo, un afán tan seguro, tan cierto, que quieres cruzar el país, que quieres llegar allí donde se encuentra, anhelante, esperando, con el mismo deseo...Vais andando, recorréis abrazados el camino hacia la calle, hacia el aire fresco que azota vuestros rostros y, allí, incandescente, brillantemente libres, la ciudad y sus luces te recibe de nuevo, como si no hubieran pasado tantos meses, tanto tiempo, años quizá, sin verte...


domingo, 23 de noviembre de 2014

Soledades

A veces lees un poema y entiendes el significado exacto de las palabras. El poeta las escribió y tú las recibes como si hubieran sido escritas para ti, incluso como si tú las hubieras escrito. En ocasiones paseas por una ciudad y sus calles, sus edificios, están llenos de una pátina especial que te llama a entenderlos, como si tu itinerario sentimental se escribiera de la misma forma que se trazaron en su día las líneas, los recovecos, las cuestas, de su topografía. También puede ocurrirte con una película. Las imágenes se enlazan entre ellas y se introducen dentro de ti, en tu cabeza, en tu corazón, creando una simbiosis perfecta, con un lenguaje propio que tú conoces y que tiene las claves de tantas sensaciones que te resultan imposibles de explicar...Nadie, salvo tú misma, entiendes el motivo de esa identificación que se abre paso a veces...

Confieso que me gusta Hopper y que su pintura me lanza una llamada, un hilo de mensajes, como si fuera una red social que te pregunta, que te invita a decirle con tu voz algo sobre aquello que aparece plasmado en sus cuadros. Esa pintura espesa, de tonos duros, de verdes angustiosos, de rojos acabados, de tierras difíciles...Confieso que veo en Hopper un trasunto de lo que veo en la vida, al menos, una parte de ella, la más árida quizá, pero tan cierta... 


Mira esta mujer. Está sola. Fuma abstraída, de pie, y mira a través de una ventana que está descuidadamente abierta, como si su única misión fuera arrojar algo de luz a la habitación, por lo demás, sombría, áspera, desangelada. La mujer lleva un bonito vestido de verano, hecho en gasa rosada, y está sola, alguien ha olvidado la cita o quizá acaba de marcharse sin entender que el amor tiene que salir al aire libre para que el corazón se expanda. Esa figura rosa en el centro del rectángulo de luz, como si no tuviera claro qué debe hacer, cómo si todo se le viniera encima, es una mujer hopper, una mujer que duda. La mujer se llama Betsy o Maggie o Stella. Está muy enamorada. Pero sabe que es un amor imposible, porque él no la quiere o la ama de una forma inconveniente, una forma de amor clandestino que a ella le hiela la sangre. Cuando termina el rito del amor no quedan besos, no quedan palabras cómplices, no quedan miradas. Lo que queda es una huella fría, un dolor helado, una sensación de miedo porque nunca se sabe si ese encuentro volverá a repetirse. Betsy o Maggie o Stella querría tener otra clase de amor...


Está a punto de empezar la función pero el teatro permanece vacío. Las butacas están vacías, no se oye ningún murmullo. No hay nadie. Nadie recorre los pasillos, nadie murmura, nadie entra, a nadie se le espera. Esa mujer de negro está sentada, sola. Mira hacia el escenario. que tiene las cortinas del telón echadas y que no parece ofrecer ningún divertimento. La mujer ha equivocado el día, la hora, el lugar de la representación. Es una mujer sola y está equivocada. En el sitio equivocado. En la vida equivocada. No parece importarle, sin embargo, reposa los brazos en la butaca verde, las piernas estiradas, los zapatos de tacón cruzados uno encima del otro, el gesto duro y firme. Es una espera que no tendrá resultados, eso intuimos. Esta mujer se llama Anne o, quizá, Eleanor, o Eva. Tiene el aspecto elegante de quien sabe que la ropa es un pasaporte y también una forma de ocultación. Oculta su sentimiento en ese vestido negro, sobrio, pero el gesto distendido y familiar de los pies la ha delatado. En realidad, se trata de una persona ardiente, una persona a la que hierve la sangre, que siente en sus entrañas la llamada de la maternidad, pero que no halla la manera de que alguien, un hombre de verdad, entienda que su aparente frialdad es solamente la capa que cubre su fuego. 


De nuevo es la ventana sin cortinas la que arroja la luz a una habitación parca en muebles, una habitación que habla de abandono, o de horas pasadas sin compañía, o de búsqueda. Una incongruente maleta cerrada espera a uno de los lados. Una puerta cerrada. Un libro abierto, unos ojos abiertos, unos pies descalzos sobre el duro y frío suelo. En primer plano, la cortina enmarca el cuadro como si fuera una representación, como si todo aquello no estuviera pasando, como si fuera humo, el humo del cigarro de la primera mujer. La mujer, Emily, Charlotte, Lillian, quién sabe cómo se llama, ha abierto el libro de poemas y lee una y otra vez uno de ellos. Es un poema que empieza con este verso "qué dulce te recuerdo en las sombras del agua" y que se cierra con este otro "y despierto pensando en sentirte hasta el fondo". Cae la noche o se abre el día, tampoco lo sabemos. Y la mujer, desvalida en ese camisón transparente que apenas la cubre, tiene que abrigarse con los versos, con esa forma de amor incandescente, porque él está lejos y nunca volverá, es imposible. 

Las tres mujeres de Hopper están solas. Cada una de ellas conjura la soledad de una forma diferente. Pero no parecen hundidas, no parecen acabadas, más bien, esperan. Esa esperanza quizá es imperceptible, débil, indecisa. Es la insinuación de la esperanza, en realidad. Es una esperanza escondida, oculta, que solamente ellas conocen. Está detrás de todo. Pero está. Tiene que estar...

lunes, 17 de noviembre de 2014

Cuentos para mi niño: El mago despistado

Dedicatoria: A Antoñito, el chiquilín


El mago Oz vive en el pueblo de Lión. Su casa es verde, su nariz es verde y su risa es verde. Oz hace magia pero siempre se equivoca. Hace trucos muy raros. Se confunde con la varita mágica. 





Un día se topó con un grillo. El grillo le pidió un favor. Quería ir a la Luna. Pero no sabía nada de cohetes. Oz le dijo: No te preocupes. Te daré un golpe de varita. Pero la varita se equivocó y mandó al grillo a un árbol del parque. 

Oz decidió construir un cohete. Cogió una lata, un palo y dos cajas viejas. Lo tocó todo con la varita ! y apareció un despertador !. Dio otro golpe y salió !un pato amarillo! Luego otro y apareció !un bebé de gorila! Oz se echó a llorar. 



Fue a visitar al viejo dinosaurio del valle. Se llamaba Arisauro. Este le animó. Arisauro era viejo y listo. Se puso a dar clases de magia a Oz. Le enseñó a mover la varita:
!Arriba!
!Abajo! 
!Rápido!
!Despacio!




También le enseñó a hacer pócimas: la pócima azul, la roja y la amarilla. La azul es para reírse, la roja para volar y la amarilla para conseguir los deseos. Entonces Oz le dio al grillo un tarrito con la pócima roja, para que pudiera volar a la Luna. El grillo se bebió la pócima y !catapum, chim, pum, pan, pon, arriba!!!

!Qué contento estaba Oz! !Por fin era un buen mago! !Hurra!!!!


Y todo, gracias al viejo dinosaurio. Después de aquello todo el mundo visitaba a Oz para pedirle ayuda: la rana le pidió un castillo; el loro, un sombrero; la gaviota, un barquito; el mono, un bocadillo; el vecino Pedro, un ordenador; el policía, una gorra nueva. 



Y tú, Antoñito ¿qué quieres pedirle a Oz?

Cuentos para mi niño: El ratón Fiti

Cuando mi hijo era chiquito yo le escribía cuentos. En unos cuadernillos de cuadros que confeccionaba y cosía le contaba historias simpáticas de animales y personajes curiosos. Las cosas que a los niños les gustan. A mi hijo le gustaban y le gustan todavía los tebeos de Mortadelo, las historias de Tintín, los Astérix y otros cómics. Seguramente todo empezó con esos cuentos escritos a mano por mí y que ahora transcribo:

El ratón Fiti

Dedicatoria: A Antoñito, pitufito

"Había una vez un ratón. Se llamaba Fitipaldi. Era un ratón muy veloz. Sus amigos lo llamaban Fiti. 
El ratón Fiti vivía en un pequeño pueblo. Allí las casas eran muy chicas. Pero Fiti vivía en un caserón. 
¿Sabes qué es un caserón? Pues sí, eso, una casa muy grande. Allí Fiti no vivía solo. 
En el caserón vivían también dos hombres. Uno de ellos era bajito y con bigotes. El otro era alto y flaco. 
Un día hubo un lío gordo. El ratón se comió el queso de Gus, el bajito, y se bebió el zumo de Abo, el larguirucho. 
Se enfadaron mucho. Fueron a buscar a Fiti para darle una zurra, pero no lo encontraron. 


Se había escondido en el cesto de la ropa. Cuando Gus fue a coger los calcetines salió Fiti de un salto, muerto de risa. Abo intentó pillarlo por el rabo, pero Fiti se puso a hacerle burla y se ocultó detrás de una maceta. 
Otro día Fiti escondió en el armario la mermelada de fresa de Gus. Abo quiso pillarlo, pero resbaló con una cáscara de plátano. !Vaya lío!. Cuando apareció un fantasma en el caserón, Abo y Gus se asustaron mucho. No sabían qué hacer y le pidieron ayuda a Fiti. Este dijo: Vale, yo me encargo de todo. 



Fiti preparó una red para cazar al fantasma. La puso al pie de la escalera. Se escondió y esperó. Cuando el fantasma fue a bajar, el ratón tiró de la red y !!!zas!!! nada de nada. Se escapó. 
Abo y Gus se enfadaron mucho. Vaya desastre de ratón, solo servía para molestar. Pero Fiti no se rindió y preparó otro truco para cazar al fantasma. Era muy sencillo. 
Pondría en la mesa de la cocina una suculenta comida. Echaría en la sopa unos polvitos para dormir. Así el fantasma, que era un comilón, se quedaría como un tronco. 
Entonces lo tiraría por la ventana. 


Fiti no contó su plan a Gus y Abo, pues eran unos patosos y liantes. Así que preparó la comida y esperó. Al rato, acudió a la cocina y encontró a Gus y a Abo....!durmiendo!!!. !!!Se lo habían comido todo!!!. Lo peor es que el fantasma los había visto y estaba muerto de risa. 

Desde entonces decidieron acabar con los líos. Vivirían todos juntos como buenos amigos. 

FIN


martes, 11 de noviembre de 2014

Noviembre

La ciudad no sabe lo que quiere. Los vientos, la lluvia, las tormentas, el sol, la tienen desorientada. Se ve a sí misma como una enorme masa de desconcierto. Está esperando que ese vaivén se convierta en remanso, en un río que transcurra seguro y cierto, en una atmósfera única, que la envuelva sin cubrirla de la neblina molesta de los días grises del otoño. A veces, se abre como una flor, como un corazón que esperara la llegada de un amor tardío. En otras ocasiones, se muestra huidiza, esquiva, oculta de sí misma, oculta de todos. Son esas tardes en las que cae la noche de repente, sobre los puentes quizá, o en las calles del centro, oscuras, quietas, imperceptiblemente solas. También tiene mañanas esplendorosas, amaneceres llenos de una belleza fría, inigualable, abrupta. Una belleza que no plasma siquiera la verdad porque es imposible captarla. Los edificios se levantan y desperezan, bajo un sol duro de otoño del sur y luego la gente ocupa las calles, recorre sin cansancio los días y las horas, de forma que todo se convierte en lo mismo. Una larga interrogación que no obtiene respuesta.

Noviembre es un mes de aniversarios. Uno de ellos lo convirtió en un mes sin cifras hace ya quince años. El mes cuyos días pasan para avisar que llega el invierno. El mes que, una vez, se anegó de tantas lágrimas como podría contener este río que te atraviesa. Noviembre es el mes en el que ya no hay nada que celebrar. El mes en el que no cabe la fiesta, no cabe el sueño, no cabe el despertar. Es un mes que escribió páginas tristes, ojos llorosos, manos que se fueron y cuyo tacto ya no puedes recuperar. Este mes no ha tenido suerte en el calendario. Quizá lo sabe y por eso el viento se muestra tan presente, o la lluvia, o esos atardeceres tan llenos de nostalgia, o esas noches vacías. Un océano de soledad entre las páginas frías del calendario.


sábado, 8 de noviembre de 2014

Rosas y un piano

Escuchas la música y hallas algo diferente, o quizá no, quizá es algo presentido, algo que estaba dentro de ti y no lo sabías. La música es el último escalón que puedes ascender si tu corazón se ha detenido en un momento exacto de la vida, cuando parece que todo te ha dado la espalda. La música te invade, te recuerda, te ancla en un pasado que no puedes recordar, no, ahora no, ahora es imposible. Todas las músicas que te ocupaban se han marchado. Las que oíste en cada uno de esos momentos que no puedes rememorar todavía, que esperan silenciosos a que sea el momento del recuerdo sereno, el tiempo en que las esperanzas puedan desplegarse, el segundo exacto en el que revivirás a una primavera que se escribirá de otra forma distinta. 

Pero otras músicas, otros silencios, otros sonidos, van a llegarte de mil maneras. Alguien te dirá un día, ni siquiera sé cuándo ni por qué medio, que hay una canción que atraviesa su alma y la lleva a un lugar especial, en el que todas las cosas son posibles, incluso las que no van a existir nunca. Alguien te enviará un vídeo con una canción y entonces entenderás que la música sigue, que no se para, que la música resiste por sí misma los embates del destino, de eso que llamamos vivir como sea. Entonces las nuevas músicas fortalecerán tu ánimo o te harán llorar, que viene a ser lo mismo. 

Fíjate en esa música. Cuando la oí supe que te gustaría. Supe que esas rosas iban a aposentarse en tu espíritu de igual manera que una mano cálida te estrecha la tuya cuando el cansancio es superior a la fuerza. Supe que te gustarían esas imágenes doradas, tibias, dulces, con esa dulzura de la voz inexistente, con esa tibieza de las tardes tranquilas, con ese color único del tiempo de la espera. Supe que llorarías, quizá, con el sonido firme del piano, que su armonía te elevaría en la distancia, supe que esas rosas que se suceden, mientras las manos de un hombre tocan suavemente unas teclas, te acercarían a alguna de las pocas cosas que todavía merecen la pena. 

Esa sensación plena, sencilla, entera, de sentirse vivos. 


lunes, 3 de noviembre de 2014

Ese cielo tan gris y esas palabras...

Ha ocurrido de pronto. Como si alguien hubiera decidido cambiar el decorado en una obra de teatro de esas que tienen pesados cortinajes y fondos de paisaje. El cielo azul y el sol han abandonado la tarde y, en su lugar, una suave neblina gris y rosada ha ocupado su sitio.

Como en una obra de teatro, el aire se ha tornado del Sur, ha barrido con su fuerza las hojas caídas de los árboles de la plaza y todo se ha cubierto de sigilosa espera. Está a punto de llover. Alguien dice, al fin ha llegado el frío, ya estábamos cansados de tanto calor. También el buen tiempo cansa. Pero los niños se han quedado tristes en las casas, esta tarde no han salido a jugar.

Aquellos niños...recuerdo la casa llena de niños y de juegos. Jugar a hacer teatro era bonito. Tendíamos una tela llena de rosas y era el fondo. Salíamos de una y otra habitación, recitábamos poemas, decíamos versos, contábamos historias, inventábamos personajes, aprendíamos enteros los pasajes de las obras de teatro que nos gustaban...Teatro, siempre el teatro. Todos los niños de la casa, de distintas edades, con distinto rostro, con memorias y voces distintas, con cabellos castaños, rubios y más oscuros. Con aficiones diferentes. Todos teníamos la misma disposición a mover las manos mientras nuestras voces se elevaban pronunciando con atención esa poesía, ese texto que tanto nos gustaba. Jugar con el lenguaje, jugar con las palabras, eso era lo nuestro. Las palabras eran nuestro reino, el reino de nuestra casa y de nuestra infancia. Un reino compartido entre todos, tan cambiantes en nuestro humor, de genio tan dispar, todos viviendo en la imaginación de aquellos nombres que eran tan cercanos como los del vecino.

A veces soñaba con alguna de esas obras que leíamos. Con Romeo, asomado al otro lado de la huerta, atisbando la llegada de alguna Julieta de largos cabellos castaños. O con el pequeño príncipe, aterrizando muerto de frío en un planeta deshabitado. También con Tom y su tía Polly, como de la familia, inventando mil engaños para no ir a la escuela dominical, algo que ni siquiera sabíamos lo que era...Tantos libros en aquellas estanterías, tantos personajes que se despertaban de noche, cuando todos dormíamos, y campaban a sus anchas y podíamos descubrirlos riendo si aguzabas un poco el oído...

Esta tarde los niños no han salido a jugar. En la calle no hace frío pero un viento desapacible balancea las hojas de los árboles y te impide disfrutar. Se hace de noche tan pronto...Las tardes son ahora tan largas...Estos niños que se han quedado en casa quizá no tengan un patio lleno de flores y una blanca pared encalada y un telón hecho de rosas y unos poemas que leer o recitar y un teatro que representar. Seguramente esta tarde se han enganchado al Internet y a la play o a la consola y no oyen nuestras risas, las risas de los niños en la casa, jugando a ser poetas.


domingo, 2 de noviembre de 2014

Ángel Vela vuelve a Triana



En realidad, no se ha ido nunca. Pero la recrea como si la encontrara por primera vez, como si se asombrara, como si fuera un descubrimiento. Ese asombro nos llega a los lectores y así recorremos las páginas de sus libros como si fuéramos de Wisconsin y acabáramos de aterrizar en la calle San Jacinto. Pura revelación. 

Lleva ya tiempo, mucho tiempo, indagando en el ser de Triana. Se ha convertido en uno de sus fieles paladines, en un caballero que la recorre atónito y que plasma en el papel esa experiencia. Todos y cada uno de los aspectos que en Triana pueden considerarse literarios o plásticos han ido pasando por el filtro de su escritura. La hazaña flamenca ha ido a la par. En un momento dado, Ángel Vela decidió aportar su esfuerzo al conocimiento cabal de la Triana más flamenca, la de los flamencos de Triana y en Triana. De esa forma, cuando pasen los años y los lustros, cuando el tiempo nos cubra, habrá una forma esencial de conocer este pasado y esta realidad de ahora, la realidad que nos resulta negada tantas veces en el flamenco y sin la cual todo es conjetura. 

De esa forma, como un entomólogo que pusiera bajo su microscopio el suelo, el sueño, el paisaje y la gente, se asomó al flamenco de Triana en un primer libro del que ya hablamos aquí y que recuperó datos, personas, cantes, estilos y lugares de los años fundacionales, desde 1740 hasta 1931. Libro imprescindible, desde luego, si se quiere tener noticia exacta y no elucubración. Datos fiables y no opiniones o glosas más o menos rellenas de hojarasca. 

En esta ocasión, en este segundo tomo de esa orilla flamenca que es Triana, se nos lleva al período comprendido entre 1931 y 1970. Hay que decir que el empeño es gigantesco. Hablamos de unos años de enorme efervescencia y que cuenta con muchos protagonistas que están vivos, testigos de una evolución del barrio y del flamenco que tiene enorme importancia en el panorama general de este arte y también, por qué no decirlo, en la sociología sevillana y andaluza. Porque entre 1931 y 1970 suceden muchas cosas. En todos los aspectos. Y todas aquellas afectan al arrabal como afectan a Sevilla, a su entorno y al resto del país. Años difíciles, años duros, años oscuros, pero también años preñados de la claridad del arte, porque el arte no se detuvo, no se detiene y así lo plasma en su investigación Ángel Vela en este libro cuyo título quiero que recuerdes. “Triana, la otra orilla del flamenco“. Si Huelva es la orilla de las tres carabelas, en Triana el flamenco se escribe de otra forma, más marinero, sí, más cercano al aire de Cádiz, más ultramarino quizá, más vitalista, cambiante, nuevo, presentido, ignorado, también. 



Por eso, esta lupa que Ángel Vela coloca sobre estos años difíciles es una fotografía necesaria. Detalladamente llena de aportaciones, comentarios, fotografías, reseñas...Los artistas circulan libremente por el libro. Los hechos históricos. Las vicisitudes. La transformación del barrio. La diáspora. El desarrollismo. La pervivencia de los focos tradicionales. Los encuentros y las mezclas. La música, el aire, el sonido, el toque, los bailes, los corrales, la arquitectura, el caserío, las actividades económicas...

Todas las ilustraciones son explicativas pero algunas son deliciosas. Con el encanto de un pasado reciente, pero que se nos antoja románticamente lejano. Un pasado que el autor rememora quizá con nostalgia, porque enhebrado en él está también su vida. Y esa peripecia vital no deja de traslucirse en su escritura, como no podía ser de otra forma. 

Difícil, muy difícil, yo diría que imposible, resulta resumir en pocas palabras la enorme cantidad de personajes, de personas, de lugares y de eventos que el autor recoge. Es un esfuerzo enciclopédico que la flamencología deberá valorar en lo que vale. Testimonios directos en muchos casos y, en otros, un despliegue de investigaciones que únicamente pueden hacerse con tiempo, mucha dedicación y talento. En todos los casos, su mirada es cercana, comprensiva, sin juzgar, sin poner etiquetas, dando a cada uno su sitio, como un torero de tronío que tiene que lidiar con todo lo que se le ponga por delante y hacerlo con elegancia y con valentía. 

Porque así es la prosa de Ángel Vela. Elegante. Discreta. Adecuada. Transparente. Honda. Sin alharacas. Plena de convicción en lo que escribe. 



Algunos apuntes personales. Precioso el prólogo de Emilio Jiménez Díaz, lleno de su estilo inconfundible y de su generosidad literaria. Magnífico el trabajo del editor, Paco Sosa, porque en estos tiempos que corren arriesgar con el flamenco es digno de elogio. Y, en el contenido, dejadme que os diga que me ha emocionado el recuerdo justo a Manolo Centeno, macareno de corazón trianero y persona extraordinaria, por un lado y, por otro, como no podía ser menos, las páginas dedicadas a Luis Caballero, mi amigo, nuestro llorado amigo, probablemente el hombre que, sin haber nacido en Triana, más entendía, quería y admiraba este barrio. 

Ya sé que muchos de los que leéis esto no conocéis Triana o, quizá, no habéis profundizado en ella. Pero hacedlo. Es un buen antídoto contra los males del siglo. Porque rezuma autenticidad, verdad y esos destellos únicos de luz que son su mayor alegría. Entrar en Triana por la puerta grande de este libro es tanto como hacerlo a pie y por el puente. 


Referencias. “Triana, la otra orilla del flamenco. 1931 a 1970“ Autor Ángel Vela Nieto. Editor Francisco Javier Sosa. Ediciones Giralda. Sevilla, 2014. 
Fotos de la entrada. Antonio Mesa León “El puente de Triana es azul“. Caty León, Acuarela colección propia. 

martes, 28 de octubre de 2014

El encuentro



PRIMERO

Una mujer sube a un tren. Es un tren de alta velocidad. Un vagón silencioso. Viernes al mediodía, octubre, un otoño que se inicia en un día esplendoroso con el cielo tan azul que lo cubre todo de una pátina emocionante. Es un día en el que pueden ocurrir muchas cosas, un día de expectativas, de promesas. La mujer espera que esas cosas sean buenas, que le traigan felicidad. Hasta ahora ha tenido poca suerte en la vida, pero quizá ahora todo cambie. Este viaje puede ser una señal. Una variable en su camino, un atajo hacia tiempos más fructíferos. 

La mujer tiene una edad indefinida, entre cuarenta y cincuenta años. Va bien vestida, con ropa de calidad que revelan buen gusto. La ropa ha sido escogida con sumo cuidado, probada ante el espejo, fotografiada quizá para ver cómo resulta. Quiere dar una buena impresión. La primera impresión constituye la tarjeta de presentación y no es sensato dejarla a la improvisación. Por eso ha ido el día anterior a la peluquería y se ha retocado un poco la media melena castaña, con algunas transparencias de un rubio dorado que la hacen más joven, más alegre. 

Por eso se ha maquillado más que de costumbre y se ha pintado los ojos con unos lápices nuevos, azules y grises, a tono con la ropa. Aunque las gafas de sol ocultan sus ojos ella sabe que puede quitárselas con tranquilidad porque su mirada ha quedado muy bonita con esa mezcla de colores que armoniza con el fondo de sus ojos, extrañamente violetas. 

Y la sonrisa…ella cuida siempre su sonrisa, pero ahora más aún. Alguien le dijo una vez que sonreír era una forma de ser amable. Pues bien, su sonrisa es abierta, agradable, limpia, con unos dientes casi perfectos y unos labios carnosos y frescos, ahora pintados de un rosa suave aunque brillante. Dan ganas de besarla, aunque eso ella no lo sabe, ni siquiera se lo plantea. Porque la han besado poco, muy poco. Y cuando lo han hecho, ella ha cerrado los ojos porque no ha sabido dónde mirar ni cómo. 

Ha elegido con mimo la ropa que lleva puesta. Un vestido con fondo blanco y motitas azules y un abrigo de verano, blanco roto, con el interior en un estampado azul muy parecido a las motas del vestido. Azul y blanco. Mucho tiempo atrás el azul fue su color favorito, pero, por eso mismo, todo lo que tenía era azul, de manera que llegó a cansarse y, en los años siguientes, el azul quedó desterrado de su vestuario. Hace poco tiempo que el azul ha vuelto a su guardarropa y este vestido y este abrigo son una muestra de ello. 

La mujer lleva unos bonitos zapatos de color fucsia, hechos con un material trenzado muy agradable, abiertos por detrás y con un tacón mediano, suficiente para ella, porque es una mujer alta, que no necesita añadir centímetros a su altura. Esa altura, que para todos parece ser un atributo positivo, a ella le ha creado siempre problemas. Cuando era pequeña nadie podía dejar de echarle más años de los que tenía debido a su altura, tan dispar con la del resto de las amigas. De mayor se sintió algo deslavazada, como si no controlara su cuerpo, como si su cuerpo no tuviera suficiente gracia o equilibrio, debido a que creció muy rápido. Ahora es diferente. En realidad se ocupa poco de su físico, salvo de ir correcta y con ropa buena. Pero la coquetería ha pasado de largo hace tiempo, no la necesita para su trabajo,ni para su vida.



SEGUNDO

Quizá fue el aburrimiento el que, hace un par de años, la llevó a usar las redes sociales. Se abrió una cuenta en Twitter con un nombre que no era el suyo. Colgó en su perfil una foto que no era la suya, sino una imagen de un cuadro impresionista que le gustaba mucho. Al fondo, un paisaje desolado, árido, como si la foto volara en el aire, sin asiento alguno. Completó sus datos con alusiones a sus aficiones, las carreras de caballos, el campo, la naturaleza…Se sorprendió al ver como empezaban a aparecer seguidores a pesar de que ella no escribía apenas, solamente se dedicaba a retuitear algunos mensajes. Comenzó a seguir a algunas personas, con unos perfiles parecidos al suyo, recomendaciones que la propia red le ofrecía. Dedicaba poco tiempo a trastear en el ordenador.

Todo el primer año transcurrió en una especie de modorra cibernética. Nada de interés, aunque seguía entrando de vez en cuando a ver qué nuevos seguidores había. Cuando alguno se iba, evidentemente aburrido de que en su cuenta hubiera tan pocas aportaciones, siempre tenía una sensación de pequeño fracaso.

Al principio del segundo año un nuevo seguidor atrajo su atención. La imagen no era una fotografía sino un dibujo, una especie de cosa abstracta que no se veía demasiado clara, unos garabatos casi. El nombre también era un pseudónimo, @vuelo.alto, no aparecían datos de ninguna página web, ni blog, ni nada parecido. Solamente el de la ciudad, Barcelona. Casi automáticamente ella decidió seguirlo a su vez, algo que hacía en la mayoría de los casos, de manera que sus seguidores coincidían casi al cien por cien con las personas a las que seguía. Personas o instituciones, porque había revistas dedicadas al mundo del caballo o la naturaleza, incluso hipódromos o digitales de medio ambiente. 

@vuelo.alto tenía unos gustos muy parecidos a los suyos y se encontraron señalando los mismos favoritos y retuiteándose mutuamente. Cuando llegaba la noche, tarde, ella se sentaba en su casa, en su butaca, sola, porque no vivía con nadie desde que su madre falleció cuatro años antes, y repasaba los tuits que iban cayendo uno tras otro, entrando y saliendo de los enlaces de artículos de revista o de comentarios en blogs. Esto le proporcionaba entretenimiento y cierta paz, una paz que necesitaba y que era un bien extraño para ella.

No recuerda qué fue lo que le llamó la atención de @vuelto.alto pero una noche se vio enfrascada en una conversación con él. Giraba en torno a una carrera de caballos que iba a tener lugar en fecha próxima. Ella tenía sus propias ideas al respecto y discutieron casi acaloradamente, casi como si fueran amigos. Era la primera discusión no profesional que sostenía en muchos años. Le resultó agradable. Ambos defendían sus opiniones con vehemencia pero de forma muy educada. Los dos escribían con total corrección. Ninguno usaba raras abreviaturas ni palabras a medio expresar. Esta circunstancia le agradó, no soportaba a la gente que escribía mal. 

Eso fue el inicio de su, llamémosla, relación. Casi por inercia, en un acuerdo tácito, cada noche, o, al menos, la mayoría de ellas, ambos se comunicaban a través del Twitter, hasta que comenzaron a usar los mensajes privados. De esta forma sus charlas fueron más personales. Ella le contó cosas de su vida, la muerte de su padre, hacía ya diez años, la de su madre, hacía cinco, el hecho de que vivía sola, su trabajo tan absorbente, cómo le costaba tanto relajarse y evadirse cuando estaba inmersa en una instrucción complicada. Últimamente lo eran todas. Le dijo que nunca se había casado, que no tenía hijos tampoco. En contrapartida, él le contó que estaba divorciado desde hacia bastante tiempo, que su hija era ya mayor y que no creía en el matrimonio ni en ninguna unión seria, todo eso le parecía matar el amor, decía, matar la pasión, sobre todo. Y la pasión era muy importante, por eso lo mejor era el tiempo del conocimiento, explicaba, ese en el que las personas se descubren la una a la otra. 

Los mensajes de él caían en cascada en el ordenador o en la tablet noche a noche. Tenían sentido, eran coherentes y a ella le suponían entrar en otro mundo, un mundo desconocido, el mundo masculino, con sus peculiaridades, sus manías. Era un mundo al que ella no tuvo nunca acceso, por eso le parecía tan atrayente, le sugería tantas cosas. Aparte de su trabajo, su vida se había reducido a cuidar de sus padres, a estar con ellos, a procurarles comodidad. Ambos fueron personas de fuerte carácter y, a su lado, ella se sintió disminuida, falta de brío, incapaz de tomar decisiones.



TERCERO

Habían pasado ya unos meses desde que comenzaron su relación virtual cuando ella empezó a preguntarse cómo sería él. Qué aspecto tendría, cómo seria su mirada, su voz. Si era atractivo, si era más o menos joven que ella. Todos estos aspectos estaban ocultos, escondidos, ninguno de los dos había mencionado nunca esos detalles. Sus aficiones, su estado civil, algo de su historia familiar, esas eran las cuestiones que, en sus mensajes directos y en el propio Twitter, habían tratado. Pero hay tantas cosas por conocer, pensaba ella. En realidad, eran dos extraños. Incluso todo podía ser una mentira. Incluso detrás de ese hombre anónimo podía existir un asesino, un maníaco, una mujer disfrazada de hombre, una organización que quisiera captarla.

Las cosas que fue sabiendo de él, todas de forma casual, la decepcionaron un poco. Era algo más joven que ella, pero no demasiado. Había trabajado como fotógrafo en varios medios y en estos momentos estaba en paro, haciendo fotos por libre y vendiéndolas cuando tenía ocasión. Su vida era desordenada, bohemia, todo lo contrario que la vida de ella, tranquila, predecible. Eran muy distintos. Pero algunas cosas los habían unido. Quizá la soledad. El desasosiego de llevar una vida equivocada. Una vida que a ninguno de los dos les gustaba. 

No recuerda quién sugirió la idea de encontrarse. A mitad de camino, en Madrid. Ella subía de vez en cuando, tenía allí algunos familiares con los que mantenía un contacto estrecho. A él le pareció muy bien encontrarse en Madrid, era una ciudad que le gustaba, pensaba mudarse a ella en cuanto pudiera. Tenía toda la vida por delante, pensaba ella cuando él le contaba estos planes. 

Acordaron los detalles y por eso ella está en este tren. Pensando en cómo fue todo y en cómo se desarrollarán las cosas. Tiene miedo. No le ha ocultado nada pero ahora…la expectativa de verlo le causa temor. Es una mujer normal, no una chica atractiva de esas que arrebatan a los hombres. Su altura no compensa su cara corriente y su falta de gracia al andar. No sabe cómo es él pero sabe que lo reconocerá. Será el único en el andén que lleve entre las manos un ejemplar de Anna Karenina. 





Y CUARTO

El tren está a punto de llegar a su destino. Es la hora indecisa del crepúsculo. Solamente dos paradas y será el momento de encontrarse, de encontrarlo. Siente un poco de vértigo. Cómo será en realidad. Una imagen borrosa no dice nada. Y los mensajes escritos son solamente una pista, pero puede ser que escondan una personalidad que ella no imagina. Por un momento se asusta. Esto es una locura, una auténtica atrocidad. Qué dirían sus padres si pudieran verla...Dirigirse de esta forma insensata al encuentro de un desconocido, al que solamente conoce a través de unos mensajes. Unos mensajes que no significan nada. Una afinidad supuesta, inventada. Ha sido su soledad, su desapego del mundo, su falta de vida social la que la ha conducido a esto y ahora no puede dar marcha atrás. Ahora está aquí, en este tren, dándose cuenta de que es un error fatal el que ha cometido. Ve el rostro de su padre, severo, diciéndole con claridad que es una loca, que no tiene sentido común, que se pone en peligro con sus ideas absurdas sobre el amor y la vida. Y el de su madre, triste, apagado, hundido, recordándole que lo mejor es la rutina de cada día, que lo mejor es una existencia tranquila, sin sobresaltos, sin que nadie tenga que criticarte, en total anonimato. 

El tren ha llegado a la estación. Ella se mantiene sentada en su asiento, como si no pudiera moverse. Todos los pasajeros circulan por los pasillos en busca de la salida. Van bajando ordenadamente por las puertas del tren de alta velocidad. En el andén se producen encuentros. Sonrisas, abrazos de bienvenida, saludos...Ella sigue sentada en ese tren, en ese asiento, sin moverse, casi sin respirar. Por un momento tiene la sensación de llevar allí toda la vida, toda la vida sentada en ese mismo sitio, viendo a la gente abrazarse, reírse y respirar. Toda la vida, una vida que no parece tener fin nunca...

De pronto se levanta. Coge con fuerza la pequeña maleta roja que ha llevado consigo, la arrastra hasta la puerta más cercana. La levanta con decisión al bajarse del tren, rápidamente, con movimientos bruscos, como si no pesara, como si todo tuviera la levedad del aire. Anda arrastrando la maleta en una dirección cualquiera, hacia delante, no sabe adónde, adónde sea, piensa enseguida, como sumida en un trance inesperado. Su seriedad se vuelve alivio y hasta alegría. Del fondo del andén una figura masculina emerge y, sin previo aviso, se acerca a ella y la besa, la envuelve con su abrazo, mientras el libro de Tolstoi rueda por el suelo...


(Cuadros de Hopper) 

lunes, 27 de octubre de 2014

La música de tus manos

   Aun en los días del duro invierno, cuando los amaneceres son hostiles, cuando las sábanas nos atrapan y no quieren dejar pasar la luz, aun entonces, en las tardes de brasero y estufa, en la penumbra de las bombillas pequeñas y distantes de tu estudio, ahí, aun, estabas tú en la música. 
    
  Manos largas, morenas, manos doradas y prendidas en el abrazo. Manos fuertes sujetando los mástiles. Manos llenas de devoción, asidas al silencio de las notas. La música se eleva en torno tuyo entonces. Haces la música y nosotros, pequeños destellos sin amanecer, sonreímos. 

   Unos días sonaba la trágica historia de la copla, voces desgarradas, voces de mujer, hombres insólitos, las vidas de quienes el pueblo señala con el dedo, dolores que no pueden escribirse pues no tienen remedio. En ocasiones, era la airada música de la ópera más terrible, la ópera siniestra de la venganza, rostros tensos, oscuros, muertes anunciadas. 

    Las mañanas de domingo nos despertabas con un ejército de sonidos nuevos. Las marchas, los valses, el rigodón, músicas marciales, soldados en paz que marchaban alegres, trotando sin descanso en el universo estrecho de nuestro pequeño hogar. Los días de nochebuena eran los villancicos, cante sentido, al estilo flamenco de tu padre, que derramaba pregones al tiempo que caramelos a los niños. 

   Ay, tu música. Llevabas prendida en ti siempre una canción, en tus pasos siempre había música de fondo, la música te rodeaba, eras la música. Hablabas de Mozart y de Brahms, de Conchita Piquer y de Miguel de Molina, hablabas de Valderrama y de Falla, de Granados y Debussy. Eras toda la música. Allí estaban nuestros ojos ansiosos, nuestros pequeños oídos todavía, allí, esperando el milagro, cada día un sonido diferente, cada día un motivo para gozar, cada día un ansia nueva. 

   Decías que la música era el arte más difícil. Decías que la música solo podía provenir de los corazones limpios y que a ellos se dirigía sin demora. Decías que la música era una coraza de los hombres para luchar contra el dolor. Decías que la música no podía venderse ni comprarse, que la música era un don que estábamos obligados a compartir. Tú mismo hacías la música. Habías aprendido solo a tocar la guitarra. Ella era un tesoro. Tu guitarra gastada, pobre, dolorida, una guitarra fea, sin autor conocido, una guitarra que tus manos habían hecho a lo largo de los años. Descansaba siempre en esa silla, lo recuerdo, en la silla de cuero marrón que había junto a la entrada de la terraza. Allí estaba siempre, esperando que, en algún momento, se produjera el milagro y fueran tus manos hacia allá. Ese sonido lo inundaba todo y desaparecía la humedad del ambiente, desaparecían los malos augurios, desaparecía la noche o se volvía estrellada como la de Van Gogh.

   La música se abría paso entonces a oleadas, salpicando todas las habitaciones, traspasando las puertas. Estas se abrían al compás de la música y todos salíamos de nuestros escondites, de nuestros juegos y de los libros, de la cocina, la azotea o el baño, para acudir al reclamo del flautista de Hamelin que no espantaba ratas, sino que alumbraba con el sol de su música toda la casa, nuestra pequeña, tibia y extraña casa sin jardín.

   Cuando te fuiste, la música cesó. La música se apaga cuando el dolor se aposenta en los cuerpos, no es buena compañera de los duelos, más bien florece en la esperanza. Así que ahora el silencio es nuestra música, el silencio nos cubre y nos recuerda que estamos solos, igual que esa guitarra, vieja, sin manos y perdida, recostada ya para siempre en el sillón de cuero junto a la terraza, para siempre sin manos, sin tus manos, papá.


lunes, 20 de octubre de 2014

Jane Austen y Virginia Woolf

Adeline Virginia Stephen, Virginia Woolf para la literatura (Londres, 1882-1941), en su famoso ensayo "Una habitación propia" describe la escritura de Jane Austen como "una obra para personas mayores, escrita por una mujer, que escribe como una mujer y no como un hombre". Esta aseveración podría ser tomada de manera negativa, pero no es el caso. En el ensayo citado, Woolf reivindica por primera vez la necesidad de que la mujer muestre su independencia intelectual por medio de la literatura, como una forma de expresión del talento que había tenido que sufrir inconvenientes varios. Desde los casos en los que la mujer no firmaba con su hombre, hasta aquellos en los que la firma que aparecía era la del marido. La afirmación de la mujer no es tanto cosa de gritería feminista sin aquilatar, sino de ir consiguiendo subir escalones cuya dificultad es manifiesta. 



Esta vindicación de la obra de Austen favoreció el que la crítica la considerara algo serio, mucho más que unas novelas surgidas al calor de la inspiración femenina coyuntural, sentimental y llena de detallitos intrascendentes. De "mujerismos" al uso, como diría un dilecto amigo, pleno de misoginia e inmadurez masculina. Curiosamente, el público había decidido, con anterioridad a la crítica, que en las obras de Austen había verdadera calidad, pero esto es algo a lo que estamos acostumbrados. El paso del tiempo y el veredicto de los lectores son el verdadero marchamo que califica a una obra, no la crítica ni los premios ni el fervor inmediato. 

Lo que destaca Woolf de la obra de Jane Austen es, sobre todo, aquello que la hace original y diferente a las novelas de su época, aquello que trasciende el romanticismo y entra de lleno en una forma de narrar personal e inteligente. La ironía, la comicidad, la descripción de la psicología de los personajes, el muestrario de ambientes...todo ello constituye el pasaporte cierto a una consideración de su obra como solamente tienen los verdaderos talentos. En las novelas de Austen no hay prolijas descripciones de paisajes, ni de espacios, muebles, edificios o, incluso, de los personajes. No es necesario. Una breve y profunda pincelada pone a cada cosa en su sitio, define a cada cual. Tampoco hay disquisiciones morales, ni conclusiones llenas de enseñanzas, sino simple y llanamente, sentido común. Es una mujer de su tiempo que lo observa desde el tamiz de la construcción crítica. Una mujer que conoce de primera mano aquello que narra, pero que no convierte sus frustraciones personales en una pesada carga para el lector, ni sus vivencias en un pozo de nostalgia que entristezca el relato. Más bien, lo aligera y lo suaviza de modo que vamos flotando por entre sus páginas, aspirando un suave aroma que, sin embargo, penetra en nuestro interior y pasa a formar parte de nuestro almacén de historias bien contadas. 


La obra de Virginia Woolf es más corta que la de Austen y, además, desde el principio se reconoció a sí misma y fue reconocida como una escritora. "La señora Dalloway" de 1925, "Al faro" de 1927, "Orlando"de 1928 y "Las olas" de 1931, son historias en las que se advierte un tiempo narrativo propio y distinto, un uso de los espacios y de la cronología plagados de perspectivas nuevas y una expresión personal de lo que significa el universo femenino, que, al fin y al cabo, construye. En el ensayo que hemos citado al principio "Una habitación propia" de 1932, habla de las escritoras y traza un dibujo implacable de los inconvenientes que la mujer literata ha padecido siempre, simbolizando en esa "habitación propia", ese lugar para escribir sin las interferencias del mundo exterior, la máxima aspiración para quien tiene en la literatura una tarea que realizar. 

Jane Austen no tuvo nunca una habitación propia. Lo más que consiguió, en la última etapa de su vida, fue escribir en el salón de la casa y que nadie la molestara durante sus horas de escritura. Pero, para ello, hubo que transitar un larguísimo camino. Un camino que se inició en 1775 cuando vino al mundo en una familia culta pero de pobres recursos económicos, de ocho hijos, de los que ella fue la séptima. Una familia perteneciente a la baja aristocracia rural, lo que se llamaba la "gentry". Su paso por dos internados no fue demasiado exitoso pero da a entender la preocupación cultural que tenía su familia. Su educación en casa estuvo basada en la consulta y lectura de la biblioteca familiar, que ella devoraba y que podía manejar a su antojo, con permiso de su padre, advertido muy pronto de su gran inteligencia. Esa inteligencia, ese dominio temprano de la escritura, de la observación de los personajes y ambientes, esa forma de ver la vida a través de la palabra, se puso de manifiesto en seguida, pues entre 1787 y 1793 escribió varias obras juveniles que se conservaban en tres cuadernos, publicadas luego en el siglo XX. Son "La historia de Inglaterra", "Amor y amista", "El castillo Lesley", "Catherine o el cenador". Sus ocupaciones eran, además, las propias de las jóvenes de su edad y sus aficiones más entusiastas eran bailar y charlar con las amigas a las que visitaban con frecuencia. La visita era el momento social más extendido y el baile la máxima aspiración de cualquier muchacha. Ambas costumbres se aprecian de forma clara en sus novelas. 


Jane Austen tuvo un amor de juventud muy apasionado, un joven irlandés que estudiaba Leyes. El joven correspondía a su amor, pero se impuso el cerebro de las familias y,dado que no había medios económicos para subsistir por parte de ninguno de los dos, el chico se marchó y no hubo más. Se llamaba Tom Lefroy. Sabemos también que tuvo una proposición matrimonial. por parte de Harris Biggs-Wither, hermano de unas amigas. Aunque, en un primer momento, la aceptó, luego lo pensó bien y le dijo que no. Era un buen partido pero, al parecer, un hombre poco dotado intelectualmente, lo que es probable que fuera un completo impedimento para ella.

Las tres primeras novelas de Austen las escribió en este orden: "Sentido y sensibilidad", llamada en su origen "Elinor y Marianne"; "Orgullo y prejuicio", de título inicial "Primeras impresiones" y "La abadía de Northanger", a la que primero llamó "Susan". Ninguna de las tres novelas fue aceptada en sus intentos de publicación. De esa forma, con tres novelas acabadas, la familia se mudó a Bath, en 1799 y allí, al cambiar de ambiente y de lugar de residencia, la pluma de Austen se paró, se durmió por un tiempo, y durante seis años no pudo escribir nada. Eso ocurre algunas veces, las palabras, como pájaros en nido ajeno, se marchan y vuelven de improviso.

Cuando el padre de Austen murió, su madre y las dos hijas, ella y su hermana Cassandra, quedaron desasistidas económicamente, como solía ocurrir a muchas familias en la rama femenina y como ella misma cuenta en sus libros. Estas dificultades las hicieron andar de un lado para otro, en casa de parientes diversos hasta que, por fin, en el año 1809 se asentaron en Chawton Cottage las tres mujeres, más una amiga, Martha Lloyd. Podemos decir que este es el hogar definitivo de Jane Austen.

Por fin, en 1811, recuperado el ritmo de la escritura en esta casa, logró publicar "Sentido y sensibilidad", aunque los gastos corrieron a su cargo. Tampoco aparecía su nombre en la novela, que estaba firmada como "Una dama". Dos años después, en 1813, se publica "Orgullo y prejuicio" y la firma decía "Por la autora de Sentido y sensibilidad". El resto de novelas se fueron publicando en los siguientes años. En 1814 "Mansfield Park", en 1815 "Emma". La primera novela que publicó con su nombre fue a título póstumo, "Persuasión", en 1817 y, también en este año, "La abadía de Northanger". La novela "Sanditon" quedó inacabada el día de su muerte, el 18 de julio de 1817.

Aparte de la vindicación que hace Virginia Woolf de la obra de Jane Austen, hablando de ella en términos desconocidos hasta entonces, me interesa destacar la diferencia tan abrumadora que existe entre ambas escritoras, tanto en su postura como tales, como en algunos aspectos que son esclarecedores. El hecho de que Jane Austen no firmara las obras con su nombre no era un capricho, sino una imposición de la época. Esta limitación, por supuesto, no existió para Woolf y quizá por ello mismo estaba tan sensibilizada con la situación de las mujeres escritoras. 

La escritura, la literatura, para las mujeres, yo diría también que todas las manifestaciones artísticas, han sido tomadas, hasta no hace demasiado tiempo, como hobbies, como ocupaciones añadidas a su papel de madre, esposa, ama de casa. Esto no es una exageración y puede observarse con detalle hasta entrado el siglo XX. Casos en los que los maridos firman los manuscritos, artistas que se convierten en musas de su amante o marido y dejan de lado su obra. En no pocas ocasiones son las mismas mujeres las que se autolimitan, pero esto quizá no haya que achacárselo a ellas, sino a una situación que estaba preestablecida y que tenía pocas salidas. 

domingo, 12 de octubre de 2014

¿Amigas?

En la película “Carta a tres esposas“, tres amigas sufren lo indecible ante el anuncio de que uno de sus maridos se ha marchado con otra amiga, con la cuarta amiga de la historia, que no aparece nunca en escena pero que las tiene a todas de los nervios. En “Eva al desnudo“ la íntima amiga y protegida de Eva termina por dejarla en la estacada, por usurparle su sitio, aunque, claro está, la justicia divina no permitirá que se vaya de rositas y, al final de la película, ya está haciendo su aparición esa otra amiga que le hará la misma jugada a ella. El tema de las amigas que no lo son tanto, que, en realidad, sienten envidia o resentimiento contra la que definen como su amiga del alma, no es nuevo, existe en el cine, en la literatura y en la realidad. 
Ahora que hablamos en confianza podía contaros algunos ejemplos vividos en primera persona. Por desgracia, soy experta en “amigas“ de esta clase. Quizá por eso siempre he preferido tener amigos, con los que la cosa fluye mucho mejor y no hay tantas zarandajas ni zancadillas. Una de esas amigas, cuyo nombre empieza por M. era un auténtico peligro. Tergiversaba las conversaciones, inventaba opiniones que no existían, contaba chismes que hacían daño a todos, te enemistaba con la gente, nunca tenía ninguna opinión buena sobre ti, sino todo lo contrario. Un auténtico problema. El caso se arregló cuando tuve que cambiar de centro de estudios para seguir estudiando. Procuré ir por mi lado y me fue mejor a partir de entonces sin tener nada que ver con ella. 
Tuve también otro caso singular con respecto a esto que hablamos. Una amiga que quería ser única. Si coincidía en que tenía igual que tú unas medias o un vestido o un bolso, hacía todo lo posible por destrozarlo y así no tener que usar nada similar. Ni que decir tiene que se llevó unas cuántas broncas de su madre. En este caso, la vida nos separó sin más. No la eché de menos. 
Hubo una amiga que era todo lo contrario. A pesar de que tenía de todo y mucho más caro que lo mío siempre se encaprichaba de las cosas que a mí me gustaban y que poseía. Fuera lo que fuera ella tenía que imitarlo, de manera que entraba en una carrera peligrosa por ser igual en todos los aspectos, como si las personas pudieran replicarse. 
En otro caso, existió quien andaba a la búsqueda de pareja y mira por dónde tu chico era el ideal para ella. También, y este es un caso que se suele repetir, quien conoce a tus amigos y se apunta a tus planes pero guarda celosamente sus propias amistades y sus propios planes, pues no quiere pensar que los conozcas o que alternes con ellos. 
En fin, mi madre me decía con total acierto e inteligencia que las amigas tenían que ser guapas y listas, que las mediocres y feas te daban o bien la entrada o bien la salida. No le he hecho siempre caso y así ha resultado la cosa. 
Eso no quiere decir que no haya algunas amigas amables, cariñosas, desprendidas, generosas, claro que sí, las hay...pero también existe lo otro, así que no dejéis de mirar a vuestro alrededor, pueden arruinaros la vida con total tranquilidad. 
Por todo esto y por mil cosas más, sigo prefiriendo a los chicos. Qué se le va a hacer. No recuerdo a ningún amigo que me la haya jugado.


sábado, 27 de septiembre de 2014

Jazmines en otoño

Jazmines. No en el pelo, columpiándose en una canción de ida y vuelta. No adornando el rostro de una chica, que camina sola en esta mañana de sábado. No sobre la mesilla de noche, en un pequeño recipiente de cristal para que perfume la habitación en la que se susurran palabras de amor. No en el porche, para ahuyentar con su olor denso y penetrante a los mosquitos. Tampoco en una moña que vende con desgana ese chico tan joven con aspecto de no entender casi nada de la vida.


No.
En el suelo.

Los jazmines en otoño caen al suelo, vencidos por la fuerza del viento sur, por la urgencia de la lluvia que cae de forma intermitente y que, cuando se aleja, convierte el pavimento en un rosario de miguitas de pan, a base de jazmines que vuelan y lo alfombran. Cualquier cuento de hadas podría escribirse entre estos jazmines, cualquier detective sumaría a sus pruebas estas huellas blancas y ligeras que se desparraman por toda la acera en este día de otoño.

Jazmines en el suelo. En otoño. El otoño, ese tiempo inseguro tan lleno de contrastes. Jazmines en el suelo.

Metáfora, quizá, de esta estación que ya no es lo que era, que ya no luce igual, que no indica lo mismo. Una estación que se transforma con el paso del tiempo, con el eco del día que se escribe distinto. Jazmines en un otoño nuevo, anunciando las cosas que vendrán y que tú no conoces, porque nada del porvenir parece interesarte. Este presente de flores deshojadas, de flores arrastradas por el suelo, de flores que desprenden el olor de la duda...Este presente de inciertas ilusiones...

Cuando elevas los ojos, sin embargo, ves cómo el árbol ha seguido creciendo y, contra todo, y a pesar de todo, renueva su esperanza y es la misma que sientes tú fluir por todas partes, como signos que no hay que ignorar, sino advertir; como advertencias que hay que considerar, pues no es lo mismo vivir sin esperanza que vivir.

Jazmines en otoño. Alados, blancos, firmes, abandonadas huellas. Testigos mudos. Testigos de cargo de tantas ilusiones. Jazmines a modo de señal. A modo de esperanza. Por qué no. Todo es posible. En esta ciudad mágica, en este tiempo nuevo, en este florecer tardío del árbol que los viste...