jueves, 28 de noviembre de 2013

Palabras que se escapan

Lo cuenta la escritora Rosa Montero: a la muerte de su marido estuvo tres años sin poder escribir. Las palabras huyeron. La entiendo. Esa huída de las palabras a veces tiene que ver con la escritura y otras veces con la lectura. Dura más o menos pero siempre es dolorosa. Cuando las palabras son tu medio de expresión es terrible que desaparezcan cuando más necesitas expresarte. Existe también, en el duelo, la imposibilidad de leer. Sobre todo cuando la lectura ha sido un firme asidero durante los meses en los que la enfermedad ha cercado la vida. Tras la pérdida, parece que la lectura, al menos la lectura de libros, la mas honda, fuera un recuerdo permanente de momentos difíciles. Muy duro todo. Para mi han vuelto las palabras, pero los libros aún no. Merodeo por los ejemplares, busco las novedades, miro mis libros favoritos, pero no he podido sentarme a leer en estos meses.
(Imagen: Obra de Miki Leal)

miércoles, 20 de noviembre de 2013

Niños

Dalida, Angelita, Antonia, Andrea...
Rosamari, Ramón, Miriam, Ezequiel, Desirée, Vicente, Sara...
Patricia, Nicolás, Javier...
Isa, Paqui, Josemari, Francisco, Juanma, Gracia, Rafael, Gregorio, Marypaz, Mónica, Mariajosé, Antonio...
Caty, Tere, Carmelita, Manoli, Charito, Lolo, Mili, David, Salvador...
Paqui, Loli, Mame, Enrique, Manolín, Antoñete, Purichi, Loida, Fina...


domingo, 17 de noviembre de 2013

El cartero siempre llamaba...las veces que hiciera falta

Eso es. El cartero llegaba siempre a mi calle en torno al mediodía, un poco antes de almorzar. Venía con su uniforme, gris según creo recordar, y su gran bolsa al hombro. No existían los carritos ni nada parecido. El cartero traía todo tipo de cartas, porque, en realidad, ese era el medio de comunicación que más se usaba. Los telegramas eran cosa excepcional y el teléfono lo mismo.
 
Así que las cartas lo eran todo, eran la ventana al mundo, el lazo con el exterior. Junto con las conversaciones en las casas, los patios o la calle, las cartas eran el medio de comunicación por excelencia. A mi casa llegaban cartas del banco, de familiares y amigos. Avisos. Comunicaciones. Yo tenía mucha correspondencia siempre. Cartas de amigos que estudiaban fuera, cartas de amigas. De alumnas, cuando llegó el momento. De pretendientes. De novios (mejor dicho, de novio).
 
Llegaban las cartas de los primos que vivían lejos, desde Barcelona, Madrid o La Carolina. Las cartas de las niñas de Chiclana, de Ronda, de Ceuta. Las cartas de Chipiona. Los christmas de Navidad, muchos, muchísimos. Las fotos enviadas por carta. Llegaban las cartas de los amigos, del amigo, que estudiaba Económicas en Madrid, con toda la información de la movida de los estudiantes y de los líos de la universidad, tan raros para nosotros. Las cartas pormenorizadas de las amigas, que contaban todos sus amores, con detalle. Las cartas del viaje a Galicia. Las cartas de Valdecaballeros. Muchas cartas. A todas las contestaba y era otro rito, el de ir a echar la carta a Correos. Durante mucho tiempo, cuando no tenía plan de salir con nadie porque mis amigos estaban en otra ciudad, echar la carta a Correos era la única forma de dar una vuelta y tener una excusa para andar por ahí.
 
El cartero conocía perfectamente a todos los vecinos de la calle. Sus nombres, sus direcciones, quiénes eran sus hijos, cómo eran las familias. En una ocasión me llegó una carta solamente con el nombre y la calle. Ni apellidos, ni número de casa. Es verdad que, en mi calle, no había nadie más que llevara mi nombre. Pero también lo que es que, el cartero, Salvador se llamaba, lo sabía todo de todos.
 
Conservo muchas de esas cartas. Están atadas con cintas de colores, ordenadas por remitentes y guardadas en cajas de cartón o de lata. Ahora, escribir cartas, se considera un anacronismo. Pero no debe preocuparnos. En realidad, seguimos escribiendo. En los blogs, por ejemplo. En las redes sociales, en los mensajes del móvil. Es verdad que se escribe muy mal y muy rápido. Es verdad que no hablamos de largas misivas, sino de lo justo, lo necesario para lanzar la idea, para quedar, para aclarar, para definir...Pero es cosa de la comunicación, es lo que hay.
 
A mí me gusta escribir mensajes por el correo electrónico. Escribirlos bien con todas las letras. Explicar bien el asunto, empezar por el saludo, acabar igual, lo que son los requisitos de una carta. Si todos lo hiciéramos así, no echaríamos tanto de menos las cartas de papel. Y además, ahora llegan de inmediato, no hay que esperar unos días y no se pierden en los buzones. El caso es contar cosas, explicarse, estar en contacto con los demás.
 
Pero lo del cartero tenía un gran encanto. Ahora no les ves el pelo. Vienen a la casa escasamente, pues hasta lo del banco lo tenemos ya resuelto por Internet y te dejan siempre un aviso de recogida, nunca te pillan. Reconversión del oficio de cartero se llama esto.


martes, 12 de noviembre de 2013

La mujer que pasea con el niño

La mujer tiene treinta y tantos años. Su piel morena, con ese tono dorado de los países del Caribe, luce esplendorosa. Lleva siempre los labios pintados de rojo, el pelo muy largo y de color caoba, los ojos muy grandes y reidores. Va sobre tacones muy altos, con vaqueros ajustados, camisetas con letreros y cazadoras rockeras. Cualquiera que la vea puede pensar que es una persona feliz, con una vida feliz y sin preocupaciones. 
Pero la mujer no va sola cuando pasea por las calles del pueblo, de este pueblo cercano a la capital, lleno de nuevas urbanizaciones, de edificios nuevos, de amplias carreteras por donde la gente hace footing. Nunca va sola. Lleva, con movimiento airoso y decidido, un carrito. No un carrito de bebé. Un carrito de niño. Un carrito diferente, rojo intenso. En el carrito va su hijo. Tiene ocho años y la piel más oscura, rizos, una cara risueña casi siempre. Tiene parálisis cerebral. No anda, seguramente nunca andará. Apenas habla. Oye mal. 
La madre y el hijo pasean todas las tardes. Recorren el pueblo sin descanso, una tarde y otra. Se asoman a los parques, donde hay otros niños jugando. Recorren las aceras, siempre con ese movimiento acompasado del carrito, la madre llevando en bandolera su gran bolso, con el móvil, la agenda y otros artilugios. Pasean en el buen tiempo y también cuando hace frío, aprovechando los rescoldos del sol y la ausencia de lluvia. La madre dice que su hijo tiene que salir a la calle, recibir la luz del día, conocer el bullicio. Dice que se extraña que haya tan pocos niños como el suyo en la calle. Se pregunta donde están, si es que la gente no los guarda allá en su casa, para evitar que sufran o para evitar sufrir.
Ella va sola siempre. Siempre va con su hijo. No hay marido. El marido está en otro país, en otro continente, seguramente acompañado. El marido es una presencia lejana, que a veces llega y trae muchos regalos, algunos de ellos poco prácticos, pero que al niño le entusiasman. Por ejemplo, instrumentos musicales, cosas que hacen ruido, aparatos para oír música. 
Ella suele sonreír cuando habla de su hijo. Dice que es un niño feliz, que se levanta riendo, que disfruta de las cosas que la vida ha puesto a su alcance. Cuenta que se levanta contento, que sale del colegio contento y que ella le cuenta muchas cosas, como si todas las entendiera, como si hacerlo partícipe de todo aliviara su soledad trasatlántica, porque toda su familia está al otro lado del océano. Ella misma parece optimista, cuenta con agrado los pequeños logros que su hijo consigue y que, quizás, están solamente en su imaginación de madre, en su deseo de madre, en su amor de madre que lucha no sólo por su hijo, sino por otras personas que tienen problemas, situaciones difíciles, desde una asociación que ocupa parte de su tiempo. 
Los veo a lo lejos, paseando, y me inspiran ternura. Es una lucha sorda y permanente. Ella, con su pelo rojizo con reflejos dorados, sus labios rojos, sus ojos reidores. El niño, en su carrito. Todas las tardes de todos los días. Todos los días de todo el  tiempo. Siempre. 

domingo, 10 de noviembre de 2013

Cernuda, 1963

Recuerdo algunas cosas de 1963, pero desde luego nada en aquel año me habló de Cernuda. En mi calle nadie habló de él, ni en mi colegio. Nadie me contó que en ese año había muerto, un día cualquiera de ese año. Muy lejos, además. Los primeros poetas que conocí venían en los libros de lengua y literatura del instituto. Los primeros poemas, los del colegio, eran de Amado Nervo y de Nicolás Guillén. Cuando tuve posibilidad de elegir, profundicé en Miguel Hernández. Sin lugar a dudas fue el poeta de mi adolescencia, del que lo leí todo, incluidas biografías y ensayos sobre su vida y su obra.
Lo de Cernuda vino más tarde, mucho después. Después de Lorca, de Machado, de Altolaguirre incluso. Bastante después. Pero cuando lo conocí, quise conocerlo más y así he leído todo lo suyo y su poesía la siento muy cercana y también su desengaño, su escaso sentimiento de pertenencia a los sitios, su carácter agrio y su timidez asustada.
Ahora me parece que la poesía de Cernuda es una alta cumbre a la que hay que llegar muy despacio y pensándolo bien. Si quieres conocerlo mejor, puedes leer la biografía en dos tomos que escribió el también poeta sevillano Antonio Rivero Taravillo. Inmejorable labor de divulgación del verdadero Cernuda la que hace este escritor.