martes, 30 de julio de 2013

Triana la otra orilla del flamenco. 1740-1931



El barrio de Triana en Sevilla es un universo plagado de interés para propios y extraños. Pocas veces hay un espacio físico que concite tanto interés literario y de todo tipo. Triana es, también, una forma de vida que ha sobrevivido en muchos aspectos a través de los siglos. Interesa por tanto, mucho, conocer los detalles de ese micromundo que, para muchos, entre los que me incluyo, es algo más que un lugar para vivir o para disfrutar. Por eso, la literatura sobre Triana despierta siempre un interés que resulta lógico entender, a la luz de lo que estamos exponiendo.
El autor del libro, Ángel Vela Nieto (Triana, Sevilla, 1944) tiene en su haber un número importante de libros de temática trianerista, contribuyendo con ellos al bibliotrianerismo de una forma considerable. En esta ocasión, su acercamiento al conocimiento del arrabal lo realiza a través del arte flamenco, una manifestación artística muy ligada al barrio en todas sus manifestaciones, tanto vivenciales, como artísticas, culturales, musicables o biográficas. El libro se presenta en edición de lujo, portada de pasta dura y sobrecubierta conteniendo la reproducción de una obra del reconocido pintor Juan Valdés. Diseño clásico para una obra que contiene, además, gran número de fotografías, dibujos y reproducciones que pueden ser de interés para los lectores. Ediciones Giralda (cuyo editor es Francisco Javier Sosa) como en otras ocasiones se ha encargado de la publicación del libro que tuvo una presentación multitudinaria en los prolegómenos de esta pasada Velá del 2013.

El libro se inicia con tres citas, correspondientes a tres artistas del flamenco: Juan Talega, Antonio Mairena y Manolo Caracol. El elemento común a las tres citas, es, lógicamente, Triana. Asimismo, lleva un prólogo a cargo del estudioso Antonio Reina. Más que un prólogo diríamos que es una presentación con una fuerte carga de amistad y apoyo al trabajo que el autor realiza. El verdadero prólogo está en el primer capítulo del libro y lo realiza su autor. Este primer capítulo expone las intenciones de la obra y sirve de pórtico a la misma. A partir de ahí, cuatro capítulos orientados con orden cronológico en un espacio temporal que abarca desde 1740 a 1931 y otros tres capítulos de distinto signo: uno dedicado a artistas a los que denomina “Nombres aparte”, otro en el que las letras del cante hablan de Triana “Echemos un cante” y uno último de referencias bibliográficas.
Los primeros sesenta años de este recorrido los enmarca Ángel Vela en lo que él mismo denomina la “prehistoria” y ocupa desde 1740 hasta 1800. En este capítulo se recogen sucedidos, referencias y comentarios acerca del barrio, su población, ocupaciones, escenarios, artistas y manifestaciones culturales de distinto signo. En los tres capítulos siguientes bautizados estrictamente con el epígrafe cronológico de los años que lo componen, desgrana el autor la noticia de artistas diversos, algunos trianeros, otros no, que forman parte de ese mosaico multicolor que compone el flamenco en Triana. En ese recorrido se insertan también lugares, espacios, acontecimientos y referencias bibliográficas de estudiosos que han incluido a Triana en sus libros sobre flamenco, dando carta de autoridad, por tanto, a aquellos que se han antecedido en la tarea de encontrar el hilo conductor del cante. Por supuesto que muchos de los artistas que ahí aparecen referidos no han nacido en Triana (ni en Sevilla, tampoco) pero su inclusión obedece, según parece desprenderse del curso del libro, de que han tenido un papel en esa conformación del cante en Triana, tanto de forma presencial, vivencial, aportando sus conocimientos al modelado de los cantes o con algún tipo de relación con el barrio. Lo que resulta lógico, desde luego, si atendemos a que los límites del arte, en cuanto a escuelas y modelos, no tienen que ver, estrictamente, con la nacencia, la biografía o el origen geográfico.

Mención aparte merecen las ilustraciones del libro, que, al tratarse de una edición de lujo, son profusas y variadas. Estas ilustraciones se refieren a personajes, lugares, obras plásticas y todo aquello que el autor ha considerado que puede añadir una explicación más clara a lo que se está exponiendo. Tenemos constancia de que una de las facetas de Ángel Vela es la recopilación de testimonios gráficos y el comentario de los mismos, algo que hacía con verdadera delicadeza y sensibilidad en la revista “Sevilla Flamenca” en una sección propia.
El libro está escrito con el estilo de su autor, conciso, sencillo y correcto, alejado de florituras innecesarias. En él expresa su punto de vista y su opinión sobre el papel cenital que Triana tuvo en la génesis y desarrollo del flamenco. Ese punto de vista se ofrece sin estridencias y sin ánimo de polémica, como suele hacer el autor, aunque, evidentemente, habrá posturas diversas y el debate puede enriquecer el contenido del libro siempre que se realice con respeto, conocimiento y partiendo de lo que el autor cuenta en realidad, lo que no es posible hacer sin una lectura atenta y pormenorizada.

Aquellos trianeros que quieran ahondar en el conocimiento de su barrio, incluyendo aquí a los trianeros de corazón, pueden pasearse por sus páginas y conocer detalles que les resultarán de interés. Por eso, puede considerarse un libro de consulta, al que se vuelve con tranquilidad sin que el hilo conductor pueda verse afectado. También puede servir para el debate, puesto que todo lo que al flamenco atañe se desenvuelve siempre en una nebulosa científica que propicia el desacuerdo. Si ese desacuerdo se gestiona bien, no hay problemas pues la dialéctica es una forma de confrontar opiniones y posturas muy enriquecedora. Llamar la atención, en ese siempre abierto tema de los orígenes y los lugares fundacionales del flamenco, sobre el papel desempeñado por Triana, es otro de los objetivos del libro, que creemos cumple con creces.

Hay que saludar siempre con agrado los intentos editoriales de dedicar libros a temas tan concretos y, a la vez, con tantos matices de universalidad, pues al fin, la historia misma está llena de historias parciales y todas ellas contribuyen al gran conocimiento de lo que somos y de lo que hemos sido.

domingo, 28 de julio de 2013

Triana, tu nombre

Esos cuatro puntalitos que sostienen a Triana
San Jacinto, los Remedios, la O y señá Sant'Ana.



La Soleá de Triana delimita un espacio geográfico y sentimental. Terminan hoy los días grandes de Triana aunque esto es un decir. Porque Triana basa su grandeza en que su medida es puramente humana. Difícil acotar su significado para aquellos que no han tenido su vivencia cotidiana. Perdurable su huella para aquellos que, en algún momento de su vida, tuvieron la oportunidad de formar parte de su paisaje. Aunque sólo sea porque aquí los ritos se aprenden de forma intuitiva. O porque es un barrio asomado a un mar que no lo baña. O porque su historia muestra gestas fuera de la propaganda. O porque los naturales se confunden con los que eligieron este sitio para vivir. O porque es el espacio lógico hacia el que se asoma al Aljarafe. O porque es la forma más genuina de vivir Cádiz en Sevilla...En realidad, Triana es una isla que el paso de los siglos ha ido anudando, con puentes y caminos, a la gran Sevilla y al floreciente Aljarafe. Durante mucho tiempo fue lugar de pao y de recepción de los frutos del mar y de la tierra, de ahí su curiosa dualidad: sembrada de huertas y anclada junto a un río navegable que conduce a la mar océana. Los lazos con Cádiz con muy fuertes y evidentes porque el río es un camino de ida y vuelta que alentó el tránsito de personas y mercancías. Triana conserva por eso ese aire decadente de los puertos de mar, esa melancolía producto de tener en su ADN las huellas ciertas de gente de da condición. En los años de la reivindicación, ese novecientos proclive a pronunciarse, Triana quiso hacer valer su condición de arrabal alejado de los adelantos de la moderna civilización y el gobierno de la ciudad hubo de reconocer que el barrio era diferente a los otros también en esto.
Cuando todavía se discute donde nace el flamenco hay que reconocer que, en Sevilla, este arte tiene dos caras, anverso y reverso de una misma moneda: Alameda y Triana.



miércoles, 24 de julio de 2013

Paseo entre libros en una mañana de verano

Una de las cosas que más me satisfacen es ir "de librerías". Pasear por esas calles comerciales en las que hay dos o tres establecimientos en los que sabes que vas a encontrar los libros con que has estado soñando desde hace días, algunos de los cuales te han interesado por su título, por sus autores, por la historia que cuentan o por una especia de intuición inexplicable. 
Así que esta mañana he tenido ocasión de recorrer la calle Asunción y, dentro de ella, visitar la librería Beta, que es un sitio encantador en el que hay tantos libros nuevos como de toda la vida. Mi hijo y yo nos hemos separado al entrar allí. Él, en esta ocasión, no se ha decantado por libros de filosofía, economía, historia o clásicos griegos y romanos. En esta ocasión ha ido a buscar obras de un autor que le gusta muchísimo y que a mí también me gusta: Dashiell Hammet. Dos libros de Dash se ha comprado y ha estado a punto de comprar un tercero, pero le advertí entonces que no lo hiciera, porque ya estaba en casa. Sí he aprovechado para recomendarle que vea la película que se hizo de este último "El halcón maltés" y le he hablado de Lillian Hellman, la compañera de Hammet, así como de sus obras, de sus guiones y también de la "caza de brujas", aunque tengo que reconocer que de historia sabe ya más que yo, al menos sus conocimientos están más frescos y todo lo que tiene que ver con Estados Unidos lo domina a la perfección. También le he comentado que, en casa, tenemos una biografía de Dashiell Hammet que compré hace años y que le interesará para conocer un poco la intrahistoria de aquellos personajes. 
Por mi parte he disfrutado al encontrarme con libros que venía barruntando hacía tiempo. He comprado "La solterona", de Edith Wharton, publicada por Impedimenta. También, de esta misma editorial, "Inocencia" de Penélope Fitzgerald, de la que he leído otros libros y que me gusta mucho. Asimismo, he comprado un libro de Maggie O`Farrell, que es una autora contemporánea que me resultó atrayendo cuando leí su anterior libro, "La extraña desaparición de Esme Lennox", algo impresionante. El de ahora se titula "Instrucciones para una ola de calor" y, como el anterior, lo publica Salamandra. 
He pasado un rato estupendo, dando vueltas por la librería, comprando libros y comentando los libros que ambos hemos adquirido con mi hijo. Una de las cosas que más felicidad me producen es ver cómo él va llegando a leer las cosas que yo he leído, incluso que se crea su propia biblioteca, con su personal gusto y forma de ver el mundo. Esto es crecer y madurar. Algo en lo que sus padres hemos tenido algo que ver, espero. 
 

Y una apostilla: he leído "La solterona" entre ayer y hoy. Es una nouvelle maravillosa. Me ha gustado muchísimo. Te la recomiendo.

 

sábado, 20 de julio de 2013

Una escuela llamada Soledad...



La escuela tenía solamente cuatro aulas. Era, pues, una escuela muy pequeña, la escuela más pequeña que he conocido nunca. Las aulas estaban situadas dos a dos, unas orientadas al norte y otras al sur. En medio de ellas, unos pequeños cuartitos indicaban los aseos. La escuela era tan pequeña que no tenía sala de reuniones, ni de reprografía, ni despachos, ni nada, nada salvo esas cuatro aulitas, enfrentadas entre sí, unas al norte y otras al sur.

 Era esa orientación la que las diferenciaba. Las aulas que daban al sur eran muy alegres, pues recibían la luz del sol de forma respetuosa y placentera, menos, en los meses de calor y mucho más en los de invierno. La humedad se evaporaba como por arte de magia en sus paredes cuando recibían los clamorosos rayos y el aire del viento sur, lluvioso pero cálido. En cambio, las aulitas del norte eran sombrías, tenían siempre una pátina de oscuridad y tristeza, porque el sol pasaba de largo y sólo recibían el influjo de los vientos pesados del norte, los más fríos y racheados.

         La escuela estaba en el centro de una plaza. Era una plaza rectangular y elevada, a la que se accedía desde las calles circundantes subiendo unas escaleras que estaban en las esquinas. Las casas, de una sola planta, blancas, humildes e irregulares, rodeaban la escuela a todo lo largo del perímetro de la plaza. Ésta tenía un nombre poético: Plaza de la Soledad, y así se llamaba también la escuela, que no tenía un nombre propio sino el de la plaza, porque era como todos la conocían. Los niños decían “voy a la Soledad y todos entendían allí que era uno de los niños que tenían su aula en la pequeña escuela. Eran niños pequeños porque sólo había tres niveles de primaria y estaban mezclados los niños y las niñas, cosa extraña y única en el pueblo, porque esta escuela era diferente a las otras.

         La escuela era de color blanco, un blanco de cal, con protuberancias y raspaduras, lleno de huecos que se habían rellenado de forma manual, con unos desconchones más grises y unos zócalos de ladrillo oscuro. Tenía unas ventanas anchas y alargadas, de madera casi negra y no disponía de persianas. Por eso las maestras cosieron aquel año unas cortinas rojas y blancas, de cuadritos, muy parecidas a los babis que llevaban algunas de las niñas, con tela de retales que compraron en el mercadillo. Las cortinas hicieron que las aulas parecieran casas y que la escuela semejara un pequeño hotel, casi un hogar, donde pasaban lentas las horas y donde siempre había un leve murmullo acompasado.

          En la escuela había tres maestras y un maestro. El maestro era un joven de treinta años, con el pelo oscuro y los ojos verdes, muy guapo y entusiasta. Las maestras eran casi unas niñas, todas recién terminadas, sin llegar siquiera a los veinte años. Una de ellas tenía el pelo muy negro y lacio; otra, una melena castaña y rizada; la tercera, por fin, tenía el pelo claro, casi rubio, ondulado y suave. La maestra del cabello castaño era gallega y mezclaba las palabras en los dos idiomas, trazando en la pizarra palabras que los niños no conocían al principio, aunque luego llegaron a entenderlas, palabras de su tierra natal, recuerdos nostálgicos de otros lugares más verdes, más lluviosos, de escenas de su infancia y de su familia. Quería volver a Galicia y suspiraba por estar en sus inviernos, protestando del sol y de la intensidad del calor de las mañanas del otoño en la escuela. Tenía las uñas muy largas y el rostro anguloso, con unos ojos claros y quietos que veían más allá del sinuoso marco de la carretera que llevaba a la plaza y a la escuela que había en ella.

 Otra de las maestras estaba a punto de casarse. Todas las tardes repasaba durante el pequeño recreo las cosas que aún le faltaban por comprar, los detalles del ajuar, del piso, comentando las pequeñas obras que hacía, el encargo del convite y de los vestidos de novia, las cartas que recibía de su prometido y las peleas familiares por mil y un conflictos que surgían todos los días en la preparación del matrimonio. Ese era su tema de conversación casi diario y las otras maestras la miraban en silencio sin entender casi nada de su preocupación y sus desvelos, pues ninguna de ellas veía que casarse formara parte de sus vidas en ese momento.

           La tercera maestra era más joven que las otras y tenía más entusiasmo, más ilusión por enseñar. Tenía la suerte de saber que eso era lo que quería hacer (algo que muchos maestros no logran sentir nunca) y preparaba cuidadosamente cada día los rincones, las fichas, los archivadores, los pupitres y lápices. Usaba un cuaderno en el que anotaba las cosas de cada día, un diario de clase de tapas duras y rojas en el que reflejaba el trabajo, las compras, los progresos, las ideas que se le ocurrían conforme iban pasando las horas. Las horas se unían unas a otras formando días. Los días se sucedían y estaban llenos de tareas, pero ninguna parecía igual a otra, porque todas tenían su secreto y en ellas siempre florecía algún niño, alguien que descubría, por fin, una pequeña esquina del saber.

 A la escuela llegaban, todos los años, la Navidad y el Carnaval. El mes de diciembre era la antesala de las dichas y todos preparaban con esmero las aulas para recibir la buena noticia. En la esquina se colocaba un nacimiento, hecho con figuritas de plastilina, de papel o de barro, que los propios niños traían y organizaban. Había también tiras de espumillón en los dinteles de las puertas y las ventanas; figuras recortadas colgadas de un hilo en las pizarras; adornos pintados en los cristales con unas plantillas que hacían las maestras con mucho cuidado... Los niños llevaban panderetas y zambombas y todos los días, al final de la jornada, ya en la tarde, se cantaban villancicos antes de que la escuela se quedara sola, muda y sombría. Los últimos días antes de las vacaciones, había funciones de teatro y los niños se vestían de pastores, de vírgenes y santos, recitaban poemas y hacían juegos y carreras en la plaza, en torno a la escuela, porque no había patio de recreo y la plaza era el reino de la escuela.

           Cuando ya había el invierno llegado casi a su fin, amanecía el Carnaval. No había que enseñar la música ni la letra: todos los niños sabían tocar el tambor con un palito hecho por ellos mismos; soplaban con decisión el pito de caña y cantaban estribillos. El Carnaval había sido siempre cosa de todos ellos y en sus casas, las madres hacían disfraces de casi todo: de retales viejos, de restos de telas, de papel, de purpurina, de cartón...El Carnaval llenaba la plaza de animales, flores, palomas, payasos, indios, mosqueteros y hadas. Todas las niñas querían ser hadas y todos los niños querían parecerse a D´Artagnan. Los días anteriores a la fiesta pasaban mucho tiempo pintando caretas y carteles con grandes letras que invitaban a todos a celebrar que, pronto, la primavera acabaría con la tristeza del invierno.

           Uno de esos carnavales, la tercera maestra se enamoró. Vio al maestro con un disfraz de bandido, con el rostro tapado con un antifaz, excepto los ojos. Los ojos eran verdes, verdes y tenían puntillitas de color dorado alrededor de la pupila. Imposible resistirse a esos ojos si una tiene menos de veinte años y todavía no ha recibido ninguna carta de amor. Fue el primer amor para ella y el último verdadero para él, pues, cuando la tercera maestra se marchó, terminó casándose con una guapa muchacha que no llegó a entender nada de sus extrañas aficiones: buscar piedras viejas y hachas de sílex; hacer mapas donde señalar los restos de castillos y haciendas de otros tiempos; coleccionar libros antiguos...

Los niños de la escuela eran felices. Todo el mundo lo notaba y lo entendía como algo natural. El motivo de su felicidad es muy difícil de describir, a pesar de todo. Fueron sólo unos años pero les sirvió para siempre: rellenaron el vacío y la pobreza con versos de poetas que leían hora tras hora; guardaron en su interior las muchas tardes de canciones y de risas; conservaron en su memoria las imágenes de las maestras y los ojos verdes del maestro, siempre risueños. Son muchos tesoros, desde luego, suficientes para quiénes no habían tenido nada de eso antes y no volverían a tenerlo jamás. Pero hay ciertas cosas que, una vez poseídas, duran toda la vida.

jueves, 18 de julio de 2013

Algo más que enseñar


La historia de la didáctica del flamenco tiene enhebrados numerosos nombres de maestros y profesores que, desde hace años, han considerado que valía la pena esforzarse por transmitir el flamenco a los alumnos. A partir de los años ochenta, al menos, esa larga lista ha sido la forjadora de una manera de acercarse a este arte desde la escuela, utilizando una metodología interdisciplinar y haciendo del flamenco algo cercano para los jóvenes y niños. Estos profesores han arrojado claridad en un territorio marcado, en ocasiones, por los matices oscuros; han abierto caminos de conocimiento en un marasmo de leyendas, tópicos y mitos sin demostrar. Su labor ha de ser reconocida y, como en todo profesional de la enseñanza, ese reconocimiento ha de venir de parte de sus propios alumnos, que han adquirido un bagaje difícilmente comparable: para ellos el flamenco no será nunca algo ajeno, sino que lo sentirán unido al desarrollo de su infancia y su adolescencia.

 Entre esos nombres, además, hay algunos que destacan por su polivalencia. Son personas que, a la par que profesores, son también artistas, autores de letras, compositores, gestores, escritores, realizando así una doble tarea y aportando un extraordinario punto de vista sobre este arte. Se trata, así, de ver el flamenco desde dentro, mostrando no sólo los datos, las ideas, las posiciones, los contenidos, sino también, participando en el quehacer del tejido flamenco que día a día se va llenando de expresiones distintas.

 El primer nombre que se me viene a la cabeza es el de Calixto Sánchez, maestro de escuela (como a él le gusta ser llamado) y cantaor, además de compositor, letrista y, en algunos momentos de su vida, miembro destacado de algunas instituciones que están realizando un esfuerzo en torno a la comprensión del hecho flamenco. Las múltiples facetas de Sánchez no han de oscurecer una de las más entrañables y que ofrece un aspecto poco conocido, quizá, en la actualidad: aquellos lejanos años en los que enseñaba el compás flamenco y algunos secretos de este arte, a los niños que cursaban sus estudios en la Escuela Aneja de Sevilla. Ese papel pionero hizo posible que su ejemplo cundiera y fuera seguido por otros muchos maestros.  A partir de su actuación pudimos llegar a pensar que el flamenco podía, y debía, ser enseñado fuera de los tradiciones focos de imitación.

 El segundo caso que me gustaría citar en este recordatorio necesario es el de Manuel Herrera Rodas que, aunque no es artista, es lo más cercano a uno que existir pueda. Su papel como maestro y director en su pueblo de Los Palacios tuvo en la lucha por que el flamenco llegara a las escuelas un papel absolutamente relevante y a él debe agradecerse mucho de lo que haya podido avanzarse en este campo. Herrera fue co-director de la Revista Sevilla Flamenca, verdadero alma mater de esa añorada publicación y también director de la Bienal de Sevilla. Sin embargo, es en su papel, en el que continúa, de coordinador del Ciclo Conocer el Flamenco de Cajasol (antes, El Monte) como perpetúa su intención didáctica ya que las propuestas que él mismo idea y presenta tienen todas un componente pedagógico y una intención divulgativa que no puede pasarse por alto. Los asiduos de este Ciclo saben que se ha logrado una atractiva simbiosis entre lo nuevo y lo añejo, la tradición y la vanguardia, lo personal y lo universal, todo ello surgido de la mente y el sentir flamenco de Manuel Herrera.

 Otros profesores han ofrecido a sus alumnos, a la par de un conocimiento científico acerca de este arte, la vivencia de su propio latir como autores de composiciones poéticas cercanas al pálpito flamenco e, incluso, de letras de cantes. Dos destacados letristas de flamenco, autores de letras que han cantado una gran cantidad de intérpretes y que se recogen en grabaciones diversas, son también profesores de Lengua y Literatura. Ello aporta una visión autorizada del fenómeno literario del flamenco que hace llegar a los alumnos las formas, los estilos, los cantes, los ecos, de una manera especialmente provechosa. Nos estamos refiriendo a José Cenizo Jiménez, cuyo hacer como crítico de libros (otra de sus facetas) conocen bien los lectores de El Olivo, y a José Luis Rodríguez Ojeda, poliédrico personaje, humanista de pro y dueño de una ingente producción de coplas flamencas que han sido y son cantadas por destacadísimos profesionales. Ambos representan la dualidad entre formación y emoción, pues, a la par que conocen desde dentro los entresijos de la literatura, la poesía, la métrica, todo lo que constituye la arquitectura formal de los cantes, también, a su vez, sienten, por vivencias familiares, por educación, por entorno y por decidida pasión, todo lo que el flamenco significa como eje inspirador de su propia obra. Por ello, en el conjunto del panorama de la didáctica del flamenco y en el flamenco mismo, ambas figuras representan referencias ineludibles.

 Todo esto significa que los profesionales de la enseñanza han considerado, con acierto, que la enseñanza del flamenco debía ser un elemento más de la estructura de formación de nuestros alumnos. Asimismo, ese convencimiento les ha llevado, en muchos casos (los que hemos citado y otros que no pueden recogerse aquí por motivos de espacio), a contribuir con su aportación no sólo a la didáctica del flamenco propiamente dicha, sino a la formación del profesorado que debía afrontarla en las aulas. Esta doble condición se ha unido, como hemos visto en los ejemplos referidos, a otras actividades dentro del ámbito flamenco, al que han dinamizado enormemente, añadiendo un elemento de calidad por tratarse de personas cualificadas y formadas en campos diversos. Es el caso de Ricardo Rodríguez Cosano, cronista flamenco de Lebrija y de Agustín Gómez, director de la Cátedra de Flamencología de Córdoba, desde la que realiza una apuesta importante a la hora de impartir y dar a conocer todos los entresijos del arte flamenco y su relación con otras artes. Los profesores se han constituido, pues, en animadores culturales de su entorno a partir del propio flamenco, produciendo un efecto de gota de agua que ha germinado dentro de instituciones y actuaciones muy destacadas, incluyendo la publicación de revistas y el impulso a festivales, concursos, jornadas, seminarios de estudio, como puede ejemplificar muy bien el propio director de esta revista, José María Polo, cuya continuada actividad en todos estos campos ha irradiado un foco cultural a partir de una pequeña población andaluza.

 Digamos pues, sin asomo de exageración, que en la enseñanza del flamenco y en su puesta en valor ante los jóvenes, el papel del profesor ha sido sustancial. Como ocurre en todos los aspectos de la educación, es el maestro, el profesor, el que sostiene la llama de la esperanza, el que confía, más allá de las administraciones, en que su labor no caiga en terreno baldío y el que transmite, a la par que saberes, el fondo de ilusión que todos los niños y jóvenes necesitan para acercarse al flamenco con el interés que merece esta música universal.

viernes, 12 de julio de 2013

Antonio Mairena: Cruzando el puente



En la más influyente obra teórica que Mairena escribió, con el respaldo formal de Ricardo Molina, ya se adivina que el cantaor y estudioso del flamenco había caído en la cuenta de que Triana era, al menos, uno de los centros fundacionales del cante. Por ello, en “Mundo y Formas del Cante Flamenco”[1]la presencia de Triana se extiende a las descripciones de algunos cantes, sobre todo las tonás, soleares y seguiriyas, así como a la aparición de artistas de filiación trianera, por nacimiento o vivencia, la mayoría de los cuales sitúan Mairena y Molina, en ese arranque ingenuo de dividir el mundo en dos partes, del lado de la tradición y la autenticidad.

 Así, los Cagancho o Frasco El Colorao comparten espacio con otras grandes figuras, maestros todos del cante en una época de formación estilística en la que tanto papel desempeñaron aquellos que, por su talento y su intuición, fueron capaces de armar el entramado de este edificio que aún nos produce asombro por su perfecta estructura: el cante flamenco.

Al decir de muchos que lo vivieron de cerca o que tienen noticias muy ajustadas, Mairena tuvo en Juan Talega un valedor del cante de Triana. Talega consideraba que en el arrabal el flamenco hallaba una expresión diferente y que, recogiendo los ecos que los maestros gaditanos habían llevado Guadalquivir arriba, se recreaban allí los estilos por obra y gracia de quienes, en escenarios diversos y con formación diferente, constituyen los flamencos de Triana.

 Si Mairena intuyó que era más acertado hablar de flamencos de Triana que de flamenco de Triana es algo que desconocemos. Sin embargo, su misma forma de pasar por el tamiz de Alcalá o de Utrera los sonidos que había hallado plasmados en Triana nos puede dar fe de que había entendido el papel central de los hombres y las mujeres que, en una dedicación digna de tal causa, esculpieron las formas flamencas que, desde Triana, habían de ser aceptadas y largamente cultivadas por los profesionales del flamenco.

 A pesar de que no puede evitar defender la preponderancia de la Soleá de Alcalá, la realidad de la observación se impone y Mairena (más que Molina, que en este aspecto sería un simple transcriptor de las ideas del cantaor) tiene que estimar en mucho el papel de la Soleá de Triana, haciendo hincapié en dos aspectos que nos parecen de gran interés y que demuestran que sus conocimientos no podían estar velados ni siquiera por su falta de objetividad en algunos temas: el papel central de Ramón el Ollero (Ramón el de Triana, para ser más exactos) y la especialísima soleá apolá que dentro de los estilos trianeros tiene su sitio reservado.

 En esa encantadora clasificación que los autores hacen de los intérpretes de seguiriyas (Siguiriyeros de primer orden y Supremos siguiriyeros) los trianeros están en el primer apartado, segundo en orden de importancia. Allí están los Caganchos y otros artistas del arrabal. Lo mismo puede decirse del cante por tonás, en el que Triana también ocupa, a juicio de Mairena, un papel central, lo mismo que en los Tangos.

 Dado que Mairena fue un teórico y un práctico a la vez, dejó grabadas sus interpretaciones del cante de Triana que, como ha venido ocurriendo con sus versiones de los cantes en general, se han convertido en canónicas en muchos casos. Su discografía, que tiene una clara intención enciclopédica desde los años sesenta, cuando ya Mairena está imbuido de su voluntad de aportar al cante no sólo cante sino organización e ideología, nos ha dejado notables muestras de ese empeño didáctico que le caracterizaba. Es acerca de esta faceta de su personalidad la que debería conllevar, con todo sentido, el apelativo de “maestro de Los Alcores”.

 Veamos que, en su discografía, aparece esta intención de sentar las bases de una flamencología que ponga las cosas en su sitio. Así insiste en su recorrido cantaor por las escuelas que forman la gran pirámide del cante: Cádiz, los Puertos, Triana, Jerez, además de, por supuesto, Utrera o Alcalá, los lugares que le son más cercanos. De Triana se acuerda, por ejemplo, en 1963 cuando le dedica un single “Duendes del cante de Triana”. En ese mismo año, siguiendo su voluntad recopiladora y, en cierto modo, ecléctica, realiza también en el mismo formato “Noches de la Alameda”, de forma que hace un viaje sonoro por las dos maneras de ser flamenco en Sevilla: Triana y la Alameda, a la que tanto conocía por sus actuaciones en colmaos y fiestas, diferentes a su paso por Triana, barrio en el que su testimonio flamenco está más vinculado a espacios reducidos y menos abiertos al público.

Después, en 1974, grabará un disco de larga duración que con el título de “Triana, raíz del cante” será un reconocimiento al peso de este enclave en el flamenco, aunque antes ya había dejado grabados “Cantes de Cádiz y los Puertos”, en 1973 y “Antonio Mairena y el Cante de Jerez”, de 1972. La última incursión en la discografía, el entrañable disco “El calor de mis recuerdos” grabado en 1983, insiste en su predilección por los aires trianeros, que él recrearía, no obstante, añadiéndole matices utreranos y alcalareños, cuando incluye las seguiriyas de Manuel Cagancho, esas que se titulan “Aires de Triana”.

La principal crítica que Mairena destila hacia el cante de Triana es, quizá, además de su mayor virtud, una consecuencia inevitable de la naturaleza de este barrio, arrabal, lugar especialísimo, de historia singular y plena de acontecimientos. Mairena se quejaba de la escasa “pureza” del cante trianero, en contraposición con el cante de Alcalá, al que consideraba la genuina muestra de la tradición. Tenía razón Mairena. En Triana nada puede considerarse “puro” si por ello entendemos algo sin mezcla. No, porque sabemos que Triana es un crisol, esto es, el recipiente en el que, una vez fundidos los materiales sonoros del flamenco más diverso, queda la sustancia básica de una esencia inimitable. Triana, por eso, no es pura, aunque sí es personal y auténtica.

 Y esto no es casual. Seguramente Mairena, persona de una gran inteligencia natural, habría comprendido que no podía ser de otra forma si entendemos que, desde siempre, fue Triana cruce de caminos, paso de Sevilla hacia el Aljarafe y el Atlántico; orilla del río que conducía a América; receptora de gente de toda condición; barrio industrial antes que ningún otro. La historia y la geografía de Triana nos dan la clave máxima de esta condición de su cante que Mairena apreció de inmediato: una espléndida mezcla de sonidos que, tras la aportación de los flamencos trianeros, volvió a irradiar, transformada, hacia otros lugares del cante.

 (Foto: Antonio Mesa León)



[1] Ricardo Molina y Antonio Mairena: Mundo y Formas del Cante Flamenco. Tercera Edición. Librería Al-Andalus. Sevilla. Granada. Esta edición, de 1978, tenía el doble objetivo de conmemorar el cincuentenario de la vida artística de Antonio Mairena en sus Bodas de Oro con el Cante y homenajear póstumamente al poeta cordobés Ricardo Molina.

jueves, 11 de julio de 2013

Veranos de chanclas y azotea

Cada vez que los medios anuncian o comentan la ola de calor de cada verano, mis recuerdos vuelven a aquellos años de mi infancia isleña en los que era feliz, aunque no lo sabía. A aquellos veranos en los que los ritos se seguían y se conservaban año a año. En los que el aire tenía un tono especial y la vida una secuencia que, por repetida, no perdía nunca su encanto. Lo que me quedan de esos veranos de mi infancia son imágenes, retazos, momentos, que se esconden en los pliegues de la memoria pero que vuelven a aparecer en un ciclo ininterrumpido de pasado y futuro:
Las noches en mi azotea, viendo el cine de verano y luego, sentada en el escalón de la calle, esperando que pasaran de vuelta a casa los espectadores.
Las tardes en el patio, antes de que la casa perdiera su jardín, remojando las chanclas de gomas de colores y colocándoles conchas marinas para que parecieran tacones.
Las horas de cuchicheo en la azotea, desgranando secretos, secándome el pelo al sol, una larga melena castaña con reflejos rubios.
Los días de playa, tempraneros, con los amigos del club, compartiendo risas y bocadillos. Luego, los días de playa cumpliendo el rito de los baños de mar, con mi padre llevándome y recogiéndome.
Las tardes y noches en el club, jugando al ping-pong, al dominó o las cartas, escuchando música, bailando, charlando con los amigos.
Claro que hacía calor, pero tenía sentido.


domingo, 7 de julio de 2013

Retrato de niña con mapa al fondo


A los seis años me llevaron al colegio. Aquel colegio estaba en una casa antigua. Tenía un patio al que se abrían todas las puertas y una entrada con azulejos sevillanos y un suelo muy fresco de mármol gris. Estaba en una calle muy alegre, en la confluencia de otras varias que forman desde entonces el triángulo sentimental de toda mi infancia. Las calles tenían naranjos y unas enormes casas con portalones y casapuertas, casas de grandes ventanas y de azoteas. Desde las azoteas, las gentes de aquellas calles podían ver el paso de las procesiones de la iglesia cercana, la Oración en el Huerto o la Misericordia. Era un barrio muy alegre, luminoso, cuya fisonomía puedo reproducir en mi cabeza de forma exacta, como si los años no hubieran pasado. En esa reproducción, en ese cuadro que puedo dibujar en la memoria, están también los olores, olores al azahar que desprendían los naranjos y olores a goma de borrar o a tinta, el olor peculiar de las escuelas. Era un barrio donde se mezclaban dos sones, el flamenco y el carnaval. En una de sus esquinas estaba el Castillo, el sitio donde había peleas clandestinas de gallos, en un recinto oscuro y opresivo que visité una vez. También estaba cerca la peña flamenca, guichis de dudosa reputación y tiendas de ultramarinos. Algunas casas eran muy bonitas. Tenían espadañas y remates en la azotea, puertas de madera oscura y llamadores de latón, que tenían forma de mano. También había casas humildes, casitas bajas con una sola ventana al exterior y un patio central al que daban las habitaciones. Y patios de vecinos, manchones y huertas. Todas las calles formaban parte de la feligresía de la Pastora, cuya iglesia sigue conservándose en buen estado, junto a una plaza muy cuidada. 




            El tiempo del colegio fue maravilloso. No quise faltar ningún día, todas las mañanas acudía temprano, muy temprano, antes de que abriera, y esperaba sentada en el escalón de la puerta. En el colegio era muy feliz porque se aprendía mucho y las cosas eran divertidas, entretenidas y curiosas. Las dos hermanas enormes que se agarraban con fuerza a la mesa porque no querían ir al despacho del director cuando las castigaban; la habitación que estaba junto a la clase, en la que ensayábamos los teatros y hacíamos juegos; la enorme pizarra lateral que aparecía todos los días sembrada de signos: Muestra, Copia y Abecedario. Debajo, las fatídicas Cuentas y los Problemas. También estaba por allí el “cuartito” y la clase de los más chicos, adonde fui una vez a cantarles “Estaba el señor Don Gato”.

             En el colegio yo nunca estuve sola. Tenía sitio en la clase, en el patio y también en el camino a casa, un camino largo y lleno de calles especiales, de casas bajas, de suelos llenos de piedras y de recodos. Podía uno seguir la ruta de la calle Mariana Pineda, larga y directa, que daba a la Plazoleta de las Vacas, donde estaba el Palenque, con un fuerte olor a pescado a veces y, desde allí, enfilar la calle Carraca, muy larga y sinuosa, con tres zonas claramente definidas. En la última de ellas, la más cercana a la carretera de la Bazán, allí estaba mi casa.



            Ir a ese colegio fue una gran suerte. La maestra era la mejor maestra del mundo. Se llamaba María Ángeles, aunque para todas nosotras era "la señorita". Su voz era música  y su sonrisa una recompensa en el trabajo. Nuestras madres decían que en ese colegio se aprendían muchas cosas y, cuando desapareció, todo el mundo lo echaba de menos. Tuve una gran suerte: ir a ese colegio y tener a esa maestra como profesora durante los años de la primaria. No todo el mundo puede decir lo mismo. Por eso, ese tiempo y esas horas de colegio son lo mejor de todo. El mayor paraíso.

lunes, 1 de julio de 2013

Orgullo y prejuicio





En los malos momentos, siempre un libro. En los momentos de felicidad, un libro también. Con la incertidumbre, la palabra. Si llega el miedo, un libro es el puerto más seguro. Este libro es tan familiar para mí como sí lo hubiera escrito. Lo poseo en mil ediciones. Lo he leído en su idioma y en el mío. Lo conozco transformado en película. Me encanta, me hace feliz. No es un libro cursi, ni superficial, ni es un libro insulso, ni corriente. Habla de sentimientos, está lleno de humor, de personajes con vida propia. Sus frases, sus diálogos, son ingeniosos. Su telón de fondo, el mismo de todos sus libros, el suficiente: un grupo de familias que se relacionan entre sí en un reducido espacio. Dando por hecho que todo el mundo lo conoce o lo ha leído no he dedicado en este blog una reseña a su contenido.


Ahí va:
Los Bennet son una familia formada por el matrimonio y cinco hijas: Jane, Elizabeth, Mary, Kitty y Lydia. La señora Bennet es una pertinaz casamentera y su mayor ilusión es casar a sus hijas. A fe mía que lo consigue, pues, al final del libro contaremos hasta tres bodas en las chicas Bennet y otra boda más bastante sorprendente. Jane se casará con el señor Bingley, joven apuesto, adinerado e ingenuo. Lydia labrará su desgracia al casarse con el oportunista y vividor Wickham. Por su parte, la boda imprevista será la que una al señor Collins, primo de los Bennet y heredero de su casa solariega en virtud del mayorazgo y Charlotte Lucas. La boda más importante es la de Elizabeth Bennet y el señor Darcy, rico, apuesto, orgulloso y el personaje masculino más cuajado de los que traza Jane Austen en todas sus obras.



Si tenéis la suerte de no haber leído el libro no podéis dejar de hacerlo. Estas atentos a los comentarios jocosos del señor Bennet acerca de los nervios de su mujer. Fijaros también en la escasa atención que presta Austen a las descripciones de ropajes o paisajes. Le resulta mucho más interesante acercarnos el carácter de los personajes, su manera de pensar. Esto no deja de ser una cuestión muy curiosa de su narrativa. De cualquier forma, las descripciones no son exhaustivas, no te cansan, no te distraen del objetivo principal que no es otro que centrarse en las personas y en la acción.

La condición de casamentera de la madre aparece también en otro personaje fundamental en la obra de Jane Austen, Emma, de la novela del mismo título, esa joven que quiere arreglar la vida de todos aquellos que están a su alrededor. En el caso de la señora Bennet esa intención se dirige a sus propias hijas. Casarlas es su mayor objetivo. Pero la autora lo observa con ironía, lo que quiere decir que era una mujer adelantada a su tiempo, porque pone en solfa las costumbres y la forma de vida de la sociedad media rural en la que inserta su telón de fondo. Esa especial manera de ver el mundo y a las personas es el principal distintivo de Jane Austen, lo que la hace tan encantadora, tan diferente a todo, sin ese pesado fardo dramático que tienen otras correligionarias. Porque, al fin, el sentido del humor es síntoma de inteligencia y de personalidad.
Orgullo y prejuicio es una novela extraordinaria, un libro extraordinario. Su gracia, su expresividad, su fuerza, su ingenio, llenan sus páginas y se introducen en el corazón del espectador. Leerlo te hace feliz. No recuerdo ahora el momento en que lo leí por primera vez, cosa harto curiosa. Era una edición bastante sencilla, de esas que venden en los quioscos y que estaba englobada bajo el título de Grandes novelas de amor. Luego he ido encontrando otras ediciones, algunas fantásticas, como las de la editorial Alba, tan cuidada y tan fiel al original. Conozco las frases, los personajes, las ideas que expresan y su forma de comportarse. Puedo decir que este libro es una parte de mí.



Es verdad que su consideración crítica ha ido cambiando con el tiempo, pero esto suele ocurrir con las obras de creación. En ocasiones se establece una absurda barrera entre lo serio y lo intrascendente sin pensar en que un libro no es lo que cuenta sino cómo lo cuenta y, además, hablar de la vida siempre puede o debe ser considerado importante. Jane Austen, la autora del libro, me parece un personaje de enorme interés, o mejor, una persona. Imagino su vida y también esas horas de escritura solitaria aunque, al contrario de las Brönte, ella no era una persona triste, sino que le gustaba charlar, pasear y asistir a bailes. Los bailes son un elemento fundamental en esta obra. En ellos se producen los acercamientos entre los personajes, teniendo en cuenta que era la ocasión básica para conocerse e intimar de los jóvenes en la época. La otra forma de hacerlo era a través de las visitas o de los almuerzos y cenas a los que son invitados, que también se describen en el libro. Lo leí, desde luego, antes de ver la adaptación de la BBC que me parece la más ajustada y certera, como ocurre en tantas ocasiones con las que realiza. He dicho tantas veces que Colin Firth me parece el mejor Darcy que puede resultar reiterativo, pero también quisiera decir que Jennifer Ehle me parece la mejor Lizzie y nada más que hay que ver su expresión, sus ojos, que la novela dice que tenía preciosos y expresivos, y su forma de reír. Porque la risa, el humor, la dulzura de una chanza dicha con gracia, es un componente esencial del coqueteo, de la conquista. Y Elizabeth conquista a Darcy con su forma de ser, con su actitud, con su especialísima forma de ver la vida. El libro es, pues, el relato de una conquista y es también el proceso de cambio de un hombre que, teniéndolo todo, estaba ayuno de aquello que hacer verdaderamente felices a las personas, un alma gemela, un corazón en el que mirarse. Esa escena en la que Darcy contempla cómo Lizzie toca el piano con su hermana Georgiana es la clave del enamoramiento, es el clímax, al igual que en Emma lo es el baile en el que, por fin, ella danza con el amigo del alma y siente que le pertenece.

Me gusta pensar que la alegría de Elizabeth transformó la vida de Darcy, un hombre honesto pero taciturno, que estaba deseando encontrar alguien que aportara esa luz que toda vida necesita. La alegría es un don poco valorado, porque parece algo humilde y que pueda estar en manos de cualquiera, incluso de los bobos. Pero la alegría es una emoción que tiene efectos tan duraderos y curativos como se ve en este libro.

En la serie de la BBC, tan fiel al libro, Darcy no se ríe nunca, salvo una pequeña sonrisa cuando la escena de la boda, ya al final. Sin embargo, su mirada expresa todo el amor que siente por ella y ella no solamente lo mira con amor sino que le sonríe desde el amor. Después de leer todos los libros de esta autora, sus cartas, algunas biografías, pienso que ella se veía reflejada más que en ninguna de sus protagonistas en esta Elizabeth tan ingeniosa, tan lista, tan risueña sin afectación, tan decidida, tan poco propensa a la falsedad o al elogio fácil. Una mujer de verdad para una novela que no es de cartón piedra sino de suave, armoniosa, dulce y esperanzadora seda natural.