martes, 21 de mayo de 2013

Cosas que nunca se borran

De vez en cuando, casi siempre con los cambios políticos, se sucede el debate sobre la educación. Todos los que tienen un lugar donde opinar se lanzan en barrena, argumentan, discuten, proponen, opinan. La mayoría de estos "opinantes" no conocen la educación por dentro más allá de que ellos mismos fueron educandos o tienen hijos que van al colegio. Esta experiencia indirecta es suficiente para convertirse en dueños de la verdad. La verdadera problemática de la educación, de las escuelas, colegios e institutos, se escapa de la normativa, no tiene que ver con religión sí o no, con ciudadanía sí o no, ni siquiera con el hecho de que se enseñe o aprenda en una lengua o en otra.
 
La verdadera esencia de la educación, del hecho de educar, del arte de enseñar, como quiera decirse, va mucho más allá y tiene un componente técnico y especializado desconocido para la mayoría. Tiene también una vertiente humana, emocional, que la distingue de otras actividades. Por eso los maestros y los profesores se implican tanto, por eso hablan de sus niños, sus colegios, de una forma tan impulsiva y tan llena de pasión. La educación, al margen de las tecnologías educativas, de las ideologías que la sacuden, de la modernidad o la antigüedad de los métodos, supone el encuentro del individuo con un contexto que lo hará salir de sí mismo, teniendo enfrente, por un lado, al maestro, al profesor, a la persona que decidirá sobre su futuro, lo acompañará o lo frustrará. También, a los saberes, los libros, los conocimientos, el legado cultural que nos han dejado nuestros antepasados. Por supuesto, a los compañeros, los otros alumnos, esos que van a compartir con nosotros los descubrimientos.
 
Cuando la escuela cumple su función, descubrir está en su día a día, en su ADN. La escuela, educar, por eso no es algo rutinario, establecido, sino que se reinventa cada curso, dependiendo de los profesores, de los niños, de los colegios. He hablado muchas veces, algunas en este blog, de mi maestra de primaria, la señorita María de los Ángeles Maura, a la que llamaba simplemente "la señorita". Ella, una adelantada a su tiempo, grabó de forma indeleble miles de ideas, de conceptos, de momentos, en mi retina. Está mucho más presente que cualquier otra circunstancia que haya podido vivir en la infancia. También os he hablado de mi colegio, de la Academia Maura, laico y privado, cosa que era difícil de lograr, y de la educación libre, abierta, mixta, que pudimos recibir allí. Muchas de las cosas que aprendí las puse en práctica cuando tuve la suerte de hacerlo, siendo maestra, en Conil, en Chiclana, en La Puebla del Río, en Alcalá de Guadaira, en Sevilla... De los alumnos de Chiclana conservo la amistad virtual con Andrea, maravillosa niña. De los de La Puebla del Río ha habido muchos años contactos con otros alumnos, pero de aquí me han quedado más los compañeros, maestros que todavía están en mi entorno, a pesar de tantísimo tiempo. De Sevilla, del Parque Alcosa, son mi última promoción de alumnos antes de dejar de ser maestra y pasar al Instituto. Ellos, con los que estuve cinco años, de cuarto a octavo de EGB (la bendita EGB que ahora añoramos) son el termómetro de mi tarea de enseñar.
 
Los niños del colegio Averroes, de quien he hablado ya en este blog algunas veces, significan en sí mismos todo el debate de la educación. Eran diversos, tenían intereses distintos, cualidades dispares. Se portaban de forma diferente. Los había de todas clases: aplicados, educados, listos, lentos, ocurrentes, chistosos, amables, sencillos, complicados, tiernos...Aplíquese a todos estos adjetivos su correspondiente femenino, pues eran chicos y chicas. Lo que ellos son ahora tiene mucho que ver con esos cinco años en los que intentamos, ellos y yo, transitar por un camino. De las cosas buenas que aprendieron somos responsables todos. De las cosas que dejaron de aprender también. Pocas veces tienen los maestros la suerte de ver el resultado de su trabajo de forma tan nítida. La mayoría de las promociones se dispersan, se pierden... En muchas ocasiones los grupos no permanecen juntos un número de años suficientes como para consolidar un trabajo. Se mezclan, se dividen. Ahora mismo sería impensable poder seguir la pista a un grupo de alumnos durante cinco años seguidos.
 
Por eso, esa experiencia, esos años, son irrepetibles. Como la vida es amable y nos da oportunidades, el empecinamiento nostálgico de uno de ellos, José María, ha logrado reunirnos en esa gran plaza virtual que es el Facebook y en el más moderno sistema de comunicación inmediata, el watsap. En ambos medios se ha establecido una forma de relacionarse que tiene sus claves internas y que bucea, de vez en cuando, en aquellos años, que son el referente de todo el grupo. Por supuesto, el incansable José María también ha logrado que haya quedadas, pero éstas no han llegado todavía a conseguir el gran milagro de que nos encontremos todos.
 
Tengo que decirlo. Aquellos años desarrollamos un proyecto de trabajo que no era improvisado. Estaba planificado perfectamente y se basaba en integrar los saberes de distintas disciplinas, a modo de ámbitos o de áreas. Eso que ahora se ha puesto tan de moda. Algo que nosotros ya experimentamos entonces. Era un proyecto de innovación que tenía como ejes temáticos la música flamenca, la expresión plástica, las ciencias sociales y la lengua. Las condiciones de partida fueron sensiblemente propicias para lograr que el proyecto se consolidara. Sus resultados se expusieron en su tiempo en forma de memoria. Pero la vivencia general, ese balance vital de lo que somos ahora después de aquello no se ha realizado. Quizá podamos, en breve, lograr plasmar en el papel lo que aquello significó. Sumar los recuerdos de todos, coserlos uno a uno, conocer cosas que alguien supo y que otros desconocieron. Entender las circunstancias, los silencios, los fracasos, los logros. Pedagogía, compañerismo, aprendizaje, vida en suma.
 
En el ágora del Facebook están ahora los desocupados, como símbolo de que enseñar y aprender es posible, de que las leyes de educación hay que hacerlas pensando en los niños y en los maestros, que hablar de educación exige, al menos, alma y conocimiento. Lo que decía mi amadísima Jane Austen, sentido y sensibilidad. Ahora sé que esa promoción de alumnos del colegio Averroes plasmó en sí misma lo mejor de lo que quise transmitir como maestra. Lo que pasa es que, casi siempre, el que más aprende en todo esto no es el alumno, sino el maestro.
 
 
 

sábado, 11 de mayo de 2013

¿Y?

Una ligera brisa está moviendo el finísimo estor que cubre la ventana, que apenas cubre, podría decirse. Es la hora del atardecer que en el reloj marca un tiempo más apresurado, porque las horas son ya convenciones y no tienen que ver con el sitio en el que está el sol. Una cierta sensación de vacío, un hueco por llenar, el convencimiento de que, a veces, estar detrás es sobrevivir, me asalta mientras intento retomar el hilo de mi novela. Leo las últimas páginas que escribí hace días e intento que salgan del papel Luis, Estrella, Cintia o Alberto. Pero no es posible, parecen estar de vacaciones, huídos, escapados, fuera de control. La novela tendrá que esperarse a que ellos se decidan a comparecer de nuevo y será cuando quieran.

Feliz cumpleaños

Feliz cumpleaños.
Felicidades por ser Bueno, Simpático, Alegre, Inteligente, Trabajador, Responsable, Brillante, Original, Listo, Dispuesto, Cinéfilo, Generoso, Independiente, Pacífico, Chistoso, Altísimo, Guapísimo y sobre todo...
El mejor hijo del mundo mundial...

viernes, 10 de mayo de 2013

Caracol y el Concurso de Granada


El Concurso de Cante Jondo de Granada, celebrado en el mes de Junio de 1922, es, para todos los aficionados al flamenco, simplemente “el Concurso”. Todos sabemos a que nos referimos cuando usamos esa expresión.

Fue un acontecimiento muy importante por diversos motivos y para Caracol significó algo definitivo: entrar por la puerta grande en el mundo profesional del flamenco. Después de obtener un premio en este Concurso, ya pudo actuar como profesional en toda regla, sin necesidad de empezar poco a poco, como otros muchos artistas, que iban en las compañías formando parte del atrás o como secundario del cante o como uno más.

Caracol iba de figura y ello le debe mucho a Granada. Cuando decimos Granada, en el flamenco, también queremos decir “Concurso de Cante Jondo de Granada”. Para entender el significado del concurso hay que tener en cuenta el ambiente cultural que entonces se vivía en España. Hablamos de los años veinte y hablamos de un período conocido como Edad de Plata en el que coincidieron en el tiempo y en la actividad artística una gran cantidad de escritores, pintores, músicos, además de intelectuales, que elevaron el nivel de la cultura española de una forma decidida. Es un período de efervescencia cultural, en el que se llevaron a cabo proyectos literarios o artísticos de gran envergadura. En ese mundo el concurso de Granada significó que también el flamenco participó un poco de ese ambiente cargado de resultados artísticos y de obras que pasarán a la historia.

Veamos un poco de la historia del Concurso y cómo en ella aparece Caracol.

Falla, principal promotor del Concurso, estaba muy preocupado por la posible destrucción del cante jondo. Pensaba que iba a desaparecer. Esta preocupación por la pérdida de los valores tradicionales no era una cosa que Falla se había inventado. Más bien, era una corriente de pensamiento que existía desde el siglo XIX. Los pensadores de esta época, los escritores, los artistas, pensaban que la máquina, la sociedad moderna, la industrialización, terminarían con la vida anterior, con los modos de vida que ellos conocían. El miedo a que el futuro estuviera lleno de cambios incontrolables fue algo común de estos tiempos desde que se inventó la máquina de vapor hasta bien entrado el siglo XX.

“Pero no desesperemos; aun estamos a tiempo de corregir estos males, restituyendo a la canción andaluza toda su primitiva belleza; y este es el fin que se proponen los organizadores del concurso de cante jondo, entre los que tengo el honor de encontrarme.”

Corría el año 1921 y en Granada se juntaron una serie de personajes, todos ellos curiosos y de gran interés. Eran poetas, pintores, intelectuales, políticos, músicos… Pocas veces, en la cultura española, se pueden encontrar un número tan grande de personalidades y que coincidan todas en un mismo objetivo. El objetivo aquí era dignificar el flamenco. Y ¿a qué venía ese deseo de dignificación? Pues a que ellos consideraban que el flamenco “puro”, auténtico, de raíz, se había perdido. Se había perdido porque había muchos profesionales y porque los lugares donde se cantaba eran, sobre todo, en los cafés cantantes.

¿Quiénes eran estas personas?

Digamos que Manuel de Falla era su principal representante, el que tenía mayor prestigio de todos. Luego estaban algunos pintores, como Ignacio Zuloaga y Manuel Ángeles Ortiz. Ignacio Zuloaga era un gran aficionado al flamenco y admiraba muchísimo a la Niña de los Peines, a la que conocía personalmente y con la que tuvo mucha relación, a pesar de la diferencia de edad. En cuanto a Manuel Ángeles Ortiz, estaba imbuido de todo este ambiente positivo de búsqueda de las raíces populares y contagiado por el entusiasmo de Federico García Lorca que era la persona que iba de uno a otro intentando que todos participaran en aquello y haciéndoles ver que era una gran contribución a la cultura de Andalucía.

Esos poetas, músicos y pintores, aunque con buenísima voluntad, andaban un poco despistados. Creían que el flamenco era algo popular, esto es, que el pueblo lo cantaba de generación en generación. Es más, que cualquiera podía cantarlo. Creían que los profesionales lo que hacían era estropear el flamenco. Creían que para cantar bien flamenco había que estar “esmayaíto”. Que todo el que había pisado un escenario estaba ya perdido para el flamenco.

Porque estas personas tan eminentes y tan sabias, no se daban cuenta de un pequeño detalle: que el flamenco no es folklore, sino que es arte. Que no es artesanía, sino arte. Y el arte, como todos sabemos, requiere de artistas, personas que se dediquen a cultivarlo, a desarrollarlo, a recrearlo, incluso a crearlo. Es curioso que estas personas, que se dedicaban al arte, no se dieran cuenta de esta cuestión. Pongamos por ejemplo el caso de Lorca. Federico García Lorca era uno de los poetas más entusiastas del Concurso. ¿Qué pasaría si alguien le hubiera dicho, no usted no es un poeta verdadero, el poeta verdadero no puede ser alguien como usted, que se dedica a esto como profesión, que escribe y vende libros y da conferencias y las cobra? El verdadero poeta es aquel que está en su casa, que es analfabeto y que escribe los versos a escondidas y que no se los enseña a nadie. Eso es un poeta de verdad y los demás, Machado, Juan Ramón, Bécquer, todos esos son gente que estropea la poesía.

 También está el caso de Manuel de Falla, del que ya hemos hablado. Sorprende pensar cómo Manuel de Falla, siendo músico, cayó en el mismo error que los demás. Y hasta lo puso por escrito. Supongamos que alguien le dijera a Falla: no, usted no es músico en realidad, porque usted escribe música y vive de la música, ha estudiado música, dirige obras musicales, le contratan para ello, etc. El verdadero músico es el que está escondido en una cueva y tiene una guitarrita hecha de cartón o un piano de madera y toca y toca sin que nadie lo oiga, o nada más que sus amigos o su familia y, por supuesto, nunca ha estudiado nada de música, ni tiene ningún conocimiento salvo lo que a él se le vaya ocurriendo.

Esto nos parece ridículo, algo impensable. Podíamos poner más ejemplos, con la pintura, porque había allí varios pintores o con el pensamiento o la filosofía, pero creo que ya es suficiente para darnos cuenta de que, con toda la buena intención, los organizadores de Granada andaban despistados.

Como, según ellos, el pueblo era el que sabía flamenco de verdad y no los profesionales, hicieron las bases del concurso y en ellas se decía que no podían participar los profesionales (salvo si tenían menos de 21 años, lo cual era casi imposible). Por mucho que buscaban y buscaban, no había forma de que se apuntara nadie al concurso. Los artistas estaban muy enfadados, y en Sevilla el enfado era triple porque la mayoría de los artistas tenía aquí su residencia, porque aquí solía haber más trabajo. Así que incluso pensaron (y la prensa lo publicó) que las bases de Granada iban contra Sevilla. Un disparate.

Al no encontrar personas del pueblo, no profesionales, que supieran cantar, pues pusieron una escuela de cante. Sí, eso es algo que se conoce poco, pero fue así. Pusieron una escuela de cante donde los que querían participar en el Concurso iban a aprender los cantes porque no los sabían. A lo mejor había alguno que sabía algo, pero claro, toda la gran cantidad de cantes que había que interpretar, según decían las mismas bases, pues eso no había aficionado que lo supiera. Así que la escuela se puso a funcionar.

 ¿De qué manera llegó Caracol al concurso? Pues de forma casual. El Presidente del Jurado era Don Antonio Chacón, al que se reconocía como la máxima autoridad flamenca. Chacón estuvo por Sevilla preguntando a ver si alguien conocía a algún aficionado que cantara pero no había forma, todo lo que había eran profesionales. Así recaló en la Alameda, en la casa de Manolo Caracol, con cuyo padre, Manuel Ortega Fernández, llamado Caracol (luego llamado inevitablemente Caracol Viejo) y El del Bulto, tenía gran amistad.

Cuentan las crónicas que Manolito Ortega oyó la conversación de su padre con Chacón y que se presentó en el Hotel sevillano en el que éste se alojaba. Allí se ofreció para participar en el Concurso, ante el asombro del viejo cantaor que no se lo creía. No se lo creía hasta que el niño le hizo un par de cantes sin guitarra que lo convencieron del todo. Aunque esto es algo que se cuenta pocas veces fue Chacón el primero que vio las posibilidades geniales que tenía el hijo de Caracol Viejo y el que auguró un futuro esplendoroso para este niño si se dedicaba al flamenco.

 Así que Caracol participó en el Concurso de Granada. Allí estaba también un anciano de Morón, Diego Bermúdez El Tenazas, que según decían había oído cantar a Silverio Franconetti y seguía sus cantes. También estaban otros intérpretes de la zona de Granada sobre todo.

El periódico de Madrid “La Voz” publicó el día 14 de junio de 1922 la siguiente crónica:

“A la hora anunciada se celebró anoche la primera sesión del concurso de cante jondo. Desde anteayer se habían vendido todas las localidades. En la plaza de los Aljibes de la Alhambra había 4000 espectadores. Las damas en gran parte iban ataviadas a la moda del año 40, otras en mantilla blanca, otras con mantones de Manila. Los hombres llevaban sombrero de ala ancha y capa. La plaza decorada por Ignacio Zuloaga. Los palcos con mantones y telas artísticas. La iluminación consistía en miles de candiles y faroles. La tribuna de la Prensa la ocupaban representaciones de periódicos españoles, ingleses y franceses, escritores y artistas españoles y extranjeros.

A las diez y media empezó el espectáculo, que se desarrolló con perfecto orden. Zuloaga, Falla y Rusiñol presenciaron la fiesta cerca del tablado de los cantaores. En primer término el presidente del Centro Artístico, Don Antonio Ortega Molina, en breves palabras hizo la presentación del original escritor D. Ramón Gómez de la Serna, el cual explicó por qué tomaba parte en la fiesta, y a continuación señaló lo que significa en la vida española los cantos populares andaluces…”

 Primer actuaron los concursantes, que habían llegado a la final tras un proceso de selección: Manuel Ortega, Juan Soler, Carmen Salinas, Conchita Moya, Conchita Sierra, Antonia Muñoz, La Goyita, Frasquito Yerbabuena, La Gazpacha y Diego El Tenazas.

El Tenazas cantó seguiriyas y soleares de Paquirri el Guanté. Después actuaron los profesionales: La Macarrona, Manuel Torre y Chacón. Éste interpretó seguiriyas, la caña y granaína.

En la segunda noche del concurso, al día siguiente, 14 de junio, volvieron a actuar otros concursantes seleccionados y también el Tenazas, que cantó la caña, acompañado, nada menos, que por Don Ramón Montoya y luego hizo la serrana, pero aquí se equivocó con la letra y se puso nervioso. Después cantó las cabales de Silverio y tampoco se lució. En estos dos cantes perdió el Tenazas la posibilidad de alzarse con el premio especial. Las malas lenguas afirman que lo emborracharon unos bromistas con los que había estado horas antes, con ocasión de las grabaciones gramofónicas que se hicieron de los concursantes.

El caso es que Manuel Ortega cantó muy bien por saetas y se llevó la mitad del premio, mil pesetas para él y mil para El Tenazas.  En la lista de los premiados el más conocido es Frasquito Yerbabuena que no quería actuar ante grandes públicos, aunque sí llevaba tiempo dedicado al flamenco. Se repartieron muchos premios y el premio especial quedó desierto. Cuando se dice, pues, que Manolo Caracol ganó el Concurso se debe decir que ganó uno de los dos primeros premios, dotado con mil pesetas para cada uno, pero no el premio especial. Ese no lo ganó nadie.

Durante los días del Concurso y anteriores, se celebraron en Granada numerosas fiestas para agasajar a los personajes importantes que allí acudían como espectadores o como colaboradores de la organización. La fiesta que más interés ha despertado entre los estudiosos la organizó el escritor José Carlos de Luna y en ella se lucieron Chacón y Montoya, además de Antonia Mercé La Argentina.

Este entusiasmo por el flamenco se prolongó tras el Concurso, pues hubo competiciones en muchas otras ciudades, Córdoba, Sevilla, Huelva, Cartagena, Cádiz… Ya sin la limitación que Granada había impuesto contra los profesionales, lo más importante del flamenco de la época actuó en ellos.

Además de estos Concursos, tras el premio obtenido en Granada, Tenazas y Caracol fueron contratados para actuar en diversos lugares, empezando por Sevilla, debutando en el Teatro Reina Victoria, que estaba en el Prado de San Sebastián y que desapareció. Siguiendo la costumbre de todos estos años y de años anteriores, en el programa hubo, además de flamenco, cantos regionales y comedias. En estas actuaciones el guitarrista acompañante no fue Montoya, que por motivos de trabajo tuvo que irse a Madrid, sino Javier Molina.

 La despedida del Tenazas y de Caracol de los públicos sevillanos tuvo lugar el 4 de julio con un añadido al programa, pues actuaron Chacón y Montoya, causando el delirio entre los asistentes según recoge la prensa de la época.

El 7 de julio se plantea la actuación en Cádiz, en un festival benéfico organizado por las Damas de la Cruz Roja, de Chacón, Montoya, Tenazas y Niño Caracol. De este acontecimiento deja constancia el Diario de Cádiz, primero, anunciando el evento, del que cuenta detalladamente el programa:

Primero: por los actores de la compañía que dirigen Pepita Meliá y Benito Cebrián, el graciosísimo juguete de Muñoz Seca en dos actos, titulado “Un drama de Calderón”.

 Segundo: los célebres artistas de cante jondo premiados en Granada, que son el veterano Bermúdez (Tenazas), el Niño Caracol y el emperador del cante Don Antonio Chacón. Les acompañará a la guitarra el célebre Montoya, y el repertorio lo constituyen las joyas del cante andaluz. Jaberas, polos, cañas, martinetes, soleares, seguiriyas, livianas, malagueñas…

 El Concurso de Granada abrió las puertas de la profesión a Manolo Caracol. De allí salió convertido en profesional y en esa profesión estuvo durante cincuenta años. A Caracol le sirvió indudablemente el hecho de que su padre conociera a Chacón, pues de esa forma pudo presentarse al Concurso de Granada. Pero ese conocimiento no le hubiera valido de nada sin las cualidades vocales que tenía y que todo el mundo apreció desde el primer momento.

viernes, 3 de mayo de 2013

Los niños invisibles

Imagina que estás sentado en un pupitre, en un aula cualquiera de cualquier centro educativo, durante seis horas al día, cinco días a la semana. Estás sentado y pasan por delante de ti conceptos, ideas, trabajos, problemas, palabras… sin que logres entender qué significan. Imagínatelo porque así se sienten los niños invisibles, los niños del último banco como los llamaba el poeta Lorca, los niños que, por el azar de la vida, que es caprichoso e injusto, tienen “algo” que los sitúa en un lugar lejano del saber.

He conocido a algunos de estos niños y puedo citar sus nombres y sus historias. Está Gregorio, que era hijo de unos temporeros y que nunca estuvo más de un curso en el mismo sitio. Su asombro era el mismo cada año, pues tenía que ver rostros nuevos, aulas diferentes, profesores distintos. También Manolito, que no lograba, por más que lo quisiera, unir los trazos de las letras convenientemente, de forma que las letras formaban en su cuaderno un mapa indescifrable, que no tenía sentido ni aspecto reconocible. He conocido la historia de Salvador, que no pudo hacer la Primera Comunión, como todos sus hermanos, porque no logró aprenderse las oraciones y el cura no quiso. Y la de Mercedes, que se sentaba afanosa sobre su cuaderno de sumas y restas, con el lápiz en la mano, la mirada fija y una dolorosa interrogación que no cesaba nunca.

Estos niños invisibles están en cualquier sitio. Son los niños que se encuentran a medio camino, en la frontera, niños de nadie. No tienen una deficiencia que les pueda situar en el grupo de los que reciben ayuda especial, pero tampoco pueden aprender, pues “algo”, un pequeño detalle, lo impide. El ir y venir de un lado a otro como en el caso de Gregorio; una dificultad que nadie logró advertir en Manolito y que se traduce en ver las letras de una forma diferente; una negligencia médica en el parto de Salvador, por lo que, durante un instante, el oxígeno dejó de llegarle; una sordera inadvertida en Mercedes… A veces, los niños invisibles, no tienen ningún problema físico, sino una familia desintegrada, marginal, un ambiente negativo, mil y una cosas que se pueden conjugar para hacer que estos niños no hagan  lo que deben hacer todos los niños en todas las escuelas del mundo: aprender.

Tantas veces hablamos del sistema educativo. Hablamos de que hay que mejorarlo. Mencionamos los índices de abandono, los porcentajes de los que no titulan, los casos de violencia y de agresiones, los problemas del acoso entre iguales… Pero, inadvertidamente, sin hacer ruido, en silencio, en una esquina de la clase, en un rincón del patio, muchas veces sin amigos y sin que nadie les sonría, allí están, en las escuelas, en los colegios e institutos, los niños invisibles, los que no aprenden, engrosando cifras, muchas veces sin que nadie repare en ellos, otras veces rompiendo el silencio de una forma inexplicable.

¿Quién puede soportar un fracaso tras otro? ¿Quién puede seguir intentándolo cuando lo que tiene delante es un jeroglífico que no se puede descifrar? Los niños invisibles necesitan otra atención: más tiempo, modos diferentes, grupos más pequeños, métodos apropiados, recursos, y, sobre todo, el bálsamo mágico de dos palabras que siempre, siempre, surten efecto: respeto y cariño.

Detrás de los niños invisibles hay, en algunas ocasiones, familias que no les ofrecen apoyo, amor, seguridad, cuidados. Pero, en otros muchos, muchísimos casos, detrás de estos niños hay familias preocupadas, madres que atisban el recreo desde los barrotes de las escuelas y que ven, un día y otro, a sus hijos en un rincón del patio, aislados, jugando solos, o sin jugar. Hay familias que ven como sus hijos pasan el tiempo sin que el conocimiento llegue a sus vidas, sin que la maravilla del saber los transforme. No importa que pasen de curso, las familias saben que eso no les va a garantizar un puesto en la sociedad, porque no han aprendido nada.

¿Cómo es posible que un niño pase en la institución escolar diez o doce años sin que aprenda nada? ¿Quién puede soportar este fracaso? ¿Por qué no se encienden las alarmas, las luces rojas, cuando un niño termina el año sin haber aprendido lo mismo que los otros?

No penséis, lo repito, que me refiero a niños con deficiencias físicas o psíquicas. No.

No me refiero a esos niños, sino a aquellos otros cuyos problemas no existen oficialmente. Pequeños problemas, situaciones que no llaman la atención, deficiencias mínimas que son difíciles de detectar y que, las más de las veces, generan la duda entre los profesores porque se dan cuenta de que a ese niño le pasa “algo”. Ese “algo” que les impide aprender. Son estos niños, los niños que están en tierra de nadie, en la frontera, los que me preocupan. Porque no estamos haciendo por ellos lo suficiente. Porque la mayoría de ellos se quedan en el camino. Porque la escuela es inflexible para ellos. Es dura, inhóspita, impenetrable.

Imagínate, horas y horas oyendo cosas que no entiendes. En silencio, día tras día. Imagínate el momento de hacer el examen de algo que no has aprendido. Imagínate cuando vas a recibir la nota de ese examen que, indefectiblemente, vas a suspender. Y así siempre.

No me refiero a los niños violentos, a los niños agresivos, a los niños que estropean la marcha de la clase. No. Me refiero a los niños que no hablan, que no estorban, que están en silencio, aburridos, solos, perdidos en sí mismos, llenos de dudas, niños sin sitio, que nunca tendrán un premio, un diploma, un título, la satisfacción de aprender y de hacer las cosas bien hechas.

Os he puesto delante el problema. Los profesores lo vemos todos los días. Ahora, cuando se habla tanto de educación, no estaría de más pensar en ellos, en lo que necesitan (ya sabéis respeto, cariño y trabajar con ellos de una forma tranquila, ordenada, despacio, con sosiego, parándonos en lo fundamental, en grupos pequeños, con buenos profesores, los mejores si es posible). Pensar en ellos porque, dentro de los números del fracaso escolar, su presencia es importante. Porque el fracaso escolar no es una frase hecha, sino una realidad para ellos. Una realidad que estamos obligados a cambiar. Por Gregorio, por Manolito, por Salvador, por Mercedes…

(Artículo publicado en ABC de Sevilla. Catalina León Benítez)