sábado, 27 de abril de 2013

Hombre de blanco, mujer de azul


Al entrar en la gran sala azul y blanca pienso cuán distinta es la realidad de lo que aparece en los libros. Aquí están los cuadros con toda su presencia, con todas sus imperfecciones y sus secretos; los libros, en cambio, muestran una imagen apagada, ocultando la fuerza que el pintor les puso y que viene hacia nosotros cuando nos acercamos a ellos. Por eso, sólo abriré las páginas del recién comprado catálogo cuando pasen unos días y el frescor de la pintura se apague en mi retina.
            La sala se mueve a uno y otro lado. Dos grupos se balancean, como si fueran olas del mar. Uno tiene por guía a un muchacho italiano, que se disculpa por hablar mal el idioma y que, de vez en cuando, comete un error gramatical que todos perdonamos y que él rubrica con una sonrisa. El otro grupo se mueve en torno a una chica española que dice, en voz muy alta, acercaos que no me como a nadie. En los grupos hay de todo: mayores, jóvenes con short y mochila, extranjeros, desocupados. Todos ellos han cruzado los puentes de la feria y se han acercado aquí, al Museo, buscando otra perspectiva, quizá queriendo mecerse en el silencio, tras el ruido que acumula la otra parte de la ciudad. Ese mismo silencio acompaña la visita: únicamente las palabras aprendidas de los guías lo rompen y son como una música de fondo, como la letanía de las monjas, como una jaculatoria que se repite una y otra vez...

            Escaparse de los dos grupos es la única forma de mirar y ver, de aprehender, sentir y comunicarse con los rostros de quiénes nos observan a través de las telas. Todos nos espían, menos el Goya, el retrato pequeñito del poeta Moratín, que dispone su mirada por encima del hombro, hacia un punto inexistente, hacia alguien que, en el horizonte, entiende su media sonrisa. Nadie diría que esto lo ha hecho Goya, se oye comentar, echando de menos las alegres contorsiones de los diletantes de la pradera de San Isidro.
            La sala está llena de entrantes y salientes, en cada uno de los cuales aparece un cuadro, insospechado, casi oculto. Tras una de las paredes está el primer Picasso, decepcionante, tímido y casi sin hablarnos. En otro rincón, la huella del prerrafaelismo con dos indecorosos amantes, como si Leonardo Di Caprio y Kate Winslett hubieran huido del Titanic y, tras días de angustiosa travesía, desembocaran en esta playa, cansados y sudorosos, exhaustos, ambos cuerpos tendidos, cómplices y mojados. Al lado de esta exhuberancia las bañistas de Cezanne no tienen vida, son seres blancos y mortecinos, escapados de un grabado sin relieve, nada que ver con la tumultuosa presencia de Andrés Cortés que ha traído hasta aquí la feria de otros tiempos. Allí están los tratantes de ganado, las gitanas, los petimetres, las tiendas de lona como si representaran un campamento en el descanso de la batalla, justo delante del perfil romántico de la ciudad.

            La parte central de la sala se ha llenado, de pronto, de gente. Todos contemplan extasiados al grupo de brujas que se asoma al puente de Roma. Las brujas tienen el gesto arrogante, la cara sucia, la frente huidiza, los dientes apretados. Las brujas se balancean al mismo tiempo que el puente y cobijan entre ellas a la niña, la más terrible de todas porque anuncia lo que traerá el porvenir, maldad y miedo juntos seguramente. Al fondo está la ciudad: imperturbable arquitectura, solidez, tiempo y distancia. Todos los amantes han huido de la escena y se han marchado a otro lugar pues las brujas, con su presencia, han ocupado el espacio y todo el tiempo. Con ellas, Roma es una ciudad misteriosa, esperanzada, quizá, en que Anita Ekberg se bañe en la fontana de Trevi o en que los pequeños diablillos blancos de la primavera anuncien la adolescencia de los muchachos de Amarcord.
 El guía italiano se detiene ante un enorme paisaje: mueve las manos y expresa con el gesto que hay que pararse, que el cuadro contiene algunos de los secretos de la pintura aptos para ser entendidos por ese variopinto grupo que le sigue por toda la sala. Pero, sin que me vea, he logrado escaparme de nuevo, he dejado atrás el apabullante espacio gris de Normandía y he llegado al pequeño café en las afueras de París donde un grupo de mujeres se ha sentado a descansar junto a una mesa oscura, cubierta de un extraño mantel de flores, que da a la escena el aire de las bordadoras de Cantillana, cuando se inclinan en las tardes del verano sobre los mantones de Manila o sobre los mantos de las Vírgenes. Las mujeres del café ocultan sus caras, sólo un leve gesto anuncia su cansancio, ese momento único en que se permiten ser débiles, demostrar que no quieren ser vistas, que prefieren el anonimato y la soledad.

 Otras mujeres siembran la sala de rostros femeninos: mujeres altas, mujeres jóvenes, aristócratas, campesinas, bañistas, mujeres viejas y derrotadas... En una esquina está Miss Jeanning, semicubierta con un velo negro sobre su rostro; tiene la cara asombrada y desencajada, mostrando la pobre soledad de sus ropas; los objetos gastados rodeándola y un gesto impotente. Ni aquí, en este entorno azul y blanco de las altas salas del Museo, se detiene nadie y repara en ella. Es la mujer invisible, callada, quieta y lejana.
 Mujeres. Sobre todas ellas está la mujer de azul, la dama de azul de Raimundo de Madrazo, la más perfecta mujer de cuántas he hallado aquí, la más bella, misteriosa y triste mujer de todas las que elevan su mirada turbia en esta sala recorrida por los grupos, como pequeñas olas en la orilla del mar atlántico. La dama de azul tiene los ojos grises, la nariz rotunda, el porte elegante y todo en ella parece guardar un gran secreto. La mujer está esperando algo y ese algo le inquieta, de forma que nos transmite su inquietud. Esa espera es muy larga, es una espera de años, de tiempo, de siglos. Es nuestra espera: la espera de todas nosotras, por siempre. La mujer se adorna con una estola de piel oscura y refulge el azul del vestido y el azul del sombrero sobre el fondo oscuro del cuadro y sobre la pared de la sala, azul, azul cielo, de nuevo, como el cielo azul de Michaux.

 El guía presiente el cansancio y dice animoso que ahora veremos algo bueno: aquí está, por fin, Gauguin, ese laberinto de formas encajadas en el paisaje, ese tono verde mortecino, el cárdeno, el mostaza, los tonos del plein air, la pincelada gruesa, el anuncio de que otro tiempo llegará a los pinceles. El grupo se arremolina, observa, piensa, repara en los rostros sin mirada, sin ojos, sin manos, sin gestos... Eso es Gauguin cuando aún no ha decidido levar el ancla hacia los mares del sur. Sus mujeres son las lavanderas de Arlès y tienen el aire oculto y duro de la Provenza, el suave rumor de las tardes doradas en las orillas de los ríos y los estanques. El paisaje de Arlès me trae los recuerdos de mis días en el sur de Francia, que siempre vienen a la memoria cuando un pequeño detalle los invita a asomarse. Por muchos años que transcurran será imposible para mí olvidar las angostas carreteras sombreadas de árboles; las fuentes en las orillas de los caminos, señaladas con postes de piedra; la casa roja de Pedro y Marie; las hornacinas plagadas de flores del profesor Fesquet; los vestidos blancos, rosas y celestes de aquellos tiempos de pujante juventud...y algunos nombres: Uzés, Avignon, Marseille, Montpellier, Nimes...
 De nuevo, allí cerca, apartado del grupo, a salvo de la voz del guía italiano y del chillido de la española, está otro rostro que me atrapa, hacia el que vuelvo una y otra vez. Sorteando las figuras que pasan por delante y que también lo observan, están Zuloaga y el conde de Villamarciel, el hombre de blanco. Ese hombre está sentado y lleva un impecable traje de cuidados pliegues, calado el sombrero, la barba dispuesta y la nariz aguileña. El hombre nos mira y deja atrás, en el fondo, un dorado paisaje de árboles centelleantes, junto al fuego del atardecer y el anuncio del otoño. Los árboles no están quietos, parece que caminan, se arquean, fruncen las hojas y se tienden al paso; los árboles esperan la llegada de Gudrun y Úrsula, que, seguramente perdidas en sus cuitas amorosas, tardías y escondidas, aparecerán pronto llevando medias malvas y grises, grandes sombreros de plumas y un foulard de seda sobre los hombros.

            El hombre tiene manos cuidadas, gemelos de oro y una sortija en su dedo meñique. Está tranquilo. Quizá sea una tranquilidad expectante, John Wayne ante la irresistible Maureen O´Hara. Quizá sepa que, verdaderamente, no va a pasar nada, todo va a seguir imperturbable, ajeno a los cambios y anclado en ese momento, en que el hombre nos observa sin vernos, con los ojos enrojecidos y un gesto casi tierno. El hombre de blanco nos mira ignorando el camino que se abre a su espalda, un camino que quizá le conduzca, sí, por qué no, a la mujer de azul, a la dama de la estola de piel y los ojos grises, que espera imperturbable y ojerosa que el paso de los días le traiga noticias de este hombre de blanco, que tiene los ojos tristes y casi a punto de llorar.
 ¿Quién puede decirnos que, en cierta ocasión, no coincidieron ambos en la ópera, en el hipódromo, en un salón? ¿Por qué negar que esas miradas se hayan encontrado, que existan palabras desconocidas que se cruzaran y sigan recordando en la distancia? Los amantes suelen encontrarse en lugares extraños: Connie y el guardabosques se atisbaban en cualquier recodo del camino, cerca de la leñera o del lugar donde los animales comían su pienso. Úrsula y Birkin se veían en el aula, mientras enseñaban a los niños el dorado misterio de las flores y las hojas. Elizabeth y Darcy cruzaban los lagos de las tierras del Norte hasta que, por fin, tenían un momento de encuentro en el hermoso castillo familiar del Devonshire.

 La mujer de azul y el hombre de blanco están condenados a estar cerca, pero no se tocan, ni se miran, ni se sienten, ni se encuentran. Vez tras vez, en el ajetreado itinerario de los cuadros del museo, alguien los coloca en salas diferentes, en ángulos distintos, en lugares apartados. Así se acentúa la tristeza de la mujer de azul y el lloroso dudar del hombre, sentado ante un paisaje que ignora. Los blancos pliegues del traje y el azul intenso de los vestidos, juntos, nos dan la clave de que es así, de que todo esto no es más que una forma oculta de decirnos: estamos esperando, no nos cansaremos de esperar. No ocultaremos el rostro como las mujeres cansadas del café de París; ni buscaremos una bruja que nos haga un conjuro o una pócima de amor; ni nos abrazaremos con los amantes de la playa; ni tendremos las manos libres y el cuerpo ligero como los bailarines de Andrés Cortés.
 En medio del susurro de las voces de los guías creo percibir el sonido de los corazones de ambos, del hombre de blanco y de la mujer de azul, lejos, pero tan cerca...

(Tras visitar la exposición De Goya a Gauguin)

jueves, 25 de abril de 2013

En la muerte de Manuel Mairena, flamenco

 
Esta madrugada murió Manuel Mairena. Llevaba varios años sufriendo en el cuerpo y en el alma. Tenía 78 años y era el menor de los hermanos de Antonio Mairena, el maestro del cante. Manuel Mairena era un saetero de primera categoría, un cantaor honrado y un hombre bondadoso, serio y elegante. Era una buena persona, que admiraba a su hermano y que no sintió nunca envidia de que la genialidad de Antonio pudiera siquiera eclipsarle. Más bien, lo quiso hasta el último momento.
 
Leyendo las necrológicas y oyendo los comentarios que ha suscitado su muerte, he recordado los tiempos en los que tuve la ocasión, la fortuna, de tratarlo. Estaba yo embarazada de mi hijo Antonio y me regaló un precioso cuadro, enorme, en el que su hermano Antonio aparecía en su clásica pose con la Llave de Oro del Cante. Me dedicó ese cuadro con su letra de trazo antiguo y sigiloso.
 
Manuel Mairena participó en nuestros cursos de flamenco para docentes. Su participación era garantía de seriedad, de conocimiento y de generosidad. Tengo una preciosa foto que ahora no puedo ofreceros porque anda por ahí, en la que estamos juntos, al lado de Antonio Carrión, de Marcelo Sousa y de Manolo Calero, en un bar de San Juan de Aznalfarache, después de una de las sesiones de trabajo con profesores, enseñándoles, a través de los mejores artistas y ponentes, lo que era el flamenco. Éxito total cada vez que Manuel Mairena, Manolo Mairena, ofrecía su arte a auditorio tan interesado y tan respetuoso, algo que él agradecía enormemente. Esos ratos fueron mágicos. Los recuerdos de entonces los conservo como oro en paño en ese lugar de la memoria que contiene todo lo bueno que nos ha ido ocurriendo. Ahora, el mejor homenaje para él, es reiterar el respeto que produce alguien que es fiel a sí mismo durante toda su vida, que es capaz de conservar el legado que recibe y que, como persona, fue generoso con su arte y tuvo la nobleza de mirar de frente.
 
Descanse en paz, Manuel Mairena, en el cielo de los flamencos buenos.

 

miércoles, 24 de abril de 2013

El flamenco y las Artes

El Flamenco es música. El Flamenco es poesía. Pero es también, por qué no, el gesto, el espacio, el paisaje, los rostros… todo aquello que se encierra en una imagen. La imagen del Flamenco no la han creado los artistas del cante, el baile o el toque, sino los otros. Los  pintores y escultores, los creadores de figurines y decorados, los fotógrafos… El Flamenco ha llamado a la puerta de las otras artes y éstas, abriendo la cancela, han hecho entrar en su universo las visiones del Flamenco, que se perciben no sólo con los ojos, sino con el corazón, porque lo esencial, ya lo sabemos, es invisible a los ojos. Y el Flamenco tiene mucho de esencia, aunque también de arquitectura, de gran rompecabezas que se encaja tiempo a tiempo por aquellos que lo han construido.
La mirada que al Flamenco dedican las otras artes tiene mucho que ver con el Flamenco mismo, y, sobre todo, con las definiciones individuales y los sentimientos colectivos de generaciones, escuelas y estilos. No es, por lo tanto, una visión unívoca, sino un paseo por la historia de las artes, un conjunto de puntos de vista que parten de estéticas diferentes, de pensamientos e ideologías diversas. Esta multiplicidad de ecos nos permite conocer el Flamenco por medio de imágenes. Hace que podamos asomarnos a la gran ventana de la expresión plástica para descubrir allí algunas claves de lo que ha sido, y es, la historia de esta música universal. Asociadas a las imágenes están, asimismo, las huellas de la historia, que marcan el telón de fondo, porque los acontecimientos del Arte Flamenco no se realizan en un laboratorio de ensayo, sino que forman parte del devenir de la vida toda, del desarrollo histórico y cultural, artístico, de este país. Desde el tiempo en que el Flamenco existe, la expresión plástica se le ha acercado de muchas maneras y ha tomado, a veces como motivo principal y, en otras ocasiones, como elemento accesorio, las partes que lo configuran: los lugares del cante, los caminos, ventas, tablaos, colmaos, cafés cantantes, teatros, escenarios todos; los personajes: manos, rostros, gestos, expresiones, escorzos y voces; los atavíos, los ropajes, los adornos, los complementos…También ha plasmado las escenas: momentos únicos e irrepetibles que los pintores han dejado quietos, prendidos en el aire, descritos para siempre por medio del color, la luz, la línea, el movimiento…

Un doble camino es el que conduce del Flamenco a las Artes y desde éstas al Flamenco: Este Arte se ha convertido en fuente de inspiración y en tema para los contenidos de la Plástica, a la vez que también el Flamenco ha estado inmerso en la vorágine de cambios, escuelas, etapas, que ha afectado al conjunto de la historia de la cultura en nuestro país e, incluso, fuera de España. El Flamenco es, por ello mismo, una de las artes y es, a su vez, un motivo recurrente que algunas de ellas (Literatura, Plástica, Teatro, Cine, Música) toman como algo suyo, algo desde lo que iniciar la construcción de la obra artística.

             Flamenco itinerante

 Los dibujos que el francés Gustave Doré hizo para ilustrar “Viaje por España”, el clásico de la literatura de viajes del Barón de Davillier, no son únicamente la expresión de una estética, sino el recuerdo de un tiempo que se fue. Se trata de un espejo en el que mirarnos para ver una sociedad, un pueblo, que estaba en vías de extinción. En el caso del Arte Flamenco, Doré dibuja, por un lado, las escenas populares que descubren al Flamenco en pleno proceso de creación formal. Son los tiempos en los que se distinguía, con meridiana claridad, la escuela bolera o académica del baile popular, el que se hacía en los caminos, en las ventas de carretera, en los bailes de candil de algunos genuinos barrios de Andalucía la Baja. Estos músicos que retrata Doré, cual si fuera un fotógrafo ambulante, son tipos extraños, poco atractivos, casi desnudos y descalzos, que aparecen en raras contorsiones y con pobres vestimentas. Son los músicos callejeros, últimos escalones del arte, a quienes, años después, retratará  Picasso. Pero, además, el ilustrador francés, deja constancia del nacimiento de la escuela bolera, levantando acta de los nuevos estilos: el jaleo de Jerez, la Malagueña, el Ole de la Curra, el Zapateado…
                                   
                    Luces y sombras del Costumbrismo

 La pintura costumbrista de tema flamenco no es solamente aquella que se lleva a cabo por los artistas incardinados en esta corriente artística. Aunque el Costumbrismo en su sentido estricto ocupó el segundo tercio del siglo XIX y luego dejó paso a otros movimientos, su forma de mirar el Arte Flamenco trascendió a otros estilos, de manera que los artistas del Realismo posterior continúan ofreciendo esa mirada, ese acercamiento basado en destacar ciertas particulares visiones. Por ello, seguramente sea el Costumbrismo el lenguaje que más se ha acercado a la interpretación del Arte Flamenco, el que más interés ha mostrado por esta manifestación artística y  el que lo ha tomado en mayor número de ocasiones como tema central de su temática. No obstante, el Costumbrismo tiene mala fama, porque ha dado lugar, en primer término, a una fijación de modelos difícil de cambiar. La pintura Costumbrista, en sentido amplio, ha puesto sobre la mesa, al alcance de todos, una estética basada en el tópico, en lo popular, en el predominio de las escenas de bullicio y fiesta, en un Flamenco, digamos, de “exteriores”. En esta propuesta no tiene sitio el dolor, la queja o el lamento. El Flamenco aquí es la música que acompaña a las celebraciones familiares, a los bautizos, bodas, comuniones, reuniones de amigos y vecinos, en torno a los paisajes vivenciales de las agrociudades andaluzas, espacios geográficos en los que el Flamenco eclosiona, de forma paralela y en los mismos años en que formulan su obra estos pintores. Son, pues, miradas contemporáneas, que no sienten nostalgia, sino simple afán narrativo, pues el Flamenco les proporciona material adecuado para expresar su arte y llenarlo de luces, colores y movimientos. Así aparecen el patio o corral de vecinos, el colmao, las ventas, los tablaos, las plazas de los pueblos, los caminos… Son, a la vez, visiones rurales y urbanas, plenas de alegría, de anécdotas, de pequeños detalles que son la  muestra clara de la capacidad de observación de los artistas; son visiones, en fin, en las que lo trascendente no existe, sino sólo el instante, el dejar paso al momento. Carpe diem.

En esta línea realizan su obra los Cabral Bejarano, los Bécquer, Manuel Rodríguez de Guzmán o Andrés Cortés; también el prolífico José García Ramos. Sobre todos ellos, la imponente modernidad de José Villegas, extraordinario pintor que evolucionó desde el Realismo a un Simbolismo cargado de componentes místicos y que realizó quizá el más portentoso retrato que se haya realizado a una artista del Flamenco: el de Pastora Imperio.
Una sinfonía plena de rosa y plata, ofrece, con delicado trazo, el saludo de la bailaora al público. No narra, pues, el momento fervoroso de la danza, sino el posterior reposo, el tiempo de la gloria, al modo en que, años después, lo haría Santiago Martínez en su obra “Después del baile”.

                                    Un hombre solo

El caso de Julio Romero de Torres requiere un momento de reflexión, una parada en este camino que estamos recorriendo juntos. No basta decir de él que representa el momento más interesante del Simbolismo hispano, de hondas raíces populares y con significados que, sólo años más tarde, retomará el Surrealismo de la mano de Lorca y otros artistas. Julio Romero de Torres es el modelo de artista independiente, no subordinado a las modas, consciente de su creatividad y de su propio lenguaje, poseedor de una estética sin concesiones. La excesiva mercantilización de sus obras, repetidas hasta la saciedad en formatos muchas veces abominables, no puede hacernos olvidar la potencia de su contribución a la pintura de tema flamenco. El retrato que realizó a Pastora Pavón “La Niña de los Peines” bastaría para situarlo en un lugar privilegiado de la plástica flamenca.
                                    El estallido del color

Tras Julio Romero de Torres, el paisaje pictórico renueva su acostumbrada tensión entre las corrientes tradicionales y las nuevas formas que llegan del extranjero, sobre todo de París, el nuevo centro del Arte desde finales del siglo XIX. Las huellas del Impresionismo se expresan en dos escuelas basadas en el empleo del color y de la luz, poseedoras ambas de una nómina de artistas que hacen frecuentes incursiones en el tema flamenco: se trata del Luminismo Mediterráneo y el Impresionismo Andaluz. El primero de ellos nos proporciona las obras de Joaquín Sorolla y de Hermenegildo Anglada Camarasa. El Impresionismo Andaluz abarca los trabajos, de clara inspiración flamenca, de Gonzalo Bilbao, Gustavo Bacarisas y Javier de Wintuysen. A caballo entre el Impresionismo y el Expresionismo se movió José López Mezquita, que continuó la obra de Sorolla para la Hispanic Society de Nueva York, reflejando costumbres y tipos flamencos. Todos ellos, desde sus diferentes condiciones artísticas y trayectorias vitales,  dan un paso adelante en medio del academicismo imperante y proporcionan una estética más acorde a los nuevos tiempos y un acercamiento a las técnicas que postulaban los artistas franceses. Las escenas de baile son el elemento que más posibilidades ofrece y aparecen en ellos de forma reiterada. Son bailes que se realizan en el vacío, en los espacios exteriores, junto al mar, en el entorno festivo de los patios, en las romerías, en jardines de cuidado trazo… La sensualidad de los cuerpos, los tonos nacarados, los ropajes y sus movimientos, caracterizan un nuevo lenguaje que saca a la pintura de tema flamenco de los estereotipos y los tópicos anteriores. El lenguaje de la luz se escribe de forma muy diversa en estos artistas aunque con un denominador común. Significan estas obras la plena entrada de la modernidad en la pintura española, trazando así una senda que verá pronto sus más espléndidos frutos.
                                    El sonido de las vanguardias

 Los movimientos artísticos de la vanguardia histórica, surgidos como reacción al arte burgués a partir de 1848, ofrecen una larga nómina de artistas que se han acercado al tema flamenco, tanto desde dentro como desde fuera de España. Este interés está en relación con la apuesta vanguardista por las culturas exóticas, por el primitivismo, que desató un interés renovado por España y sus gentes, destacando sobremanera el número de artistas que viajan a Andalucía. A esa vanguardia arriban pintores adscritos a diversos movimientos de los muchos que se dan fugazmente en un escaso período de tiempo. Matisse, Picabia, Sonia y Robert Delaunay, siguen el camino abierto por Edouard Manet e incluyen temáticas flamencas en sus obras. Desde esta orilla resulta especialmente importante destacar la preocupación por esta temática de los artistas que forman lo que se ha dado en llamar la Edad de Plata de nuestra cultura, agrupados en torno a las revistas pioneras de la vanguardia, a la Residencia de Estudiantes o dentro del grupo que se denomina Españoles de la Escuela de París. El cartel del Concurso de Granada de 1922 que realizó Manuel Ángeles Ortiz es sólo una manifestación más de este acercamiento, también presente en las obras de Zuloaga, Solana, Romero Ressendi, Moreno Villa, Gargallo, Gregorio Prieto o Iturrino. Todo ello sin olvidar los dibujos surrealistas de Rafael Alberti y Federico García Lorca, a caballo siempre entre varias artes, pintura, poesía y música. Parece que, por una vez, la eterna dialéctica entre tradición y vanguardia, se resuelve a favor de esta última. La confluencia en un mismo tiempo histórico de toda una constelación de genios no deja de ser un fenómeno que causa el más vivo asombro. El primer tercio del siglo XX contempló en España un auge cultural sin precedentes, salvo en el siglo de los Clásicos. Todas las artes están en plena ebullición y elevan su cota hasta niveles insospechados. De igual modo el Flamenco, en estos años, mantiene en los escenarios algunas de sus voces más preclaras, una edad de oro, sin discusión. Este momento trascendental sólo tiene su epílogo con el episodio bélico de la contienda civil. La guerra  que arrasó España desde 1936 a 1939 fue el muro de contención en el que se estrellaron todas las propuestas, las ilusiones, la arquitectura de talento que se había construido años anteriores, desde el final del siglo XIX. Por ello, cualquier análisis que se realice en los diversos ámbitos culturales y artísticos tiene que tener en cuenta este hecho y la evidencia del exilio, que arrojó fuera del circuito cultural español a las mentes más preclaras, no sólo artistas, sino pensadores, catedráticos, intelectuales en general. También en el Arte Flamenco se produce este parón, inicio de un paréntesis de nieve que enterraría en cenizas lo que fue el esplendor de los años anteriores, que habían contemplado la vigencia de los teatros y los cafés cantantes, además del esplendoroso nacimiento del cinematógrafo, que tuvo en el tema flamenco un venero inagotable. Las propuestas estéticas de la vanguardia histórica no terminan, pues, por agotamiento de las escuelas, los movimientos o los artistas, sino de forma dramática y sin paliativos, algo de lo que todavía podría hablarnos, y mucho, Pepín Bello, gozoso superviviente.
                                

Visiones más hondas

La aparición en la escena plástica de los artistas conocidos como pintores-aficionados, marca un nuevo territorio en relación con la dialéctica Flamenco-Arte. Aparece así una nueva lectura del Flamenco, realizada desde dentro, lo que da lugar a un fenómeno de “interiores”. Es el retrato el género más cultivado en esta nueva etapa de la plástica flamenca y adquiere, de esta forma, un inusitado protagonismo el cante, tan poco representado con anterioridad, ya que se trata de reproducir el sentimiento, la fuerza de la música que se genera en el corazón del artista, su queja, su alegría, su vivencia, en suma. En la extensa relación de artistas que participan de este movimiento, nunca organizado aunque sí evidente, hay que reseñar dos nombres ilustres, los de Antonio Povedano y Francisco Moreno Galván, máximos exponentes de esta tendencia. Asistimos, en estos años, al auge del cartelismo flamenco, propiciado por una nueva manera de acercar este Arte a los públicos. Tras el paréntesis de la guerra civil, el Flamenco vuelve a los escenarios durante unos años, en forma de compañías de género mixto que supusieron el único contacto de los pueblos y sus gentes con el arte. Sin embargo, a partir de los años cincuenta, los escenarios habituales y las compañías de variedades son sustituidos, casi en su totalidad, por lo que se da en llamar la época de los Festivales Flamencos, encuentros organizados en torno, sobre todo, al cante, sin mixtificación de géneros, que dan lugar a una nueva ortodoxia flamenca. Es en este contexto en el que la obra de los artistas-aficionados adquiere su total significación.

                                    ¿Y ahora qué?

No se ha apagado el fuego del interés por el Flamenco, sino que sigue presente y bien presente en los artistas plásticos contemporáneos, muy especialmente en aquellos que explorando nuevos caminos han concluido que el Flamenco es una música esencial que extiende sus brazos hacia otros territorios. Esta idea ha dado lugar a formas plásticas variopintas, que no pueden ser encuadradas en contextos comunes, sino que participan del eclecticismo imperante en el panorama plástico actual. La mirada de los artistas al Flamenco de hoy tiene muchos matices, tantos como pintores, escultores o fotógrafos, que también desde este terreno se han efectuado maniobras de cercanía. Los maestros que abrieron el camino, como Pepi Sánchez, Alfonso Grosso, Joaquín Sáenz o González Santos, han dado paso a los nombres que todos conocemos: Ignacio Tovar, Pérez Villalta, Juan Lacomba o Pedro G. Romero.

 (Artículo publicado en la Revista Litoral. Catalina León Benítez)
 

miércoles, 10 de abril de 2013

Homenaje a Rancapino

Rancapino tiene una inmensa mata de pelo gris y mantiene el aire de siempre. El aire y el compás porque, aunque su voz, siempre difícil, lucha por salir, no hay forma de que se desvíe de su cante de siempre. Veo a Rancapino y me acuerdo de Chiclana, su pueblo y el mío, aunque él es de La Banda y yo de El Lugar (y si no eres de por allí no entenderás qué significado tiene eso). Me acuerdo del Canario, del colegio Santa Ana, de la calle La Vega, de la calle Fierro (en la que nací, al lado de la plaza de España y en la esquina del Cabezo). Me acuerdo del bar Cachito, de La Barrosa, del puente sobre el río Iro, de La Predilecta...

Estos días pasados le han hecho un homenaje en Sevilla, en el Teatro Lope de Vega. No es frecuente homenajear a los secundarios de oro del flamenco, gente con trayectoria y conocimientos pero que no han estado en la primerísima fila, porque, como en todo, hay cuestiones relacionadas con la suerte que no se pueden controlar. En este caso, ese homenaje ha sido cosa de la gente que ahora mismo está en la cima, lo que no deja de ser digno de reseñar, porque uno suele olvidarse de lo de atrás cuando está delante. Miguel Poveda ha sido el aglutinante del acto y a él han acudido artistas nuevos y consagrados.

Presencié el homenaje desde mi fila favorita del Teatro Lope de Vega y en compañía de mi amiga Gema, malagueña y gran aficionada, tanto que incluso sabe bailar muy bien flamenco. El contenido fue heterogéneo pero, aunque duró mucho, no se hizo pesado, porque estuvo equilibrado y diverso. El joven Kiko Peña, que abrió, cantó muy bien y con ganas. Todavía le falta mucho, pero tiene madera para llegar a más. Después, Antonio Reyes, paisano, de Chiclana, que es ahora mismo un artista de enorme proyección, llamado a conseguir grandes metas y si no, al tiempo. Tiene una estupenda voz y muy buena presencia, igual que Kiko. Un aire muy actual pero todo dentro del enorme respeto a la tradición que suele ser usual en los que comienzan.

Por su parte, y a continuación, tuvimos ocasión de escuchar a Árcangel, consagrado ya hace algún tiempo, artista personal, con voz muy suya y con una forma de hacer el cante que le ha hecho ganar muchos adeptos, aunque también críticas de aquellos que la consideran demasiado dulce o sencilla. Ya sabemos que en el flamenco las críticas son siempre hacia el mismo lado.

Arcángel protagonizó con Miguel Poveda uno de los momentos más memorables que recuerdo haber vivido en el flamenco. Cantaron mano a mano, a modo de improvisación, de una manera única y llena de emoción. Una orquesta sinfónica parecía aquello, algo inenarrable que levantó a la gente por primera vez. Después Poveda siguió con su intervención y cantó por Cádiz para chillarle de bien que estuvo. Daba gloria. Se acordó de todo lo que tenía que acordarse y le dio su toque particular. De compás, sobrado. Como gaditana, escuchar cantar por Cádiz con solvencia es lo que más me emociona. Y Poveda sabe hacerlo con categoría y talento.

Juanito Villar, gaditano, tuvo un intervención importante, seria y en su estilo, respetuoso con el legado flamenco y con su propia personalidad. Después, la guitarra de Paco Cepero y sus dos acompañantes, jóvenes guitarristas de su escuela, nos hizo vivir otro momento mágico. Impresionante interpretación que levantó, de nuevo, al público de su asiento.

Después, cómo no, Rancapino hijo, también artista y bueno, estupenda voz, ángel y mucha proyección futura, seguro, si encuentra su propio camino, que debe buscarse como todo artista.
El acto tuvo dos cierres de oro. El primero, como no podía ser de otra forma en el transcurso de un homenaje que se da en vida, porque así se pueden disfrutar las cosas, estuvo a cargo del protagonista, al que todos los artistas habían dedicado sus actuaciones, Rancapino, con su pelo blanco, su magnífico guitarrista que tenía un arte tocando que es difícil de describir y su forma de cantar tan especial, con esa voz agotada que ahora deja más intuir los cantes que nunca. Pero sin salirse del sitio, sin buscar atajos.

El fin de fiesta fue espectacular. Matilde Coral bailó como hacía años, espléndida. La nieta de Rancapino, también bailó, con siete u ocho años y sombrero tejano. Todos en el escenario, más la familia de Rancapino, que ahora lo acompaña en sus recitales, dieron el do de pecho. Bailaron, cantaron, jalearon, tocaron las palmas...Todos por igual, como diría un capataz de la Semana Santa.


martes, 2 de abril de 2013

Quien siembra...¿recoge?

Siempre oí decir que, cuando uno trata bien a la gente, hay una recompensa en forma de cariño, de lealtad, de agradecimiento. Me enseñaron, no obstante, que hacer las cosas bien es lo natural. Creo que a esto se le llama "tener principios". Se suelen aprender con el ejemplo, de los padres, sobre todo. Los míos tenían principios: jamás hicieron daño a nadie, eran agradecidos, honestos y leales. 

Pero luego he visto muchas cosas: personas a las que has tratado exquisitamente, incluso ayudado, escuchado, comprendido...Compañeros que han tenido en ti, no un jefe, cuando podías serlo, sino a un colega, una persona dispuesta a entender...He visto muchas cosas y creo que ese refrán no es verdad. Hay quien devuelve traición, deslealtad y engaño. Pero no es nuestra culpa, sino de ellos. No caigamos en su trampa. Hay gente mala y punto. Lo dice Espido Freire en su último libro: Los malos de los cuentos. Gente tóxica. La última adquisición, esa supuesta psicóloga, con faltas de ortografía y, como dicen en mi tierra, "más floja que un fango".