domingo, 10 de noviembre de 2013

Cernuda, 1963

Recuerdo algunas cosas de 1963, pero desde luego nada en aquel año me habló de Cernuda. En mi calle nadie habló de él, ni en mi colegio. Nadie me contó que en ese año había muerto, un día cualquiera de ese año. Muy lejos, además. Los primeros poetas que conocí venían en los libros de lengua y literatura del instituto. Los primeros poemas, los del colegio, eran de Amado Nervo y de Nicolás Guillén. Cuando tuve posibilidad de elegir, profundicé en Miguel Hernández. Sin lugar a dudas fue el poeta de mi adolescencia, del que lo leí todo, incluidas biografías y ensayos sobre su vida y su obra.
Lo de Cernuda vino más tarde, mucho después. Después de Lorca, de Machado, de Altolaguirre incluso. Bastante después. Pero cuando lo conocí, quise conocerlo más y así he leído todo lo suyo y su poesía la siento muy cercana y también su desengaño, su escaso sentimiento de pertenencia a los sitios, su carácter agrio y su timidez asustada.
Ahora me parece que la poesía de Cernuda es una alta cumbre a la que hay que llegar muy despacio y pensándolo bien. Si quieres conocerlo mejor, puedes leer la biografía en dos tomos que escribió el también poeta sevillano Antonio Rivero Taravillo. Inmejorable labor de divulgación del verdadero Cernuda la que hace este escritor.
 
 
 
 

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