sábado, 20 de julio de 2013

Una escuela llamada Soledad...



La escuela tenía solamente cuatro aulas. Era, pues, una escuela muy pequeña, la escuela más pequeña que he conocido nunca. Las aulas estaban situadas dos a dos, unas orientadas al norte y otras al sur. En medio de ellas, unos pequeños cuartitos indicaban los aseos. La escuela era tan pequeña que no tenía sala de reuniones, ni de reprografía, ni despachos, ni nada, nada salvo esas cuatro aulitas, enfrentadas entre sí, unas al norte y otras al sur.

 Era esa orientación la que las diferenciaba. Las aulas que daban al sur eran muy alegres, pues recibían la luz del sol de forma respetuosa y placentera, menos, en los meses de calor y mucho más en los de invierno. La humedad se evaporaba como por arte de magia en sus paredes cuando recibían los clamorosos rayos y el aire del viento sur, lluvioso pero cálido. En cambio, las aulitas del norte eran sombrías, tenían siempre una pátina de oscuridad y tristeza, porque el sol pasaba de largo y sólo recibían el influjo de los vientos pesados del norte, los más fríos y racheados.

         La escuela estaba en el centro de una plaza. Era una plaza rectangular y elevada, a la que se accedía desde las calles circundantes subiendo unas escaleras que estaban en las esquinas. Las casas, de una sola planta, blancas, humildes e irregulares, rodeaban la escuela a todo lo largo del perímetro de la plaza. Ésta tenía un nombre poético: Plaza de la Soledad, y así se llamaba también la escuela, que no tenía un nombre propio sino el de la plaza, porque era como todos la conocían. Los niños decían “voy a la Soledad y todos entendían allí que era uno de los niños que tenían su aula en la pequeña escuela. Eran niños pequeños porque sólo había tres niveles de primaria y estaban mezclados los niños y las niñas, cosa extraña y única en el pueblo, porque esta escuela era diferente a las otras.

         La escuela era de color blanco, un blanco de cal, con protuberancias y raspaduras, lleno de huecos que se habían rellenado de forma manual, con unos desconchones más grises y unos zócalos de ladrillo oscuro. Tenía unas ventanas anchas y alargadas, de madera casi negra y no disponía de persianas. Por eso las maestras cosieron aquel año unas cortinas rojas y blancas, de cuadritos, muy parecidas a los babis que llevaban algunas de las niñas, con tela de retales que compraron en el mercadillo. Las cortinas hicieron que las aulas parecieran casas y que la escuela semejara un pequeño hotel, casi un hogar, donde pasaban lentas las horas y donde siempre había un leve murmullo acompasado.

          En la escuela había tres maestras y un maestro. El maestro era un joven de treinta años, con el pelo oscuro y los ojos verdes, muy guapo y entusiasta. Las maestras eran casi unas niñas, todas recién terminadas, sin llegar siquiera a los veinte años. Una de ellas tenía el pelo muy negro y lacio; otra, una melena castaña y rizada; la tercera, por fin, tenía el pelo claro, casi rubio, ondulado y suave. La maestra del cabello castaño era gallega y mezclaba las palabras en los dos idiomas, trazando en la pizarra palabras que los niños no conocían al principio, aunque luego llegaron a entenderlas, palabras de su tierra natal, recuerdos nostálgicos de otros lugares más verdes, más lluviosos, de escenas de su infancia y de su familia. Quería volver a Galicia y suspiraba por estar en sus inviernos, protestando del sol y de la intensidad del calor de las mañanas del otoño en la escuela. Tenía las uñas muy largas y el rostro anguloso, con unos ojos claros y quietos que veían más allá del sinuoso marco de la carretera que llevaba a la plaza y a la escuela que había en ella.

 Otra de las maestras estaba a punto de casarse. Todas las tardes repasaba durante el pequeño recreo las cosas que aún le faltaban por comprar, los detalles del ajuar, del piso, comentando las pequeñas obras que hacía, el encargo del convite y de los vestidos de novia, las cartas que recibía de su prometido y las peleas familiares por mil y un conflictos que surgían todos los días en la preparación del matrimonio. Ese era su tema de conversación casi diario y las otras maestras la miraban en silencio sin entender casi nada de su preocupación y sus desvelos, pues ninguna de ellas veía que casarse formara parte de sus vidas en ese momento.

           La tercera maestra era más joven que las otras y tenía más entusiasmo, más ilusión por enseñar. Tenía la suerte de saber que eso era lo que quería hacer (algo que muchos maestros no logran sentir nunca) y preparaba cuidadosamente cada día los rincones, las fichas, los archivadores, los pupitres y lápices. Usaba un cuaderno en el que anotaba las cosas de cada día, un diario de clase de tapas duras y rojas en el que reflejaba el trabajo, las compras, los progresos, las ideas que se le ocurrían conforme iban pasando las horas. Las horas se unían unas a otras formando días. Los días se sucedían y estaban llenos de tareas, pero ninguna parecía igual a otra, porque todas tenían su secreto y en ellas siempre florecía algún niño, alguien que descubría, por fin, una pequeña esquina del saber.

 A la escuela llegaban, todos los años, la Navidad y el Carnaval. El mes de diciembre era la antesala de las dichas y todos preparaban con esmero las aulas para recibir la buena noticia. En la esquina se colocaba un nacimiento, hecho con figuritas de plastilina, de papel o de barro, que los propios niños traían y organizaban. Había también tiras de espumillón en los dinteles de las puertas y las ventanas; figuras recortadas colgadas de un hilo en las pizarras; adornos pintados en los cristales con unas plantillas que hacían las maestras con mucho cuidado... Los niños llevaban panderetas y zambombas y todos los días, al final de la jornada, ya en la tarde, se cantaban villancicos antes de que la escuela se quedara sola, muda y sombría. Los últimos días antes de las vacaciones, había funciones de teatro y los niños se vestían de pastores, de vírgenes y santos, recitaban poemas y hacían juegos y carreras en la plaza, en torno a la escuela, porque no había patio de recreo y la plaza era el reino de la escuela.

           Cuando ya había el invierno llegado casi a su fin, amanecía el Carnaval. No había que enseñar la música ni la letra: todos los niños sabían tocar el tambor con un palito hecho por ellos mismos; soplaban con decisión el pito de caña y cantaban estribillos. El Carnaval había sido siempre cosa de todos ellos y en sus casas, las madres hacían disfraces de casi todo: de retales viejos, de restos de telas, de papel, de purpurina, de cartón...El Carnaval llenaba la plaza de animales, flores, palomas, payasos, indios, mosqueteros y hadas. Todas las niñas querían ser hadas y todos los niños querían parecerse a D´Artagnan. Los días anteriores a la fiesta pasaban mucho tiempo pintando caretas y carteles con grandes letras que invitaban a todos a celebrar que, pronto, la primavera acabaría con la tristeza del invierno.

           Uno de esos carnavales, la tercera maestra se enamoró. Vio al maestro con un disfraz de bandido, con el rostro tapado con un antifaz, excepto los ojos. Los ojos eran verdes, verdes y tenían puntillitas de color dorado alrededor de la pupila. Imposible resistirse a esos ojos si una tiene menos de veinte años y todavía no ha recibido ninguna carta de amor. Fue el primer amor para ella y el último verdadero para él, pues, cuando la tercera maestra se marchó, terminó casándose con una guapa muchacha que no llegó a entender nada de sus extrañas aficiones: buscar piedras viejas y hachas de sílex; hacer mapas donde señalar los restos de castillos y haciendas de otros tiempos; coleccionar libros antiguos...

Los niños de la escuela eran felices. Todo el mundo lo notaba y lo entendía como algo natural. El motivo de su felicidad es muy difícil de describir, a pesar de todo. Fueron sólo unos años pero les sirvió para siempre: rellenaron el vacío y la pobreza con versos de poetas que leían hora tras hora; guardaron en su interior las muchas tardes de canciones y de risas; conservaron en su memoria las imágenes de las maestras y los ojos verdes del maestro, siempre risueños. Son muchos tesoros, desde luego, suficientes para quiénes no habían tenido nada de eso antes y no volverían a tenerlo jamás. Pero hay ciertas cosas que, una vez poseídas, duran toda la vida.

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