viernes, 28 de junio de 2013

La verdad sobre el caso Harry Quebert

Al final todo consiste en entrar en el libro, descorrer sus cortinas, ahondar en sus secretos. Leer es un acto de esperanza en que ese libro contenga un paraíso que nos produzca, al menos, un instante de felicidad. Las causas por las cuales compramos un libro son tan diversas como las personas. En mi caso, ya lo he contado alguna vez, no me suelo dejar llevar por las grandes campañas de marketing, ni por los premios literarios con dotación millonaria. Más bien sigo mi propia intuición. Me gustan las editoriales independientes, los empeños editoriales llenos de originalidad. Pero, sobre todo, me gustan los autores desconocidos, me gusta descubrir nuevos autores, gente desconocida plena de talento. Como en este caso.


He recibido la llegada de este libro con el deseo de zambullirme en sus páginas en estas horas obligadas de hospital, en las que el dolor por el ser querido se alía inevitablemente con el cansancio, la desesperación, la impotencia...Los hospitales están llenos de interrupciones. La rutina de las enfermeras marca el paso de las horas: el suero, los medicamentos, el termómetro, la tensión, la limpieza, la comida...La visita del médico, portador de noticias, malas o buenas, es uno de los momentos más esperados. Leer en un hospital requiere voluntad para no perder el hilo y ser capazde hacerlo  entre las interrupciones, las sillas incómodas y las visitas.

Este libro, del que hoy escribo y cuya portada figura en la columna lateral de este blog, ha arrasado y va a seguir haciéndolo.Es uno de esos libros de autor desconocido a los que encumbra el boca a boca, la promoción más barata y efectiva que existe. Como es bastante voluminoso puede ocuparte muchas horas de verano o, como en mi caso, de hospital. Su autor es un joven suizo de 1985, Joël Dicker. Es una segunda novela cuyo éxito empujará a la luz la primera, la que pasó desapercibida y que, seguramente, no podrá brillar tanto como esta. Me imagino a Joël buscando en su mente la historia que deberá escribir en tercer lugar y que dará continuidad a su carrera como escritor. Me lo imagino, como al protagonista del libro, temiendo ante la sequía del folio en blanco. Así estoy yo misma, con mi primera novela atascada hace días.
         

Hay escritores de larga carrera. Otros tienen solamente una obra, aunque sea magistral. Incluso los hay cuyas obras ni siquiera se han publicado en vida y aparecen póstumamente ante el inquieto regocijo de sus lectores, que temen el final de esos manuscritos inéditos. Otros han obtenido un rotundo éxito acompañado de obras menores que no han logrado estar a la altura. Tendremos que esperar a ver cuál es el caso de Dicker.

De momento aquí está "La verdad sobre el caso Harry Quebert" editado por Alfaguara, con sus 663 páginas y su portada hiperrealista, típicamente americana, de colores puros y planos. Sin olvidarnos, como solemos hacer, de la traducción de Juan Carlos Durán Romero.
Como suele ser usual, el libro incorpora referencias de prestigiosos medios que hablan de sus muchas
bondades. A mí no me interesan. También se reseñan los premios que ha obtenido y los que ha estado a punto de obtener.
Pero mi decisión de comprar el libro vino dada por una acción absolutamente empírica. Bastó leer sus primeras páginas en una descarga gratuita y promocional para desear fervientemente conocer quién mató a Nola Kellergan aquel verano de 1975. 
Sugerencia para posibles interesados en trasladar el libro al cine: mucho cuidado con el casting. Y otra cosa, la frase sobre los editores que está en los renglones 27, 28, 29 de la página 31. Inigualable.

viernes, 21 de junio de 2013

Tiempos difíciles

Charles Dickens lo hubiera expresado con genialidad. Estos tiempos de zozobra, esta búsqueda de la mejora, sin saber si llegará y si nos sacará del marasmo. En todos los rincones de la sociedad hay una insatisfacción, una necesidad de que algo cambie y que ese cambio sea para bien. No hay recetas, entretanto, salvo el trabajo individual y callado, la honestidad, la decencia, aunque sean cosa antigua que parece que no da réditos. Pero, además, necesitamos consuelo, consuelo ante la enfermedad, la duda, la incertidumbre, la soledad, la desesperanza. Consuelo ante el horizonte incierto, ante el azote del dolor, ante la pobreza, la miseria y la necesidad. Consuelo ante la traición, la ignorancia, el egoísmo, la mediocridad. Consuelo ante los que mandan, los que se perpetúan en el poder, los que no hacen autocrítica. Consuelo.
Ahí están, por eso, los libros. También las películas, desde luego. Y la música. El arte, la cultura en general, ese alimento del espíritu tan necesario, en el que creo expresamente. Pero los libros...se abren ante nosotros en silencio, sin exigirnos nada, sin pedirnos nada a cambio. Alguien escribió ese libro para que lo leamos, para que nos haga reír, o pensar, o llorar. Cuando abrimos el libro, dejamos de estar solos. Se concitan en ese momento entre nosotros todos sus lectores y también la persona que lo escribió, que le dedicó horas al folio en blanco, a luchar contra la falta de inspiración o el desánimo. Amo los libros por eso, porque salvan del naufragio, colocando delante de nosotros una luz, difusa, pequeña, pero cierta.
Al lado de estas palabras, en la columna lateral de este blog, hay algunos libros que he leído y que han sido importantes, son importantes, por el efecto que han causado, algunos inmediato y otros más duradero. Ay, los libros, en tiempos difíciles solamente ellos escriben nuestro nombre sin olvidarnos...


domingo, 16 de junio de 2013

De nuevo, Sánchez Mejías, Ignacio


Desde hace mucho tiempo me vengo encontrando con Ignacio Sánchez Mejías. No sé por qué llegó a mis manos una edición de sus “Artículos periodísticos”. Un fragmento de ellos lo incluí en mi libro sobre Manolo Caracol, porque hablaba de Joselito el Gallo, pariente, como sabemos, del cantaor. Me resultaba muy intrigante su figura, sus múltiples facetas, su poliédrica personalidad, tan difícil, imposible, de encasillar, tan independiente, tan rara (en el sentido de poco corriente) en la España que le tocó vivir. Cuando estuve trabajando sobre el libro que he citado y también al investigar y escribir sobre el flamenco y las artes plásticas (sobre todo, en su relación con las vanguardias históricas), volvía a aparecer la figura de Ignacio, siempre en un telón de fondo complejo y difícil de definir. Su relación con La Argentinita, la excelente artista del baile y del cante que ha dejado para la historia del flamenco algunos hitos indudables; su parentesco con los Gallos (de la casa de los Ortega) por su matrimonio con Lola Gómez Ortega, la hija de Gabriela; su presencia en las jornadas fundacionales de la Generación del 27 en el Ateneo de Sevilla, todo ello se me ha antojado siempre revelador, interesante, digno de profundizar y de conocer.

 Afortunadamente, ha llegado a mis manos hace escasos días un libro que responde a muchas de las interrogantes que yo me había planteado y que dibuja, de una forma certera, plena, total, la personalidad de Ignacio Sánchez Mejías. Se trata del libro de Andrés Amorós y Antonio Fernández Torres, que ha editado Almuzara y que se titula “Ignacio Sánchez Mejías, el hombre de la Edad de Plata”. Hay libros que se degustan poco a poco, buscando huecos en el tiempo y en la tarea diaria. Pero hay otros que han de liquidarse de un trago, porque es imposible dejar de leerlos, y porque, hasta que no se terminan, no desaparece en nosotros el desasosiego del descubrimiento. Este último caso es el de este libro que, desde ahora, os recomiendo a todos.

 Aunque solamente fuera porque su muerte inspiró la más elevada obra poética laudatoria y necrológica (ya sabéis: Llanto por Ignacio Sánchez Mejías, de Federico García Lorca), habría que detenerse en la figura de este andaluz que tuvo la extraña virtud de concitar apasionados amores y odios hasta la muerte. Odios que no tenían que ver con militancias y con posiciones, sino con el resquemor que, a los que no lo son, les provoca el hombre libre. Porque eso era Ignacio Sánchez Mejías, un hombre libre que, por ello mismo, transitó por todos los campos que su inteligencia, su ansia de conocer y de volar, quería: hijo de burgueses acomodados, fue banderillero, torero, empresario, piloto, presidente del Betis, presidente de la Cruz Roja, presidente de la Unión de Matadores, emprendedor de nuevas ideas todavía no arraigadas, diletante, amigo de sus amigos, hombre enamorado, escritor, articulista, dramaturgo, mecenas…En el libro que os cito nos cuentan sus autores que había únicamente dos cosas que Ignacio quería saber hacer y que no dominaba: el arte de escribir poesía y el de cantar flamenco. Este hombre del renacimiento que vivió la Edad de Plata, ese período esplendoroso de la historia de la cultura y la ciencia de España en el que se concitaron los astros para alumbrar lo mejor en todos los terrenos, era, según algunos en grado máximo, un hombre generoso, ecuánime y valiente. Valiente porque defendía sus argumentos con la palabra, aún en contra de los poderosos, sean cuales fueran éstos.

Sé que os parecerá mucho entusiasmo por mi parte, pero os recomiendo que leáis este libro porque su lectura nos reconcilia, al menos a mí me ha pasado, con la especie humana en general: hay gente como Ignacio Sánchez Mejías y eso es ya suficiente. Ya lo advirtió Federico: “tardará mucho tiempo en nacer/ si es que nace/ un andaluz tan claro/ tan rico de aventura”.

viernes, 14 de junio de 2013

Enseñar en Finlandia

No sé a ustedes pero a mí me llama poderosamente la atención que los maestros sean en Finlandia gente reconocida y prestigiosa socialmente. No es cuestión de dinero, ya lo saben, sino de verdadero reconocimiento, lo que hace que uno se sienta orgulloso de ejercer su profesión. Claro que, como dicen todas las informaciones, a maestro solamente llega en Finlandia el que es bueno, muy bueno, saca buenas notas, tiene una formación excelente, posee conocimientos variados y vocación definida. No sé por qué pienso que esta es la clave, o al menos, una de las más importantes, del éxito escolar finlandés. Habrá otras variantes, pero esta es fundamental. Acostumbrados a ver maestros desmotivados, desinformados y con un escaso bagaje pedagógico, científico o artístico, el pensar que los maestros finlandeses son la cara opuesta de lo que vemos por aquí da un poco de envidia y de pena. Si esta es la razón del éxito, se entiende cómo nosotros estamos donde estamos.


domingo, 9 de junio de 2013

Retrato de sábado con Triana al fondo


Los sábados por la mañana Triana cambia su ropaje y se convierte en una ciudad cosmopolita, abierta al mundo, plena de movimiento. En el cruce de caminos que supone el encuentro entre la Avenida de Coria, la calle San Jacinto y la Ronda, la vida transcurre a toda prisa en estas horas de sábado, durante las que, invariablemente, paseo a la vez que compro. Las calesitas de Luis León circulan con su ritmo de siempre y, arracimados en torno a ellas, los coches pugnan por encontrar un sitio para pararse “un momentito”, el tiempo de comprar en la plaza. A la una del mediodía, la hora en que las despardilladas (en vocablo acuñado por mi tía Carmela) van al mercado, todavía pueden verse hermosas gambas, aceitunas verdiales en mi puesto de siempre (con esa señora tan educada que parece estar vendiendo abanicos de seda) y un buen trozo de lomo en el sitio de la carne. Es una gloria entrar a todas horas por las puertas del mercado de San Gonzalo, pero a esta hora de sábado, cuando la mayoría de la gente ha hecho las compras, da la impresión de estar de fiesta, como si los comerciantes no fueran trabajadores que quieren vender porque ése es su modo de subsistencia, sino amables mercaderes que ofrecen pócimas y productos sofisticados.

Cuando recorro el corto espacio que separa al mercado del nuevo Badía que está en la Ronda, no dejo de acordarme de las películas de Hitchcott, pues allí, subidas sobre los palos verticales de la rotonda central, están las palomas, cientos de palomas, miles de palomas, que a ratos vuelan y, en otros momentos, mantienen una inquietante quietud, casi como si esperaran que Tippi Hedren apareciera vestida de verde, con su pelo rubio y sus ojos asustados, corriendo tras el vuelo peligroso de los pájaros. Estas palomas de la Ronda son muy extrañas y han tomado esa zona como si fuera suya, conviviendo, en un perímetro escaso, con los coches que pasan por todos los lados, con los ciclistas que sortean el peligro de los cruces, con los peatones que saltan literalmente cargados de bolsas, con los viejos que se sientan en la placita…

 El camino más alegre es el que aparece surcado, al mediodía de los sábados, de bares, tabernas y colmaos de todo tipo y condición, en cuyas mesas exteriores los vecinos de Triana y aquellos que vienen del Aljarafe a comprar al barrio (quizá porque son originarios de aquí o lo fueron sus padres), comentan las noticias del día o de la semana, lo caro que está todo, lo difícil que está siendo superar la crisis, y también, por qué no, el título de marqués del bueno de Del Bosque, lo bien que está jugando Navas después de su lesión y otros comentarios mezclados de blanco, verde y rojo, que no hace al caso relatar aquí. El tradicional camino del abastecimiento que Sevilla realizaba, a través de Triana, hacia el Aljarafe, se escribe aquí al revés, completamente al contrario, pues los aljarafeños, que en realidad son de todas partes, bajan al barrio al calor de los buenos productos que aquí se ofrecen y también del maravilloso ambiente de los sábados, de estas mañanas en que cualquier cosa fantástica puede sucederte si te dejas llevar, sin prisa y con los ojos abiertos, por este zoco ribereño que no tienen comparación con nada.

 Ahora sí se entiende el desarraigo de los que tuvieron que dejar su casa, vieja quizá, pero su casa, para marcharse a un polígono de higiénicos e impersonales pisos; ahora sí se comprende que ese desarraigo no se cura nunca; se entiende que, cuando uno ha dejado atrás su casa, su calle, su familia, su pueblo, su barrio, haya siempre un vacío inexplicable que no puede curarse con nada.

sábado, 8 de junio de 2013

La luz de cada día



Vienen como bandadas de palomas por la calle Castilla. Sortean las obras, los baches y los andamios. Llegan a San Jorge y se desparraman por la esquina del Puente, por la capillita del Carmen, por Pureza, por la sufrida San Jacinto que ve cómo los comerciantes levantan los cerrojos de sus tiendas para esperar el día…  Vienen vestidos de azul, de rojo, de rayas grises; ellos llevan pantalones caídos, vaqueros y camisetas gastadas, sudaderas y gorras; ellas lucen largas melenas, mientras sus bolsos de bandolera se mueven al compás de su andar…Son los trianeros del presente y del futuro y van a inmortalizar con sus cámaras de fotos este rincón de Triana. Un profesor de una asignatura nueva, que se llama Proyecto Integrado, les ha dicho que en esa zona pueden desarrollar su imaginación, hallar el motivo fotográfico que les enseñe a mirar la realidad. El profesor, seguramente, ha venido de fuera, de Extremadura o de Galicia, pero, después de algunos años de enseñar en Triana, ha caído en la cuenta de que allí, allí mismo, muy cerca del Instituto, hay cosas que ver y que admirar.

Estos chavales y otros muchos son los que pueblan las aulas de los Institutos y los Colegios del barrio. Un barrio que, cuando en otros muchos lugares la palabra “instrucción” era una quimera, ya tenía escuelas de niños y de niñas, ya tenía bancos de madera y pupitres, pizarras verdes, batas azules de bedeles apresurados y punteros para señalar el mapa de España. Es Triana un barrio lleno de estudiantes de todas las edades y de toda condición. Abarrotan las tiendas en la hora de los recreos y al mediodía; encargan fotocopias en las pequeñas imprentas de López de Gomara o San Vicente de Paúl; compran libros en la Ronda o en la antigua avenida de Sánchez Arjona, ahora rotulada hermosamente como la reina de Triana, la Esperanza. Cuando llega el momento, suben a los autobuses y se alejan camino de la Universidad, dejando su sitio a nuevas generaciones que estudian en el barrio y que serán, andando los años, también ellos, universitarios. Aunque también, entonces, los universitarios venidos de fuera ocupan sus pisos de alquiler en el arrabal, igual que hacen los Erasmus, los auxiliares de inglés o francés que se acomodan en el barrio y parece que nunca hubieran salido de aquí. Es la Triana cosmopolita que se puede observar en las cafeterías, en los bares y tabernas, cada fin de semana.

No sabemos si los niños que estudian en Triana, en alguna ocasión, en una de esas clases que reciben, oyen hablar de su barrio, estudian su historia, aprecian sus personajes y sus costumbres, se familiarizan con su legado. No sabemos si los profesores que enseñan en Triana han entendido que no se puede romper el cristal sin mancharlo, que no se puede olvidar en qué suelo se enclava el Instituto o el Colegio en el que trabajan. Una de las premisas del aprendizaje escolar estriba en partir de lo común, de lo cercano y cotidiano al alumno; partir de lo que sabe y, diríamos más, de lo que ama y siente. Siendo así, ¿porqué nuestros estudiantes trianeros no dedican una parte de su tiempo a estudiar el barrio? Imaginaos miles de chavales que, a lo largo de su escolaridad, hayan aprendido la historia del barrio, sus orígenes, su poblamiento, sus vicisitudes históricas, su arte y su música, sus industrias y su devenir. Esos nuevos trianeros llevarían siempre a Triana en el corazón y en la mente, aunque la vida les deparara el exilio sentimental que a todos apena, así que pasen muchos años.

Pero no creáis que esto es tan fácil. El corsé de los contenidos nos asfixia en ocasiones. La presión de los estudios futuros, de la Selectividad, impide el sosiego del aprendizaje lento. Triana espera, abierta hacia la luz y hacia la vida, lo que Machado llamaría “otro milagro de la primavera”.

Por ello, esos paseos por Triana que hacen estos fotógrafos improvisados que estudian Proyecto Integrado en el Instituto Vicente Aleixandre, son una rara avis, el sueño de un profesor intrépido, que ha cruzado la barrera del sonido, del sonido que indica, con una voz burócrata, que dos y dos son cuatro… o quizá, no siempre.

jueves, 6 de junio de 2013

Por derecho

A finales de los años ochenta del siglo pasado se produjo en toda Andalucía un movimiento a favor de que el flamenco se enseñara en las escuelas. Maestros y profesores que trabajaban en lugares distintos, sin ponerse de acuerdo, de manera espontánea, entendieron que este arte es un patrimonio que no puede ser negado a nuestros alumnos. De esta forma, se iniciaron las actividades y programas para que el flamenco llegara a los niños de los colegios e institutos andaluces. Fue, por lo tanto, un movimiento surgido desde la base y que no emanaba de ninguna instancia oficial. En la Escuela de Magisterio de Sevilla se organizó una peña flamenca compuesta por enseñantes, todos ellos impregnados de la misma inquietud y en muchísimos lugares de la comunidad autónoma se establecieron lazos con peñas y con otras instituciones para trasladar a los alumnos el cante, el baile y el toque. Por su parte, la Consejería de Educación publicó, dentro de un conjunto de talleres dedicados a la cultura andaluza en general, uno específico para flamenco. En 1989 presenté un proyecto a esta Consejería para publicar un libro sobre Didáctica del Flamenco que hiciera posible que pudiera ser enseñado a los alumnos de una forma organizada y sistemática. Sabía que eso era posible porque yo misma lo estaba llevando a cabo con mis alumnos del Parque Alcosa, de los que fui maestra cinco años. El libro, en forma de taller práctico, se publicó en 1990 y después de eso muchas actividades de formación en centros de profesores congregaron a un gran número de maestros y profesores interesados en conocer este arte y en transmitirlo. Quizá haya que hacer aquí una aclaración pertinente: el flamenco escolar no va dirigido a que surjan artistas, sino a que los alumnos de Andalucía hagan uso de su derecho a conocer este arte, al menos, en sus aspectos fundamentales. El flamenco influye, aunque no nos demos cuenta, en una gran cantidad de aspectos culturales y artísticos de Andalucía y su conocimiento nos ayuda a entender claves, además de formar el espíritu artístico de los alumnos a partir de algo que les resulta tan cercano. Aprender flamenco en las escuelas es, pues, un derecho de los alumnos, que, además está reconocido como tal en el Estatuto de Autonomía.
Esta efervescencia, estos intentos, han quedado en nada con el paso del tiempo. Nunca se integró el flamenco como asignatura en el currículum escolar. Siempre hubo tres contras que lo han impedido hasta ahora: la desconfianza de los propios flamencos, que reniegan de todo lo que no sea “nacido” y están en contra del aprendizaje como tal; el escepticismo de algunos profesores que no entienden bien qué pinta el flamenco en la escuela y lo consideran un tema frívolo, ajeno al mundo del conocimiento escolar y, sobre todo, la desidia de la Consejería de Educación que no se ha tomado nunca en serio esta cuestión, considerándola únicamente una bandera que agitar cuando le ha resultado conveniente. Esta es la realidad después de más de veinte años de intentos de incluir el flamenco en los currículum escolares de los niños andaluces. Las personas que han estado participando en estos intentos saben que lo que digo es cierto y ahora es el momento en que ellos también pueden, y deben, alzar su voz.
Pero puede hacerse. Ahora, el reconocimiento de la UNESCO como Patrimonio Inmaterial ha puesto de moda el tema. El Presidente de la Junta ha afirmado que el flamenco va a estudiarse. Espero que no se refiera solamente a los conservatorios de música en los que el flamenco, en sus diversas manifestaciones, debería estar incluido desde hace muchísimos años. Espero que se refiera al flamenco escolar, pues la primaria es la etapa fundamental para este conocimiento en lo que se refiere al ritmo, el compás y los aspectos más ligados a las músicas del entorno del alumno y la secundaria el momento de ofrecer conocimientos sistemáticos sobre la historia, los intérpretes, los estilos, del flamenco. El flamenco debe estar ya en las escuelas e institutos. La preparación del profesorado puede resolverse con cursos de actualización, utilizando las plataformas virtuales si es necesario. La definición del currículum, la secuenciación por niveles, las metodologías y materiales, no requieren años para establecerse, sino que puede hacerse, porque hay mucho trabajo hecho, con cierta rapidez. Las diferencias de opinión, dentro de la comunidad flamenca, acerca de algunos aspectos de este arte, deben encontrar aquí una posibilidad de consenso que hay que aprovechar en lo que vale.
No puede ocurrir que esto sea otra oportunidad perdida, otro brindis al sol, otro intento de distraernos con intenciones electoralistas. Esta vez no.
Se me ocurre que la creación de una materia llamada Flamenco (ése debe ser su nombre y no Flamencología) de oferta obligatoria para el centro y con carácter optativo para el alumnado, puede ser un primer paso muy aceptable. Pero que no se pierda ni un minuto más sin que los niños andaluces puedan ejercer el derecho que tienen a conocer el flamenco.  Todos los niños y no solamente aquellos que han nacido en un hogar o en un barrio en el que el flamenco tiene carácter vivencial. Todos los niños tienen ese derecho. El flamenco escolar es un derecho de los alumnos y nosotros tenemos la obligación de atender ese derecho.

domingo, 2 de junio de 2013

María Borrico, por las calles de La Isla


Su nombre no tiene el eco romántico de otros. Por eso, a veces, parece escondido y presa del olvido. Sin embargo, algunos de sus logros pueden oírse todavía en las gargantas de los artistas. Cantaora y cañaílla, María Borrico es, también, María Fernández Fernández, nacida en San Fernando en 1830, hermana del Viejo de la Isla y tía, por tanto, de Agustín Fernández Bernal, de quién parte la familia cantaora de los Melu de Cádiz. María formaba parte de una extensísima familia (eran trece hermanos) de los que cantaban varios, incluido el más sobresaliente, Pedro Fernández, el Viejo de la Isla. Había nacido en la calle de San Miguel y su partida de bautismo la refleja Salvador Aléu Zuazo en su importante libro biográfico “Flamencos de la Isla en el recuerdo”, en el que menciona, además, que fue bautizada en la Iglesia Mayor de San Pedro y San Pablo, en pleno centro de la ciudad, en la calle Real.  

Las aportaciones musicales de María Borrico y de su hermano, se inscriben en el universo de las seguiriyas, cantes que, en la zona de Cádiz y los Puertos experimentaron bien pronto una evolución rápida desde los cantes sin guitarra, desarrollándose en múltiples variantes. La principal creación de María es la seguiriya de cambio, llamada por ello “cambio de María Borrico” que Silverio Franconetti, gran admirador de María, añadía a la liviana y la serrana. Se trata de un cante potente y profundo, acorde con las características vocales de la cantaora, de la que ha pasado a la historia su fuerza y sus cualidades.

 Por su parte, su hermano Pedro, el Viejo de la Isla, es considerado el creador de la seguiriya corta de la Isla, un cante que evidencia la forma particular de hacer el flamenco de la escuela gaditana.

 El tiempo en el que María Borrico vivió, los años centrales del siglo XIX, suponen un período de sobresaltos para la historia de España y, mucho más, para la del enclave en el que nació y vivió. Tras los años de la guerra de la independencia y de la proclamación de la Constitución Liberal, los cambios de signo en los gobiernos de Fernando VII y los diversos avatares derivados de las guerras coloniales americanas, suponen un elemento discordante en la vida diaria de los ciudadanos. También lo son, por otro lado, los pronunciamientos, las revoluciones y los problemas derivados de la oligarquía y el caciquismo, elementos centrales del campo andaluz en esos momentos. La ciudad de La Isla, ya independiente de la tutela de Cádiz y con el título de ciudad concedido por el rey Fernando VII, a quien debe su nombre, forma parte de ese núcleo liberal que contempla movimientos políticos y sociales de todo signo.

 En el ambiente flamenco, María Borrico tuvo ocasión de alternar con artistas importantes, el más destacado Silverio Franconetti, ya vuelto de su aventura americana y empresario de cafés cantantes afincado en Sevilla. Queda reflejado en las crónicas que, antes de iniciar su aventura empresarial, pasó Silverio por Cádiz, a cuyo puerto arribó al volver de las Indias Occidentales, donde fue coronado por el grupo de artistas locales como “rey de los cantadores”. También es cierto que Silverio con el ansía de saber que le caracterizaba, escuchó con suma atención los cantes que en los cafés, colmaos y otros locales de Cádiz y la Isla se prodigaba, siendo desde entonces destacado admirador de María Borrico, a la que contrató para que actuara en su café de Sevilla.

 María Borrico forma parte de ese grupo de artistas que han pasado a la historia de flamenco asociadas a su sólo cante, como le ocurre, por ejemplo, a Mercedes la Serneta o a La Trini. Como todos los artistas de La Isla llevan sobre sí el peso de Camarón, nombre que ha eclipsado al de otros artistas de la zona. Sin embargo, el paso de los años no ha conseguido borrar su legado y su creación sigue todavía en la memoria oral de los aficionados y los cantaores:

                                   Dice mi compañera

                                   Que no la quiero

                                   Cuando la miro, la miro a la cara

                                   Yo el sentío pierdo.