sábado, 30 de marzo de 2013

Natsumi y el pez (II)

(Viene de la entrada anterior)

Un día que estaba especialmente triste entró en Internet. Allí, en el espacio blanco y rectilíneo del buscador, tecleó una frase: “no siento nada, sólo tengo miedo”. No era una frase inventada, ni elegida al azar. Era su frase, la que se repetía a sí misma cada día. Al instante, tras pulsar la tecla grande con la palabra Enter, se desplegaron todas las direcciones en las que aquella frase aparecía. Exactamente quinientas veinticuatro. Las primeras direcciones no significaban nada, una amalgama de palabras sin sentido. Pero, la que hacía el número doce escondía un poema entero.

He aquí el poema que Natsumi leyó:

 Hace frío. He encendido la lumbre

He colocado los pies sobre un cojín dorado

La ventana entreabierta me devuelve la luz

Pero mi corazón está desierto. 

   No siento nada, sólo tengo miedo

Ya lo he perdido todo, no sé dónde encontrarme

Es el tiempo de otros lo que vivo

Para mí ya no tienen dulzura las palabras.

Natsumi leyó el poema una y otra vez. Le parecía haberlo escrito ella misma. Esa ventana está en mi habitación, pensó, junto al pequeño armario blanco que tiene pintadas unas rosas. Por la ventana entra a veces la luz, pero a Natsumi le molesta y tiene que cerrar las cortinas ante la claridad. Porque la claridad descubre el pensamiento y ella no quiere saber que está asustada. Sobre la cama está el cojín. Lleva sus iniciales en color azul y su tela es suave, dorada y transparente, como la del poema. Suya es la ventana, suyo el cojín y, suya también, la soledad del poeta.

 Y el miedo.

Natsumi ha leído el poema una y otra vez. Lo ha metido en su memoria como si fuera un resorte. Lo ha repasado, le ha cambiado el tono y le ha puesto música. Natsumi cree que ella ha escrito el poema.

 Pero no. Su autor es alguien llamado Edgar Boy. Un canadiense que vive en Londres y que tiene más de sesenta años. Un escritor al que todos admiran. Este poema es su primer poema. Es el poema que escribió cuando nadie conocía a Edgar Boy. Cuando ni siquiera se llamaba Edgar Boy, sino Roman Dublovny. Cuando no era canadiense, sino polaco. Cuando cruzaba Europa, de lado a lado, con su madre, Anna, que arrastraba una pesada maleta. Edgar (o Roman) escribió el poema cuando tenía sólo quince años, estaba asustado y no quería que ningún rayo de luz atravesara el cristal de su ventana. Natsumi no lo sabe pero, después de escribirlo, Edgar o Roman, se sintió liberado. Pensó, esto es lo que me pasa, esto es lo que soy, un pobre muchacho asustado a quien persigue la sombra de la muerte, un vagabundo que arrastra una maleta por media Europa. Guardó entonces el poema en su abrigo y siempre estaba ahí. Lo leía muchas veces, abría el papel arrugado y veía las letras trazadas con mala caligrafía y con una tinta huidiza pero que no se escapaba del fondo. El poema le recordaba lo que sentía y así tuvo ocasión de saberlo él mismo. Le puso nombre a su malestar y estuvo a punto de olvidarlo.

Años después, cuando Edgar (o Roman) se convirtió en un escritor reconocido, echó mano de aquel primer poema y de otros muchos que habían surgido después, en las horas lentas de la tarde, cuando el silencio le dictaba las palabras. Todos los poemas los escribió de nuevo, esta vez en un flamante ordenador portátil, regalo de su esposa. Dudó antes de hacerlo pero, pensándolo bien, decidió editarlos, quizá podrían servirle a alguien, gente asustada como él, gente que pensara que el miedo no tiene solución. Llamó así a su libro “Poemas del miedo”. Se olvidó de él, ahora ya sí, y continuó su vida, libre.

 Natsumi no sabe aún nada de esto. Probablemente nunca lo sepa. Únicamente tiene delante esas palabras que ha copiado en un cuaderno con su propia letra, utilizando una lengua que no conoce Edgar Boy. Una lengua diferente a aquella en la que imaginó la redacción de su poema. Leyéndolo, Natsumi se reconoce atrapada en una red invisible. Esa red es la que hace que tiemble, sude o llore; que quiera escaparse cuando, en las tardes de agosto, el mes maldito, la brisa traiga el aroma del mar hasta la parte trasera de la casa, elevándose por encima de la tapia que han levantado, cada vez más alta.

            Lo peor de todo es que éste no es su miedo. Es un miedo heredado. El miedo pertenece a su abuela, que estaba en la cocina preparando un pastel cuando llegó la masa caliente que tiñó sus manos de rojo. Pertenece a su madre y a sus tías, que escuchaban el relato de la mujer cansada que se sienta en una mecedora balanceante. Pero no es su miedo. El poema de Edgar Boy la hace pensar. Si logra convertir su miedo en palabras, si logra que ese miedo se quede ahí, la abandone, se sumerja en las palabras y la deje a ella vivir, vivir solamente su vida y no la de su abuela, o de la sus tías, o la vida de su madre, con esas tapias altas que ocultan la luz y el sonido de las olas…si logra que su miedo, ese miedo prestado, que no es suyo, se quede sujeto a las palabras, quizá, entonces…
             Natsumi tiene la cabeza baja y se muerde los labios. Está nerviosa. Ha arrancado decenas de hojas de esa libreta con pastas coloreadas que su padre le regaló hace unos días. Ha escrito con tinta azul unas palabras que quieren tener algún sentido. Las palabras están en el suelo, arrugadas, moviéndose sobre las hojas rotas de la libreta. Así, han pasado las horas y los días. Horas y días largos, silenciosos y expectantes. Entonces, una vez, Natsumi comienza a escribir.

             He aquí el poema que Natsumi escribió:

             Tenía el corazón asustado y las manos encogidas.

            No encontraba un camino por el que hundir los pies.

            Era de noche y el sol también estaba oscuro.

            Las hojas de los árboles no tenían sonidos.

             No sentía nada, sólo tenía miedo.

            El miedo me ha acompañado tantos años.

            Ya no sabía vivir sin su presencia eterna.

            Pero un rayo de luz atravesó el poniente.

            Unos días después de escribir esto, Natsumi puso nombre a las cosas. Escribió “bomba atómica” donde antes ponía “masa ardiente”; buscó en los libros de Historia y halló el significado de esos dolores viejos; descifró el crucigrama de su desazón: tanto de miedo, tanto de cobardía, tanto de nostalgia, tanto de incertidumbre. Luego, fue a ver a su padre. Éste se sorprendió: nunca había tenido la alegría de que su hija cruzara las calles y llegara hasta el Majestic Hotel, junto a la bonita bahía de Nagasaki, en la unión de los dos ríos. El padre, que había sido siempre poco más que una sombra, no le dijo nada pero sonrió y la llevó a conocerlo todo. Así Natsumi trató por vez primera a la gente del hotel y se acostumbró a comer en la cocina.

            Hace de esto algunos años. Lo he contado ahora para que entendáis que Natsumi ya estaba preparada para vivir. Por eso, a los quince años justos, conoció el amor. De éste no sabemos su nombre, ni el perfil de su rostro, ni su edad, salvo el rastro que deja en los poemas que Natsumi sigue escribiendo. Unos poemas que ya suman interminables hojas y que se guardan en la casa, esperando que llegue el momento de que otros los lean.

Natsumi ha escrito esa carta y la ha guardado en el sobre y se ha dirigido al mar. Ya habéis leído esa parte de la historia.

Natsumi ha metido el sobre con la carta en un globo. Es un globo rojo y alargado que ella misma ha inflado con toda la fuerza de sus pulmones. El sobre va dentro del globo y el globo apenas pesa, a pesar de lo cual se hunde en el agua cuando Natsumi, desde el embarcadero del hotel, lo lanza al mar. Una ola lo cubre en ese instante y se pierde en el fondo. Desaparece de su vista, no queda nada visible del globo, ni de la carta, ni del mensaje que lleva en ella, el que Natsumi ha escrito a su amor, el de los quince años. Adiós, adiós, piensa Natsumi, viendo el balanceo de las olas, adiós, llévate mi corazón hacia mi amado, llévale esta carta, haz que la encuentre, haz que no me olvide…

            ¿Y el pez?

             El pez se tragó el globo que contenía la carta. Así, la carta no llegó a su destinatario, el amor de Natsumi, sino a Kiotsi, de treinta y tres años, que pescaba en el Pacífico. El pez que pescó Kiotsi era un rodaballo y, al abrirlo, encontró algo rojo y viscoso, el globo, y, pegado, el papel impermeable que contenía la carta.

Kiotsi la leyó y deseó que fuera dirigida a él. Nunca ha conocido a Natsumi. La carta es su tesoro.            

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