miércoles, 27 de febrero de 2013

La boda



Estaban las hermanas Úrsula y Gudrun subiendo una empinada cuesta. Úrsula es pelirroja y tiene unos ojos del color de la oliva. Gudrun es casi rubia, sobre todo cuando los rayos del sol caen directamente sobre su pelo.

 Es una tarde de verano, dorada y cálida, llena de olores y sabores, una tarde de cambios y de expectativas. El tiempo del trabajo había terminado. Úrsula había cerrado la pequeña escuela, despedido al último de sus alumnos y guardado sus libros en un espacioso bolso de bandolera, un viejo bolso que la acompaña casi siempre y que ha dejado en casa, junto a la puerta de entrada.

 Por su parte, Gudrun ha enrollado un pergamino que estaba decorando, inclinada junto a la ventana, atrapando la luz que parece escaparse, y ha dejado los lápices de colores en una bonita caja de latón dorado. Desde ese momento, libres del trabajo, todas las horas pasarán al mismo ritmo, despacioso, lento, interminable, a veces; rápido como un torbellino, en otras ocasiones.

            Un griterío ha hecho acercarse a las hermanas a las orillas de la colina. Tras un primer momento de incertidumbre y de sorpresa, han adivinado lo que pasa. Hay una boda. Se casa la única hija del rico hacendado Crich y todos han dejado sus casas, las oscuras, pequeñas y escondidas casas de los mineros, para atravesar la colina e intentar no perderse nada.  


 Son las gentes del pueblo que reclaman toda la atención ante el paso del cortejo: en éste se ven mujeres altas y elegantes sobre pronunciados tacones y bajo enormes sombreros; plumas grises, foulards, capas brocadas, vestidos de seda, muselinas y encajes, todo flotando en un mar de colores pastel. Se ondulan los cabellos al aire, los tocados se mueven con el batir del suave viento, las miradas se mantienen firmes, rectas, hacia adelante, intentando no ver nada de la fealdad de aquellos que contemplan el paso de esta inusual procesión.

Los hombres del grupo tienen una expresión grave y circunspecta, los dedos abrazando el tibio chaleco de color crema o gris, debajo del chaqué. Hablan entre ellos con palabras cómplices, esperando todos el gran momento, la aparición del novio, primero; de la novia, después.

 El novio ha llegado raudo, en una carretela adornada por las mujeres jóvenes de la familia, con lazos brillantes y pequeños ramilletes de rosas de Francia. Tiene la cara muy encarnada y los ojos entornados para evitar el sol poniente. Parece satisfecho. Junto a él, altivo, inabordable, Birkin, su padrino, con gesto de no querer entender nada, de desear que todo pase rápido.


 Úrsula lo ha mirado un momento y ha sentido otra vez, como hace unas semanas, ese desasosiego de saberlo lejano y perdido en otro mundo, de no poder asir de ningún modo lo que él es y lo que piensa.  Ella no sabe si él la mirará, si la recordará en ese sitio tan inapropiado, lejos del trabajo, del aula y de los libros. No sabe si tendrá en su memoria esos momentos únicos de aquellos días cuando han contemplado ambos, sin querer perderse detalle, el asombroso color de los pistilos de las flores de estío.

 El coche de la novia no llega. Las mujeres, el gentío, se desparraman por la colina intentando atisbar el milagro. El sol arranca destellos a los tocados y a las medias, rosadas y color violeta, de algunas invitadas. Úrsula y Gudrun se han contagiado de esa ansiedad, de ese total deseo. Es preciso que, al fondo del camino, aparezca el coche negro tirado por los cuatro mejores caballos de la casa. Es preciso que el novio deje de pasearse impaciente por las escalinatas de la iglesia, tiene que llegar la novia y aplacar los gritos de las mujeres y las risas calladas de los hombres.

Úrsula se coloca, por un momento, en lugar de la novia. Si ella estuviera no se sabe dónde, llegando desde otro lugar inopinado, esperando encontrarlo al lado de la iglesia, junto al altar, quizá, con ese gesto diferente a todos…

 De pronto, alguien avisa, ahí viene, dice una voz de mujer joven, ahí viene, repiten todos, ya se acerca… Los caballos tintinean en alegre alborozo y un rosario de cintas blancas inunda el camino. El coche cruza veloz por la vereda y aplasta en las orillas multitudes de pequeñas amapolas, de humildes margaritas silvestres. El coche se acerca a la puerta de la iglesia pero, de pronto, de forma inesperada, da un giro y se pierde en la parte de atrás. Oh, exclaman todos los rostros… en un grito de sorpresa que llena también los ojos y las manos. Oh, parece decir el rostro preocupado del novio…


Pero no hay motivo.

 Sujetándose el vestido con las manos, el velo ondulante, la pequeña diadema en precario equilibrio, en lo alto de la escalinata, más cerca que nadie de la puerta de la iglesia, aparece la novia, entre la risa y el rubor de saberse esperada por todos.

 Así, en un momento, el novio la ha visto y ha corrido, ha cruzado veloz los escalones y dejando atrás todo, el padrino, las gentes y el sol fuerte de la tarde de verano, ha tomado a la novia del brazo y, juntos, sin ceremonia, han cruzado el umbral de la iglesia.

 Úrsula y Gudrun han respirado tranquilas pero sólo por un momento. La tranquilidad no está hecha para ellas. Gudrun ha vislumbrado tras un grupo la figura alta de Gerald Crich, el hermano mayor de la novia, el heredero del imperio de las minas Crich, muy rubio y tostado por el sol, con su mirada de siempre, franca y como si quisiera hacerse perdonar ante todos su belleza y su dinero.

Las gentes del pueblo lo contemplan como a un dios, un dios rubio en medio de la negrura de las minas. Gudrun sólo ha hablado con él un par de veces, pero ha percibido ya ese tintineo del corazón, ese resorte que la empuja a querer estar sola para pensar en él.


A nadie, ni siquiera a Úrsula, ha querido comentarle nada. Si habla de eso, el secreto desaparecerá y se convertirá en algo sórdido, tan lejano e imposible como parece. Ella, la hija de un maestro, una bohemia sin remedio asida a sus pinceles; él, el todopoderoso futuro dueño de medio país de las sombras.

 Birkin ha saludado ligeramente con la cabeza al pasar junto a las hermanas. Las ha mirado a las dos aunque su saludo va dirigido a Úrsula, que no ha sabido responder, salvo con un pequeño gesto de los ojos. También a ella parece haberle llegado la hora del amor y, sin embargo, no logra poner en orden sus pensamientos ni encontrar un motivo para alegrarse.

Pensar en él le produce dolor, mucho más en estos momentos, cuando están separados por la distancia que media entre los invitados a la elegante boda y los curiosos. Ella está entre los curiosos, aunque no tiene nada que ver con la gente oscura de las minas, aunque ha estudiado y en su casa se leen libros y libros. Pero se trata de una distancia mayor que la física, una barrera invisible que separa al mundo del dinero y el bienestar de ese otro, en el que se mezclan y se amontonan los trabajadores y los soñadores como ella y su hermana. Eso le parece humillante porque, entre los amigos del novio, está Hermione, vestida de pantera, con un sombrero de plumas grises y azuladas que lleva con la desgana y el porte de quien se sabe dueña de casi todo, menos de Birkin, espera Úrsula.

 La misma Hermione que, sin pedir permiso, cruzó días pasados el umbral de la escuela para interrumpir ese momento único en el que Birkin y Úrsula miraban con detalle el nacimiento de una flor nueva.

 La gente se repliega hacia sus casas. No vale la pena esperar la salida. El sol cae despidiéndose y las puertas de la iglesia se cierran torpemente, dejando fuera a todos, incluso a las hermanas que, sorprendidas cada una en sus pensamientos, se han quedado estáticas un momento, antes de bajar la colina, sumergida cada una en su propia esperanza: un amor que traspase la fealdad de las Middlans y las lleve de vuelta al paraíso.




jueves, 21 de febrero de 2013

El tiempo de los cerezos en flor (II)


           Keiko quería ser florista y no obrera, pero no vivía en Londres, París o Madrid, esos lugares en los que la mujer puede ser creativa, independiente, divertida. Para ella  no ha llegado el siglo XXI y, con él, la preciada libertad de tener una vida propia que vivir. La condena de Keiko está dirigida a ser una obrera de una fábrica gris de Osaka, con una existencia gris, un traje gris y un trabajo más gris todavía. Todas las esperanzas femeninas de Osaka son engullidas por las poderosas industrias y sus contundentes edificios.

             Contra todos los pronósticos, venciendo mil dificultades, Keiko abrió su tienda y los clientes agradecieron su atención y el hecho de que, con cada planta que vendía, con cada ramo que preparaba, les hacía llegar un verso escrito en un pliego de bambú. Las palabras estaban cuidadosamente caligrafiadas en la hoja, con una tinta azul brillante que sobresalía del dorado bambú. Keiko buscaba sus versos en los poetas antiguos y, en los libros del pasado, halló también el secreto del arte floral, de la Ikebana, que conseguía convertir en delicados ramos un conjunto desordenado de flores silvestres.

             Keiko conocía a cada cliente por su nombre. Sabía cosas de sus familias y sus trabajos y así, sus ramos de flores nunca eran iguales, todos tenían algo peculiar, distinto, que quería significar la libertad de las manos y el corazón de Keiko. Las flores expresaban sus deseos ocultos.

            Cuando unos matones comenzaron a asaltar su negocio, ella sintió que esa libertad se rompía y que se estaba cerrando su camino hacia una vida propia y diferente, distinta de la de esos cientos de mujeres, que, cada mañana, caminan con paso recto y ordenado hacia las puertas de las fábricas o recorren la ciudad en bicicleta, de un lado a otro, con el mismo movimiento repetido.

             Un día Keiko tuvo que rendirse. Los últimos destrozos habían subido a cifras alarmantes su deuda con el banco y así, sin recursos, tuvo que claudicar. Una mañana colgó el cartel de “cerrado” en su pequeña tienda, echó las persianas y colocó candados inútiles en todas las puertas.

Después de eso no quiso volver a la casa de sus padres. Estaba avergonzada. Como todos los japoneses que se lanzan a vivir en la calle cuando pierden su modo de vida, no quería ser una carga para nadie y sabía que, sola, sin dinero, sin recursos, únicamente tenía un camino que tomar: el que conduce al barrio de los que pisan los jardines, el barrio de los sin techo y de las lonas azules.

             Keiko anduvo durante algunas horas hasta llegar a la fábrica de jabón abandonada en el otro extremo de la ciudad. Junto a uno de sus muros había un hueco. El hueco perteneció a un mendigo de 59 años que había muerto de frío unas noches atrás. Allí colocó unos cartones de embalar y los cubrió con un trozo de lona, como habían hecho antes que ella los diez mil mendigos y las otras nueve mendigas de Osaka. Cuando hubo preparado sus cartones y su tela de hule azul, Keiko dejó de tener nombre y apellido, dejó de ser una florista, para convertirse en un rostro sin nombre, en una sombra vaga y triste, que, hora tras hora, ve pasar el tiempo mientras la vida discurre en otra orilla inalcanzable.

             Lejos del barrio de los mendigos, Osaka continúa latiendo. En el corazón de la ciudad está desde siempre el castillo Osaka-jo. Sus templos, sus estadios deportivos, su acuario, su parque temático…Los habitantes de Osaka siguen viviendo su rutina diaria, entendiéndose entre ellos en su dialecto, el Osaka-ben, divirtiéndose en el Shinsaibashi, probando el takoyaki en los restaurantes o en la calle… Los habitantes de Osaka acuden al teatro y al Museo del Manga, hacen excursiones, viajan y sonríen sin enterarse de que diez mil hombres y diez mujeres, entre ellas Keiko Takayama, duermen o velan entre amasijos de chatarra, cartones y lonas azules. Cuando el viento o la lluvia azotan la ciudad, el paraíso de los sin techo se balancea, se oye el rugir del vendaval y vuelan las lonas azules que aparecen desparramadas junto a los grandes árboles de los dos parques, del barrio de Kamagasaki, en los que descansan de no hacer nada los mendigos sin esperanza de Osaka.

            Pero Keiko todavía se rebela, no puede evitarlo. Aunque no ha tenido suerte, ella no quiere seguir contemplando para siempre ese mar azul de lonas deslucidas. No quiere ser esclava, no quiere sentir miedo, no quiere casarse sin amor. Por eso sueña cada noche con su pequeña tienda. La tienda de sus sueños tiene estantes con flores, cortinas blancas y persianas doradas. Tiene un mostrador con tapa de cristal y cajitas llenas de adornos para engalanar los ramos. En la tienda hay rollos de cintas de colores, jarrones, tiestos de barro, cestos de caña, lazos tersos, hojas de bambú relucientes y pliegos de papel color cereza. Por los sueños de Keiko pasan los clientes, los niños a los que regalaba dulces y pequeñas florecitas blancas y amarillas, las historias que conoció mientras convertía en paraísos de hojas y flores sus propios sueños.

            A veces, esos sueños tienen tanta fuerza que hasta Keiko llega el olor de las flores, el frescor de los tallos cortados, la dulce brisa de las hojas del almendro al balancearse…

             Cuando sueña, Keiko no siente el frío que traspasa los cartones, no oye el ulular del viento del norte levantando las lonas de su cobijo, no ve las sombras oscuras de los mendigos que se agachan a recoger las sobras. Keiko es libre cuando sueña y aprieta las manos sobre su corazón y sonríe mientras duerme porque sabe que, si es capaz de conservar sus sueños, algún día cruzará el umbral del barrio de los sin techo y volverá a su pequeña tienda de cualquier esquina. Volverá y no girará los ojos para mirar atrás. Será, entonces, de nuevo, libre, y renacerá para ella el tiempo de los cerezos en flor…


            (Escritos propios: Catalina León Benítez) 

El tiempo de los cerezos en flor (I)


             Keiko Takayama vive en la calle. Ella es una de las diez mujeres que conviven, en un suburbio de Osaka, con otros diez mil mendigos. En el barrio de Kamagasaki no hay tregua. Es el barrio de los pobres, de los que viven en los parques, de los sin hogar que lo han perdido todo, hasta la esperanza. En Osaka hay tres millones de personas entre las que estas diez mil son sólo un punto negro, una grieta por la que transcurren episodios de soledad y desamparo. Osaka es un universo de fábricas entremezcladas con edificios altos de oficinas y colmenas que acogen a sus habitantes. Es un bosque vertical de cemento que semeja una masa gris y permanente. La altura de las fábricas y de los edificios no permite apenas ver el sol y éste, en Osaka, sólo hace acto de presencia en los parques, esas manchas verdes e irregulares que animan el espacio entre los bloques.

             Keiko Takayama vive junto a una fábrica de jabón abandonada. La fábrica tenía, hace años, mucha actividad, pero el barrio creció y se volvió inhóspito para los trabajadores que tenían que entrar y salir. También para los directivos, pues era desagradable cruzar el umbral de la fábrica y encontrarse entre tanta miseria, calles desvencijadas, esquinas rotas, husillos malolientes…

            Los “no jyuku sha”, los sin techo de Osaka, fueron ocupando este barrio al mismo tiempo que otra gente, más afortunada, se marchaba. Ahora, “los que viven en los parques”, sinónimo de pobres en Japón, son dueños de una extensión de dos kilómetros que sólo tiene un edificio en pie, la antigua fábrica de jabones. Todo lo demás son lonas azules, cartones, chatarra y dos manchas verdes, los dos parques que no tienen nombre.

En este barrio provisional, que ha cumplido ya diez años (al igual que hay diez mujeres mendigas y diez mil mendigos), no hay niños. Keiko echa de menos sus voces. Antes, cuando trabajaba en su pequeño negocio de flores, en una calle del centro de Osaka, contemplaba a muchos niños que pasaban por su tienda. Algunos venían con sus madres, cuando se acercaban a comprar flores, en ramos o en macetas. Keiko les regalaba una pequeña flor blanca y amarilla que usaba como adorno de los ramos, mientras preparaba centros de flores de muchas clases, variedades distintas, mezclando colores y olores diversos. Tenía una especial habilidad para conseguir un bonito efecto con todas esas mezclas. Por eso, sus clientes volvían una y otra vez a hacerle encargos. Por eso, Keiko no es una más de los pobres de Osaka que han tenido que dejar su casa para vivir en la calle debido a la crisis de las grandes empresas. Ella es diferente y se pregunta, a veces, porqué está aquí, porqué ha instalado estos enormes cartones de embalar, cubiertos con la lona azul, justo al lado de la fábrica abandonada.

             Keiko ha tenido mala suerte. Su negocio iba tan bien que decidió ampliarlo y para ello compró el local de al lado, una espaciosa sala de té que su propietaria dejó vacía. Pero Keiko tuvo mala suerte. Hasta en cuatro ocasiones fue asaltada por matones que buscaban dinero y que, al no encontrarlo, destrozaron el local, arrastrando las macetas, los floreros y los estantes. Las piezas de tela de seda que Keiko tenía apiladas en una de las esquinas de la tienda también fueron objeto de su ira. Todas las piezas estaban desparramadas por el suelo, pisoteadas, inservibles. Esas visitas siniestras se repitieron varias veces y, entre cada una de ellas, Keiko se empeñaba en mantener su negocio, aunque era muy difícil porque el aspecto desolador del local no invitaba a entrar. Al tiempo que su floristería perdía clientes y decaía a los ojos de todos, la sonrisa del dueño del salón de juegos que estaba dos manzanas más abajo, se ampliaba.

             Los matones asustaban a la gente porque, además de los destrozos, dejaban una innegable huella de su paso. Una pintada en pintura roja que decía “márchate, zorra”.

             Algunas mujeres de su familia aconsejaron a Keiko que lo dejara todo, que cerrara la tienda y se volviera a la casa de sus padres. Éstos le darían cobijo y comida, mientras, si la mala suerte no perseguía a Keiko también en esto, encontraba un pretendiente al que no importara su carácter inconformista y su escasa disposición al trabajo del hogar. Otras personas le decían que buscara empleo en alguna de las fábricas del este de la ciudad, una de esas imponentes moles de hormigón de las que sale continuamente un reguero de gente que trabaja a turnos.

             Pero Keiko no quería pensar en ninguna de esas posibilidades. Se horrorizaba imaginando que debía pasar todas las horas de sus días recluida en el hogar familiar, ayudando a su madre en las tareas domésticas o a su padre en las cuentas. Tampoco quería casarse sin amor (oh, el amor- decía su madre al oírla hablar así- esa cosa tan maravillosa e inexistente con la que sueñan las muchachas ingenuas) ni convertirse en una más del largo ejército de seres grises y taciturnos que, cada día, acuden a trabajar a una de las fábricas de la ciudad. Hay fábricas de coches, de ordenadores, de aparatos de música, de envasado, de etiquetas, textiles, etc. Las obreras de las fábricas llevan un aire cansado y anodino cuando cruzan la ciudad en bicicleta, con sus vestidos opacos y sus bolsos en bandolera. En todas ellas parece repetirse el mismo destino, la misma aceptación de un futuro sin sorpresas.

             Keiko no amaba la rutina y prefería abrir cada día su pequeño negocio de flores y plantas, anotar los pedidos en unas libretas rayadas con pastas de cartón, limpiar los cristales del escaparate, sacudir el polvo de los jarrones con un plumero de pavo real, ordenar los estantes y, sobre todo, tocar las flores, separar las hojas estropeadas, plantar, en pequeños tiestos de barro llenos de tierra oscura, las semillas que luego iban a florecer animadas por los rayos del sol…

(Continuará)
Escritos propios: Catalina León Benítez

miércoles, 13 de febrero de 2013

Memoria del paisaje


Fíjate en esta imagen.

Enmarcado por la piedra ostionera, tan propia y característica de esta zona, aparece al fondo la blanca silueta del Balneario de la Palma. En mis años de estudiante de Magisterio en Cádiz el Balneario de la Palma era el centro de nuestras celebraciones. Desayunos en Santo Tomás de Aquino, noches de actuaciones en Carnaval, fiestas de final de curso...Al lado, la antigua Institución Rodríguez de Valcárcel que, cuando se convirtió en Colegio Universitario, contempló en sus aulas mis dos primeros años de la carrera de Geografía e Historia. Y, delante, pleno, imponente, el mar, el mar de Cádiz, la mar, sólo la mar, como escribió el poeta.

sábado, 2 de febrero de 2013

Confieso que me gusta la poesía

Confieso que me gusta la poesía, esa forma ligera que rodea a las palabras como si fueran atadas con un lazo. La poesía, la misma que me suena a disco de Serrat y reválida de cuarto. Confieso que mi primer poeta fue Miguel, Miguel Hernández, en libritos de hojas finas que llevaba forrados. Los libros que ocupaban aquella estantería, el librerito blanco, que luego se llenó con obras de John Grisham. 
Confieso que me gusta la poesía y que me sé muchos poemas de memoria. Que antes los recitaba en voz muy alta, sin auditorio, sin luces, sin aplausos...Antes, cuando era chica y pensaba que el tiempo era infinito, que todo el tiempo estaba por delante, que las horas corrían tan despacio o andaban tan despacio, que nunca llegaban los catorce.
Confieso que llenaba de amores las libretas, que las libretas se llenaban de palabras y que las palabras formaban un poema. Que el poema siempre llevaba un nombre y que existían porque tú no estabas.