lunes, 14 de mayo de 2012

Que se llama soledad

Para Angelita, Andrea, Dalida, Antonia, Juan Antonio, Araceli, Bene, Quino...
Aquella escuela se llamaba “La Soledad”, pero ese no era su verdadero nombre. Éste permanecía escondido, desconocido para la mayoría. Aunque no era el suyo, ese nombre le venía bien: estaba lejos de todo, sola y perdida en un camino que llevaba hacia la playa. Era solamente un rectángulo blanco, con cuatro aulas y unos servicios pequeñísimos. Las aulas estaban orientadas dos a dos, al norte y al sur. Las aulas que daban al sur eran las más codiciadas. Todo el día las doraba el sol y aliviaba la falta de calefacción y de estufas. Las que daban al norte eran tristes, oscuras y sin vida. El único calor en todas ellas era el humano, el que proporcionaban más de cuarenta niños y niñas. Estábamos a mediados de los años setenta y empezaban a cambiar algunas cosas. El curso anterior, todavía la mayoría de las escuelas tenían las aulas divididas por sexos. Los cambios no acabaron ahí. Ese mismo año hubo un acontecimiento significativo que había de cambiar nuestras vidas, pero ya llegaremos a eso.

             Ahora quiero deciros cómo transcurría el tiempo en esa pequeña escuela, la “escuelita” que también le decían. Sus ventanales grandes no tenían cortinas y hubo que ir a una tienda de tejidos del pueblo y comprar unos metros de tela muy alegre, roja y blanca de pequeños cuadritos. Las maestras cosimos las cortinas y el único maestro que había las colocó en unos rieles muy artesanales, de forma que corrían al impulso de las finísimas cintas rojas que colgaban de ellas. Las cortinas le dieron a esa escuela algo de intimidad y las aulas tenían el aire de una casa. En su interior estaban organizados los “rincones”, adornados con letreros, carteles, libros y pequeños montones de fichas de trabajo. Los niños carecían de casi todo. Eran niños de un grupo G cuando los grupos se ordenaban por buenos, regulares y malos. Eran los niños que nadie consideraba suyos, los “niños del último banco” que escribió Lorca y, por ello mismo, se mostraban más agradecidos con las atenciones que recibían. La mayoría de ellos no sabían apenas leer, aunque el grupo que me asignaron era un tercero de la antigua EGB. Así que lo llenamos todo de murales con grandes letras y durante muchas horas del día las leíamos en voz alta y cantarina. La música se completaba con el recitado de las tablas de multiplicar que practicábamos con bolitas, con migas de pan, con lentejas y garbanzos. Esos eran nuestros ábacos.

Cuando llegaba la hora del recreo recibíamos la visita de las madres y vecinas, que venían a traer los bocadillos a los hijos y el desayuno a los maestros, a los que obsequiaban con pasteles, tartas, panecillos,... de la misma forma con la que se comparte todo cuando visitas una casa en el campo. En los días buenos nos sentábamos en el poyete de la plaza que rodeaba la escuela para tomar el desayuno y nos mezclábamos allí madres, maestras y niños, en alegre camaradería, compartiendo lo que cada uno tenía en ese momento. Las madres también ayudaban en las fiestas de navidad y de fin de curso y, a veces, compartían con nosotros las aulas para dar de leer a algunos alumnos o repasar las cuentas. Las madres eran, sin necesidad de que ninguna ley lo estableciera, una parte importantísima de la escuela.

Los días más felices del curso eran los del Carnaval. Todavía se celebraban en Mayo porque estaba prohibida su celebración, pero se conservaba de padres a hijos cierta extraña ligazón con esa fiesta, de manera que sacábamos a la luz disfraces, caretas, antifaces y las coplas de las chirigotas de Cádiz, alegres, pícaras y críticas. La inventiva en los disfraces era extraordinaria. Algunos alumnos, de ordinario tímidos y encerrados en sí mismos, se transformaban con la llegada de esta fiesta y nos sorprendían a todos interpretando parodias atrevidas o monólogos picantes. Los maestros ayudábamos a hacer los disfraces y nosotros mismos éramos payasos, indios, dartañanes, campesinas rusas o toreros. Esa tradición carnavalera la manteníamos, allá donde estuviéramos, los maestros de la Normal de Cádiz, contra viento y marea, y de ahí salió el germen impulsor de los nuevos carnavales, los de la democracia.

Hablando de democracia, quizá sea ahora el momento de recordar uno de los momentos históricos del siglo y cómo lo vivimos en aquella pequeña escuela. La noche del 19 de noviembre de 1975 ya sabíamos que algo estaba a punto de pasar aunque poco podíamos imaginar hasta qué punto era trascendente ese tiempo. Pasamos casi toda la noche en la calle, leyendo las sucesivas ediciones de los periódicos que iban saliendo a cuentagotas, muy cortas, algunas con una sola página y todas contando la evolución de la enfermedad de Franco. La foto de Franco estaba colocada en la escuela, en todas las escuelas de entonces, en lugar preeminente. Al día siguiente ya esa foto había perdido su vigencia: un pequeño televisor instalado en una casa junto a la escuela nos mostró que una etapa distinta comenzaba y, a la par que ella, una semana entera de fiesta para los niños. No recuerdo apenas qué impresión tuvieron los niños de todo esto pues la vida siguió su curso con toda normalidad, si acaso, en una suerte de expectación mal contenida. En nuestro entorno, algunas cosas cambiaron, no obstante, de forma gradual: abrió sus puertas la antigua “Casa del Pueblo” que estaba situada en la margen del río, junto a una discoteca de moda. Allí acudieron gentes que se preguntaban qué pasaría ahora y no era extraño ver por sus pasillos, por las galerías, por las enormes habitaciones que habían estado cerradas, algunos corrillos de gente, rememorando viejos episodios, hablando todavía en voz baja sobre cosas que la costumbre ocultó día tras día durante años. Todos los niños tenían una historia que contar y no era difícil que esas historias salieran a la luz en algunos momentos de los que pasábamos dibujando o cosiendo en el aula: un abuelo que murió en la cárcel, un tío que fue fusilado, otro al que dieron el “paseo”, una abuela-coraje que no permitió que se llevaran a su hijo, alguien que se saltaba el racionamiento sabe Dios cómo,... Poco a poco, como quien descorre suavemente un velo, fueron apareciendo otras historias, otras lecturas, otros novelistas y poetas, otros versos, otras músicas,... Y esos niños de “La Soledad”, sin saberlo, fueron los primeros que recibieron nuestros descubrimientos y los primeros que dibujaron al son de los versos de Lorca, de Cernuda o de Alberti,... o que oyeron de música de fondo a Serrat.

            Aquí, en una escuelita al borde del mar, empezó todo. Éste fue el comienzo de una historia cuajada de momentos. Algunos, los que el corazón ha rescatado, como si fueran los compases de una melodía repetida que se salva del olvido, se escriben en estas páginas. Para que nada se pierda.

 ( Y puedes oír esto con música de Beatles: I want to hold your hand; All my loving; Love me do; I need you)


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