sábado, 28 de abril de 2012

John Adams, Muñoz Molina y Miss Liberty

Como si formaran un bucle, estos días finales de abril estoy repasando las cosas que aprendí cuando estudiaba Historia de América en la universidad. Y añadiendo otras que recién he aprendido por medios muy diversos: una serie de televisión, las charlas con mi hijo, algunos artículos de Internet...
La serie de televisión se llama "John Adams" y recrea los primeros años de la historia de los Estados Unidos de América. La biografía de este personaje, que fue el segundo presidente, tras George Washington, muestra de forma certera el ambiente de aquellos años fundacionales, la lucha contra los ingleses, las rivalidades intracoloniales, la redacción de la Declaración de Independencia y la Constitución americanas, los primeros años de la diplomacia estadounidense en Europa. Maravillosos contrastes de formas de vida, vestimentas, hábitos culinarios y gustos, se observan entre aquel país emergente y las cortes europeas. Entra ellas mismas, las cortes europeas, se manifiestan las mismas diferencias: son mundos diferentes más separados de lo que a lo largo de la historia podemos apreciar. La serie es una genial forma de mostrarnos aspectos sociales, políticos y económicos que, de otra manera, no llegaríamos a apreciar con el simple estudio de los fenómenos. Como en tantas ocasiones, el cine, la imagen, tiene la fuerza expresiva que nos atrapa profundamente. Entre los personajes que en ella aparecen hay una constelación de nombres que conocemos, pero que se nos escapan en su exactitud: el propio George Washington, tan prudente y patriota; el futuro presidente Jefferson, con su mutación intelectual desde su posición de terrateniente ilustrado a revolucionario profrancés; secundarios de lujo, como el rey Jorge III o el economista político Hamilton, que tuvo la visión de entender cómo sería el futuro de las colonias unidas...Sobre todos ellos destaca la esposa de Adams, Abigail, una rara avis de estos momentos en los que las mujeres salían por la puerta de atrás. Su buen juicio, su inteligencia y su formación, lograda al amparo de la lectura de los textos sagrados, como todos aquellos puritanos que ocupan la cúspide intelectual de la época, llaman la atención y también cómo su opinión es tenida en cuenta y ensalzada.


(Ha nacido una rosa. Foto de C.L.B.)

En ese bucle del que he comenzado escribiendo, la idea de un gran país hacia el que arriban gente de toda condición, huidos de las desgracias y de las persecuciones, ya se viene expresando en los términos de aquella Constitución. Antonio Muñoz Molina, que vive en Estados Unidos desde hace años, escribe también estos días en su blog personal, algo que está muy relacionado con todo aquello que he visto en la serie y sobre lo que he reflexionado, en este texto que titula Finisterre:

La bicicleta multiplica el alcance de los paseos. Llegar caminando por la orilla del Hudson desde mi casa hasta la punta sur de la isla me cuesta algo más de dos horas. En treinta minutos he llegado esta mañana a Battery Park, a la explanada junto a la cual se toma el ferry que va a la estatua de la Libertad. Hoy hacía una mañana de niebla y llovizna ligera y el camino estaba casi deshabitado. La tranquilidad de no tener que ir sorteando a la gente y los otros ciclistas me permitía mirar con más atención: a un lado, la anchura agrisada del río; al otro, los edificios de Riverside Drive, y más abajo los grandes almacenes portuarios, las torres de cristal, algunas de extraordinaria belleza, que brotaron en los años de prosperidad sobre los tejados de Chelsea -dos de ellas, las que más me gustan, creo que son de Richard Meier. Cuando más se avanza hacia el sur más intenso se vuelve el olor del océano, traido por un viento contra el que a ratos me cuesta pedalear. Todo se ensancha de pronto y la bruma agranda las distancias: intuye uno de golpe la presencia inmensa del mar. Al fondo, la ruta por la que entraban los transatlánticos. Nítidas en la lejanía, diminutas, la estatua de la Libertad, los torreones de Ellis Island, donde se hacinaban los emigrantes recién llegados de Europa, los pobres, los hambrientos, los fugitivos, los expulsados, los que nadie quería.

En momentos de tanta turbación como éstos, quizá no venga mal recordar el espíritu fundacional de los Estados Unidos, la lucha por la independencia y la libertad tal y como la entendieron los padres fundadores y todos aquellos que creyeron firmemente en que tenían razón y, por ello, iban a vencer no solamente en las guerras, sino en la paz. Los fundamentos de la Democracia con mayúsculas y aplicada a la modernidad, se encuentran en aquellas reuniones en las que los notables de las trece colonias (granjeros, profesores, pastores de religiones diversas, militares, abogados...) debatían hasta la extenuación en torno a los conceptos políticos que desembocaban en la palabra Libertad. La Libertad que, en forma de estatua con cuerpo de mujer nos espera al pie de la ciudad de Nueva York.

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