martes, 14 de febrero de 2012

Maestras

Gracias a Nacho Lara y a Antonio Parrado, que puso los medios técnicos, una de estas tardes, de un frío día de febrero, tuve ocasión de compartir con algunas maestras y un maestro, además de algunas profesoras, una bonita tarde en torno a libros, lecturas y clases. Así que, para daros las gracias a todos, aquí tenéis un relato, que quizá os traiga el eco de vuestra propia infancia y que sirve para recordarnos que, como digo siempre, la mejor suerte del mundo es tener, alguna vez en la vida, a un buen maestro cerca:

Retrato de niña con mapa al fondo

A los seis años me llevaron al colegio. Aquel colegio estaba en una casa antigua. Tenía un patio al que se abrían todas las puertas y una entrada con azulejos sevillanos y un suelo muy fresco de mármol gris. Estaba en una calle muy alegre, en la confluencia de otras varias que forman desde entonces el triángulo sentimental de toda mi infancia. Las calles tenían naranjos y unas enormes casas con portalones y casapuertas, casas de grandes ventanas y de azoteas. Desde las azoteas, las gentes de aquellas calles podían ver el paso de las procesiones de la iglesia cercana, la Oración en el Huerto o la Misericordia. Era un barrio muy alegre, luminoso, cuya fisonomía puedo reproducir en mi cabeza de forma exacta, como si los años no hubieran pasado. En esa reproducción, en ese cuadro que puedo dibujar en la memoria, están también los olores, olores al azahar que desprendían los naranjos y olores a goma de borrar o a tinta, el olor peculiar de las escuelas.

             El tiempo del colegio fue maravilloso. No quise faltar ningún día, todas las mañanas acudía temprano, muy temprano, antes de que abriera, y esperaba sentada en el escalón de la puerta. En el colegio era muy feliz, en ese colegio las cosas eran divertidas, entretenidas y pasaban cosas curiosas. Las dos hermanas enormes que se agarraban con fuerza a la mesa porque no querían ir al despacho del director cuando las castigaban; la habitación que estaba junto a la clase, en la que ensayábamos los teatros y hacíamos juegos; la enorme pizarra lateral que aparecía todos los días sembrada de signos: Muestra, Copia y Abecedario. Debajo, las fatídicas Cuentas y los Problemas. También estaba por allí el “cuartito” y la clase de los más chicos, adonde fui una vez a cantarles “Estaba el señor Don Gato”.

             En el colegio yo nunca estuve sola. Tenía sitio en la clase, en el patio y también en el camino a casa, un camino largo y lleno de calles especiales, de casas bajas, de suelos llenos de piedras y de recodos. Podía uno seguir la ruta de la calle Mariana Pineda, larga y directa, que daba a la Plazoleta de las Vacas, donde estaba el Palenque, con un fuerte olor a pescado a veces y, desde allí, enfilar la calle Carraca, muy larga y sinuosa, con tres zonas claramente definidas. En la última de ellas, la más cercana a la carretera de la Bazán, allí estaba mi casa.

             Ir a ese colegio fue una gran suerte. La maestra era la mejor maestra del mundo. Su voz era música para nosotros y su sonrisa una recompensa en el trabajo. Nuestras madres decían que en ese colegio se aprendían muchas cosas y, cuando desapareció, todo el mundo lo echaba de menos. Tuve una gran suerte: ir a ese colegio y tener a esa maestra como profesora durante los años de la primaria. No todo el mundo puede decir lo mismo. Por eso, ese tiempo y esas horas de colegio son lo mejor de todo. El mayor paraíso.

(Caty León)

3 comentarios:

  1. Gracias por compartir tu inmenso trabajo.... e ilusión, pues van cogidos de la mano.

    Un saludo
    Nacho

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  2. Aunque el artículo tiene su tiempo, acabo de leerlo y me atrevo a comentarlo porque ese colegio del que hablas, también fue el mío durante algunos años. Tampoco yo puse pegas nunca para ir al colegio, me encantaba, aunque me cuenta que era muy tranquila y llegaba a lo justito. Nunca me ha gustado madrugar, lo reconozco, lo hice durante años porque las obligaciones como madre me lo requirieron, pero ahora, vuelvo a no ser madrugadora.
    Sólo quería apuntar que recuerdo igualmente el colegio y sus clases, su patio donde cantábamos para aprendernos las tablas de multiplicar y los ríos de España, entre otras cosas. A los diez años me fui a otro, un colegio público que acababan de abrir, fui de la primera generación que lo estrenó, "C. Inspector Padre Franco", precisamente en estos momentos, estamos intentando reunirnos un grupo de ese tiempo para contarnos cómo nos ha ido... pero esa es otra historia.

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