sábado, 25 de febrero de 2012

Carnaval de la nostalgia


(Dedicatoria: A Pepe Cuenca y a Juan Cabrerizo, in memoriam)

Si llegas a San Fernando y quieres conocer su Carnaval, de gran arraigo y tradición en toda la bahía, tienes que ir a la Plazoleta de las Vacas, de nombre real Plaza Sánchez de la Campa, en el barrio de la Pastora, mi barrio. De la Plazoleta sale la calle Mariana Pineda, que desemboca en mi colegio, que ya no existe, la Academia Maura. También allí cerca estaba la Academia de Don Manuel, "Santa Teresa", responsable de que escriba tan rápido a máquina y a ordenador y de que sepa redactar escritos, informes, cartas, solicitudes y toda clase de documentos. La Iglesia de la Divina Pastora es el templo que ha visto las comuniones y bautizos de muchos de mis hermanos y amigos, incluso alguna boda. Junto a la Iglesia estaba, en su local social, el Club Mente Joven, donde pasé al menos seis años de camaradería, juegos, música, bailes y teatro. Pero, lo más importante de todo, es que de la Plazoleta de las Vacas parte mi calle, la calle Carraca, la calle en la que viví desde los dos años a los veinticuatro. Mi calle. Que antes llegaba hasta la carretera que va, por un lado, a la Estación y, por otro, a la Bazán, San Carlos o el Puente Zuazo. Ahora la calle no llega a ninguno de estos sitios porque han cortado San Fernando en dos y, al final, han puesto unas enormes pantallas verdes antirruido, horrorosas, para qué vamos a decir otra cosa. Justo antes de ellas está la antigua calle del cine, que ya no es tal, pues tampoco existe el cine Carraca, el cine de verano en el que veíamos tantas y tantas películas un día y otro.
Toda esta zona que te describo es el barrio del Carnaval en San Fernando. Allí está el centro de todo. Si vas, puedes tomarte una cervecita con las tapas propias de la tierra en la Plazoleta, y escuchar los coros que están allí echándose un cante. A mí me gustan los coros más que nada, más que el resto de agrupaciones, aunque una buena chirigota tiene mucho arte. Pero el coro tiene una esplendorosa música, el tango, del que ha bebido el flamenco y que ha construido verdaderas obras de arte a lo largo de su historia. Cuando yo estudiaba en Cádiz y luego, cuando empecé a trabajar en Chiclana, todos los años había alguna letra que hacía furor y que pasaba a formar parte del legado de los pueblos. Incluso yo misma escribí alguna letra para las agrupaciones que hacíamos los profesores del colegio de Santa Ana.
Llevo tanto tiempo en Sevilla, donde no me conoce nadie (porque nadie que no te haya visto cuando eras una niña o una muchacha te puede conocer de verdad) que me sorprendo cada vez que voy a Cádiz o a San Fernando, y puedo oír esas palabras que forman su vocabulario específico: bajera, casapuerta, güichi, alcoba, bienmesabe, refino... y otras más que no escribo por decoro. Llevo tanto tiempo fuera que hasta he perdido ese sentido del humor, ese reírse de uno mismo que es propio de mi tierra, y que solamente recupero cuando estoy con mi gente, en mi pueblo o en mi antigua calle. Esto es un exilio en toda regla.
Por eso, viva el carnaval. Porque estos disfraces son auténticos, no como otros.

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