jueves, 25 de agosto de 2011

A mares

En la maravilla de la playa que frecuento en verano hay siempre mucha gente con un libro en las manos. Sobre todo por la tarde, cuando el sol es más clemente y favorece la lectura cómoda en una hamaca e, incluso, tirados en la toalla o la esterilla. No sé cuántas personas, de las que veo pasear o bañarse en esta playa, son conscientes de su belleza: una ensenada cuyo perfil se cierra por un lado, con Cádiz y, por otro, con el espigón de El Puerto. Al fondo, como si se tratara de una pintura impresionista, los veleros, siempre muy numerosos, los cruceros y otros barcos de gran tonelaje que están siempre balanceándose en la línea del horizonte. Es un paraíso como aquel del que hablaba Mecano en su vieja e histórica canción "Hawai-Bombay", pero un paraíso cercano y por eso, quizás, no le damos toda la importancia que tiene. La silueta de Cádiz está al alcance de la mano, estirándose desde los astilleros y el puente Carranza hasta el final, con la punta de San Felipe. Enmedio, los altos edificios de la Avenida, las torres-mirador que sobresalen del paisaje y la catedral, con sus cúpulas blancas y reconocibles.
Pues bien, mucha de esta gente que disfruta de la arena blanca de la playa y que la recorre de un lado a otro, porque ahora se ha puesto de moda el ejercicio, andan con un libro en las manos y la frase "¿qué estás leyendo este verano?" se oye en las tertulias y reuniones. Leer en verano significa encontrarte con una literatura que tú mismo defines como "más ligera", pero que no por ello deja de cumplir algunos de los encargos que cualquier libro se hace a sí mismo: te entretiene, te enseña, te hace feliz... Mis amigas de la playa leen en verano tomos enormes de novelas cuyas autoras (a veces también algún autor) no conozco pero que tratan, invariablemente, de amores imposibles, paisajes exóticos, salones abigarrados y mundos que te atrapan durante horas. Veo a más mujeres que a hombres leyendo en ese ritual veraniego de la sombrilla y la hamaca, pero esto puede ser, simplemente, porque los hombres prefieran quedarse leyendo en la terraza o el jardín. También los veo con sus IPAD o sus libros electrónicos y, en todo caso, haciendo cola, una cola enorme, en la librería para comprar la prensa diaria, lo que significa que el periódico, aunque viene más finito en verano (porque todo se para) también lo lee más gente.
En mi casa de la playa tengo aquellos libros que fueron comprados en los veranos y que se mantienen aquí, como si este fuera su sitio natural. Entre ellos, literatura india ("Una mujer casada"), clásicos contemporáneos ("El inútil de la familia"), muchas biografías, preciosos hallazgos ("Una casa veneciana"), y muchos libros de crímenes, ciencia y policías.

sábado, 20 de agosto de 2011

¿Dónde estoy?

Mi madre tiene Alzheimer. Como es una enfermedad de la que se conoce poco y que se manifiesta de forma diferente según la persona, pues hay cosas que le cuestan, otras que olvida y otras que permanecen en su interior, guardadas en un lugar a la que la niebla de la enfermedad no llega. "Esas cosas imborrables" son, para ella, las palabras, la lectura, los libros, los nombres de los autores y los títulos de sus libros, los que tiene en una estantería donde casi no caben. Ella dice, "mira aquí están mis libros, porque me gusta mucho leer y leo sin gafas las letras grandes. Este autor es muy famoso (se refiere a Grisham) y en este otro libro cuentan la biografía de Lady Di, la pobre, que se mató en un accidente. También tengo otras biografías, porque me gustan mucho y libros de aventuras y todos los libros de la colección del Coyote, que son una especie de tebeos". Ella me dice siempre que coja cualquiera de sus libros y que me los lleve para leerlos. En el centro al que ha empezado a acudir le encargan tareas que sirven para estimular su memoria y su pensamiento, para retener las cosas: coser, sobrehilar, y todo aquello que tiene que ver con el cuidado de la casa. Pero lo suyo, lo que más le gusta y le ha gustado siempre (además del cine, que ya no oye) es leer.
Las palabras no se le han olvidado, ni la facultad de leer y entender la lectura, incluso cuando aparecen rótulos en la televisión, que no oye, porque prescindió de su aparato para el oído hace años y ya no ha querido volver a oír. Las palabras no se le han olvidado, ni los nombres de los escritores, ni las grandes heroínas, pero no sabemos por cuánto tiempo. Esta es una enfermedad rara y desconocida, así que quizá deje de poseer su mayor tesoro, lo que la ha distinguido siempre de las mujeres de su edad: su amor por las palabras, por los libros, por los periódicos, por todo lo que significa saber y entender el mundo. Quisiera que la enfermedad fuera clemente con ella y no le quitara nunca ese placer ni tampoco la expresiva alegría con que nos recibe cuando nos ve y nos llena de besos.

viernes, 19 de agosto de 2011

No te presté atención

Quizá reconozcas esta escena: Eres joven, muy joven, eres casi un niño. Tu padre o tu madre te cuentan, por enésima vez, una historia. Es una historia de familia, de calle o de barrio; una anécdota que te resulta antigua, que te aburre, que no te distrae y que estás cansado de oír. Así te pasa algunas veces, de forma que esas historias parecen perderse en un horizonte en el que las palabras se desdibujan. Con el paso del tiempo, todo eso se diluye y no eres capaz de contarlo a tu hijo, que te escucha, sin prestarte tampoco mucha atención. Esas historias, esas anécdotas, dan vueltas y vueltas sin que, al final, nadie sea capaz de construirlas como son.
Marc Levy ha escrito un libro sobre esto, sobre la relación entre un padre y una hija cuando se pierden cien veces las oportunidades de entenderse. Y sobre el vacío que deja, no solamente la pérdida, sino la creencia cierta de que hay cosas que no se  han dicho. El libro se llama así "Las cosas que no nos dijimos" y lo he encontrado en una edición de bolsillo de Planeta (ediciones Booket), rebuscando en un gran almacén. Es verdad que el libro tiene algunos lugares comunes y algunas cosas muy trilladas, pero esa reflexión de fondo, ese querer encontrar en la ausencia todo lo que no se dijo a aquella persona tan querida (a tu padre, porque se fue y a tu madre porque ya es como si no estuviera) me ha parecido necesaria, profunda.