La academia de Don Manuel

La prensa traía estos días la noticia de que iban a cerrarse las últimas dos fábricas de máquinas de escribir. Esto me hizo reparar en algo curioso, algo en lo que no había pensado antes. Desde los ocho a los doce años estuve asistiendo a una academia de mecanografía. Día tras día, incluido el mes de julio (porque el de agosto lo tomaba a beneficio de inventario) iba durante una hora a aprender a escribir a máquina. Supongo que mi madre quería tener todos los cabos atados en cuanto a mi futuro. No fui secretaria, ni mecanógrafa, pero el hecho de haber ido a esa academia, de haber sacado mi título de mecanografía (con sobresaliente y premio de honor, os diré), ha sido muy útil. La primera utilidad es la de saber escribir a máquina y, ahora, claro está, a ordenador. Rapidez, usar todos los dedos, no mirar el teclado, o lo que es lo mismo, tardar muy poco en escribir cualquier documento. Pero, además, aprendí algo estupendo, algo que Carmen Redondo, nuestra compañera del departamento de Administración, conoce muy bien, porque lo practica con sus alumnos del ciclo de Gestión Administrativa incansablemente: me enseñaron a redactar escritos, instancias, oficios, solicitudes, peticiones, currículum vitae, etc. Toda clase de documentos de tipos diferentes, todo lo que conlleva la utilización de la palabra para gestiones diversas, todo eso te lo enseñaban en esta academia, que, ahora lo entiendo, estaba destinada a formar secretarias perfectas (o secretarios, porque también había muchos chicos). Esa formación se complementaba con clases de ortografía, estenotipia, contabilidad e inglés (estas últimas, obviamente, no me tuvieron entre sus alumnos). La tercera gran utilidad de aquella academia estaba en que desarrollaba el gusto por leer. Cuando ya el alumno dominaba el teclado y pasaba a la segunda fase, la que llamabas, "copiado", el trabajo consistía en copiar textos de los libros. Ni que decir tiene que había libros de todo tipo y que yo aprovechaba mis estancias allí para leer, leer y leer. Como el director, Don Manuel, vigilaba que aprovecháramos el tiempo, dándose vueltas por las salas, mi truco consistía en escribir mucho durante la primera parte de la hora, a mucha velocidad, y así tenía margen bastante para poder leer sin escribir, pues se suponía que el texto que llevaba escrito era suficiente.

Así que, cómo no queréis que me produzca tristeza el cierre de las fábricas de máquinas de escribir. Aquel sonido monocorde de las Olivetti funcionando a todo trapo, me parecía un eco familiar y magnífico, porque, tras el ruido, estaba oculto el silencio de las palabras.