lunes, 21 de febrero de 2011

Un invierno propio

Baeza, agosto de 1987. Patio del Instituto en el que enseñó Antonio Machado. Mediodía caluroso. Antes de marcharnos al almuerzo, los alumnos y profesores del curso de verano de poesía, se mezclan en alegre camaradería, cada uno siguiendo sus preferencias y sus gustos. En una esquina del patio tres personas posan para una fotografía. El improvisado fotógrafo es Pepe, un aficionado a la poesía que viene de Peñíscola. Pepe no ha estudiado nada, pero se da una vuelta todos los años por los cursos de verano para aprender cosas y conocer gente. Dos de las tres personas son alumnas de los cursos, Paqui Rodríguez Chamizo es una de ellas, profesora de Geografía e Historia, ahora destinada en Carmona; la otra alumna soy yo misma. La tercera persona es Luis García Montero, que participa como profesor en este curso de poesía mística. La fotografía sale movida: la cámara es muy mala y hay mucha luz. Pero ahí estamos los tres, a pesar del paso del tiempo, Paqui, Luis y yo. Hace ya 24 años.
En aquel tiempo Luis era un joven poeta, discípulo de Alberti, con el que compartía amistad y confidencias. Había ganado el premio Adonais, pero aún no tenía una obra literaria larga y fructífera como ahora. Era de Granada y ejercía de granadino, aunque los vaivenes de la vida lo hayan llevado a residir en Madrid y a veranear en Rota. Yo ya había leído de él algunas cosas y me gustaba, como ahora me gusta, por esa mezcla de naturalidad y de arrojo. Metía en su poesía el cambiar de los semáforos y el chirriar de los frenos de los coches sin que ello significara ninguna perturbación para su fondo más cierto: el amor en todas sus manifestaciones.

Ahora, estos días, tras muchos años de escribir y muchas peripecias personales y profesionales (algunas de las cuales podrían haberme alejado de él si no fuera capaz de distinguir bien lo personal de su obra poética), García Montero publica un nuevo libro, que, como otros suyos, pero quizá más, os recomiendo y animo a leer. Se llama "Un invierno propio" y a mí me trae reminiscencias de otros títulos y otros conceptos: de "Una habitación propia" de Wirginia Woolf, o de "El invierno en Lisboa" de Muñoz Molina. Me parece que en este libro Luis García Montero da un paso más allá de su poesía habitual, adscrita a lo que se llamó "la nueva sentimentalidad" o "poesía de la experiencia". Creo que escribe en una clave filosófica producto de su mayor conocimiento de la vida y su trayectoria más profunda. Él mismo califica sus poemas de "consideraciones", es decir, reflexiones.

Aquel encuentro con Baeza y con Luis García Montero me dejaron una enorme huella. La lectura de poemas, incluso la lectura en alta voz de poemas, había sido, hasta entonces, algo que me había gustado hacer desde siempre. En eso me parezco a Luis, aunque entonces no lo sabía. Pero los poemas que él escribe y ese tiempo en Baeza abrieron una puerta a un concepto más interior, más lleno de zozobra quizá, pero también más pleno. Muchos de los que estábamos allí entonces coincidimos en que, de alguna manera, aquellos días fueron para nosotros motivo de un perceptible cambio, que no sabíamos explicar demasiado bien.

Merece la pena que leáis otros libros suyos: "El jardín extranjero", "Diario cómplice", "Habitaciones separadas", "Vista Cansada"... Y también que busquéis este libro nuevo y os adentréis en ese invierno que anuncia un futuro mucho más consciente de la vida y de lo que queda por hacer.

La tristeza del mar cabe en un vaso de agua

Los hombres tristes
que tienen en sus ojos un café de provincias,
que no saben mentir como quien dice,
que se esconden detrás de los periódicos,
que se quedan sentados en su silla
cuando la fiesta baila,
que gastan por zapatos una tarde de lluvia,
que saludan con miedo,
que de pronto una noche se deshacen,
que cantan perseguidos por la risa,
que abrazan, que importunan hasta quedarse solos,
que retornan después a su tristeza
igual que a su pañuelo y a su vaso de agua,
que ven cómo se alejan las novias y los barcos,
esos hombres manchados por las últimas horas
de la ocasión perdida,
se parecen a mí.


2 comentarios:

  1. Al leer esta entrada, me he acordado de un cuento titulado BAEZA, que sale en "Este sol de la infancia":

    Apenas le interesaban la literatura y la filosofía. Sólo coincidía con él en su pasión por la naturaleza y en el desaliño indumentario. Sus conversaciones trataban sobre todo de árboles y plantas. Le asombraba que un profesor de francés supiera tanto de álamos, acacias, encinas, olmos... Le oía como a un entusiasta de la botánica. Eso decía, aunque yo no me lo creo. En medio, alguna alusión dolorida a Leonor, su desplome reciente. Entonces era sólo un compañero de claustro que componía versos, no el escritor afamado que fue después. Me contó que le había dejado ver algunos de sus poemas, escritos a mano, parte de los cuales apareció luego en la segunda edición de Campos de Castilla. También decía que una vez leyó una frase cenital, un verso suelto en una hoja suelta, entre sus papeles. Tuvo que ser antes de 1919, fue entonces cuando dejó aquel Instituto. Eso significaría que dispuso de veinte años para continuar el poema, pero no lo hizo. Puede que no quisiera seguir, que no encontrara palabras a la altura del inicio; o puede que, simplemente, sea un epílogo acabado, completo e inédito durante dos décadas. El verso al que se asía en el último derrumbe, “estos días azules y este sol de la infancia”.

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  2. Gracias por tu comentario. Me ha parecido muy oportuno e interesante. En el hotel Comercio estuve en la habitación que ocupó Machado y todo el hotel, hostal en realidad, respiraba el ambiente de entonces.

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