martes, 11 de enero de 2011

...Aunque sea una voz que clame en el desierto


Dedicatoria:

A Juan Diego Caballero, profesor de Historia
Con toda la esperanza

En Sevilla vio la luz, el mismo año de 1909 en el que nacieron Antonio Mairena y Manolo Caracol, el catedrático de Instituto, historiador, Premio Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales 1982, Don Antonio Domínguez Ortiz. Hace algún tiempo trajimos aquí su biografía, escrita por Manuel Moreno Alonso y titulada "El mundo de un historiador". Hoy volvemos a hablar, a escribir, de él con ocasión de que esa biografía ha llegado a nuestra biblioteca.
He vuelto a releer este libro que recoge la peripecia vital, pero sobre todo, científica, de Domínguez Ortiz, que murió en Granada en el año 2003, atesorando, por tanto, una larga vida de experiencias y de saber. Seguramente se trata de una persona que encarna todas las virtudes que desearíamos tener aquellos que nos dedicamos a una disciplina concreta y a su enseñanza. Conocimiento, rigor científico, capacidad para investigar, mucho trabajo, paciencia y voluntad, dedicación, visión global de los saberes, conciencia de su propia tarea, humildad, bonhomía, generosidad, sentido común y sentido del humor (los dos sentidos más necesarios en esta vida, además del "Sentido y Sensibilidad" de mi querida Jane Austen).

La biografía de Domínguez Ortiz, de Don Antonio, nos presenta a un verdadero intelectual, porque, cuanto más sabía, más modesto se hacía; porque no fue nunca soberbio ni pedante; porque no necesitaba decir "yo esto lo sé", sino que su obra se iba tejiendo legajo a legajo, escudriñando los archivos y logrando desentrañar los misterios hermosos de la historia y los secretos de la geografía. Domínguez Ortiz pertenece a la gloriosa tradición de los catedráticos de Instituto, de la Enseñanza Media, que ha dado nombres señeros de la investigación y la docencia en nuestro país. Cuando las Universidades estaban copadas por discípulos de maestros, perpetuando una endogamia que, por desgracia, todavía existe; cuando para ser profesor de Universidad había que pasar por un tribunal cuyos criterios eran cuestionables (tres veces lo intentó Don Antonio y tres veces le dijeron NO), los catedráticos de Instituto eran personas independientes intelectualmente, un poco anárquicos, como diría Domínguez Ortiz; quizá con cierto "desaliño indumentario", como nuestro Machado.

Aunque el no formar parte de ninguna Universidad como profesor nos ha privado de discípulos directos, puede decirse que son legión los historiadores, los profesores de Historia, que creemos en él como el modelo de investigador y de docente que nos gustaría haber sido, que nos gustaría ser. A pesar de no ser profesor de Universidad, además, sus publicaciones y su prestigio se abrieron paso y, como dice su biógrafo, "al final de su vida la admiración y el respeto le llegaron como un premio a un hombre bueno y sabio que no buscó más que el placer de enseñar historia". Y, como afirma también el autor de su biografía "no es fácil entender que en un mundo intelectual controlado por un grupo de mandarines, con frecuencia harto mediocres, un hombre independiente de la talla de Domínguez Ortiz pasara de las aulas de un instituto de provincias a los congresos internacionales y a las salas de conferencias más prestigiosas. Llegó un momento, tanto en los ámbitos nacionales como internacionales, en que bastaba decir Don Antonio para que todos comprendieran que se trataba del más importante de los historiadores españoles"

Fue un autodidacta, nacido en una familia modesta de artesanos, pues su padre fue ebanista de retablos, pero, aunque trabajaba con las manos, era un gran lector e inició en la lectura a su hijo desde pequeño. He pensado muchas veces en esta circunstancia, cuando un padre de origen modesto, con un trabajo manual, llega a entender tanto la importancia del saber que hace todo lo posible porque sus hijos estudien y, sobre todo, lean. He aquí uno de los secretos del éxito. El otro, seguramente, es el amor, el sentirse amados, lo que hace que los niños entiendan su lugar en el mundo.
Merece la pena que leáis este hermoso libro y que luego busquéis alguno de los libros de Don Antonio: "Orto y ocaso de Sevilla", "La sociedad española en el siglo XVIII", "Los extranjeros en la vida española durante el siglo XVII","Política y Hacienda de Felipe IV", "La Sociedad española en el siglo XVII", "Crisis y decadencia de la España de los Austrias", "Los judeoconversos en España y América", "La Sevilla del siglo XVII" y muchísimos otros libros más dedicados a los siglos XV, XVI XVII, tanto en España, como en Andalucía y en Sevilla, ciudad a la que siempre amó.

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