viernes, 17 de diciembre de 2010

Los imprescindibles: Un Shakespeare cualquiera



Cada uno de nosotros tiene su propia biblioteca. Es una biblioteca guardada en el corazón, no únicamente en las librerías. Cada uno de nosotros ha construido día a día esa biblioteca, la ha ido llenando de libros y todos esos libros encierran un significado, más allá de su propio título, su autor o su contenido. Porque son los libros de nuestra vida. Siendo niños, hay un momento especial que debería existir para todos, ese momento en que "tus libros" se independizan de los libros de la familia y pasan a formar parte de lo que ya será, para siempre, tu propia biblioteca.
Recuerdo ese momento. Mi madre me compró un mueble que, desde ese momento y hasta ahora, llamamos "el librerito blanco", que tenía seis baldas y un remate torneado muy bonito. Era un mueble muy sencillo pero fue mi primer mueble de libros. El mueble en el que iban a colocarse mis libros, los que eran solamente míos, los que yo había ido comprando, los que me habían regalado, pero, sobre todo, los libros que me gustaban, que releía y que serían, son, una compañía fiel y segura durante todos los años venideros. Ese librerito blanco, que todavía existe, aunque pintado de amarillo, en la casa materna, es ahora el mueble que alberga las novelas que regalamos a mi madre, pero conserva todavía ese poder iniciático, ese carisma de ser un lugar de culto en la casa.
Mi propia biblioteca es ahora mucho mayor, como nos pasa a todos los que tenemos en los libros un refugio firme e ineludible. De todos esos libros, algunos, los más queridos, los que nacieron con aquel librerito y que han crecido con el paso del tiempo, están en un sitio especial, un sitio cálido, juntos y esperando que yo les siga siendo tan fiel, como ellos lo han sido conmigo. En esos libros hay un poco de todo: mucha poesía (¿quién no lee poesía a los quince años?), todo lo de Jane Austen, todo lo de D. H. Lawrence, Edith Warton, Platero y yo, todo lo de Agatha Christie, Dashiell Hammet, muchísimos libros de flamenco (el mejor de todos, la biografía de Don Antonio Chacón, escrita por Blas Vega), los libros de los viajeros románticos, algunas biografías definitivas, mis libros de Historia y de Arte, en fin, el bagaje escrito que cada uno de nosotros tiene por más querido. A ellos se han unido otras adquisiciones y nuevos amores, relatados aquí algunos de ellos, como Irène Némirovsky, Ellen Glasgow, Elvira Lindo (sus "Manolitos"), Carmen Laforet y otra larga serie de "preferidos".
Entre esos preferidos también está el Quijote, la preciosa edición que alguien me regaló hace muchos años y "La Regenta" y otras obras de nuestros clásicos, además de muchos libros que consideramos de literatura juvenil, aunque no me parece que esto sea cierto: Alicia, Pinocho, Julio Verne, El corazón de las tinieblas (maravilloso Conrad), Rodari, Maria Gripe (El rey y el cabeza de turco, siempre)...

Y, por fin, también están todos los Shakespeare, el motivo de escribir esta entrada, todos los libros que el bardo escribió. Cualquiera de ellos puede leerse en cualquier momento. Con distintos argumentos, con personajes diversos, todos ellos encarnan el valor de la literatura, la forma más universal de comunicación, la de los sentimientos. Pero, encima, muchos de esos libros, como comentamos en otra entrada de este blog, han sido llevados al cine y ¿no es verdad que el cine nos transporta a los ambientes y a las ideas de una forma clara y llevadera?. Recomiendo leer a Shakespeare cuando estemos muy tristes, cuando tengamos una alegría rebosante, cuando no entendamos las cosas, cuando nos llegue una certeza única, cuando nos asomemos a lo trascendente, cuando la superficialidad nos ayude a sobrellevar los días...

Confieso que soy muy shakespeariana. Desde que vi en el cine "Romeo y Julieta" de Franco Zefirelli, con Olivia Hussey y Leonard Witing. Me imaginaba que Romeo subía desde la pantalla del cine de verano, a través de la huerta que nos separaba, y llegaba hasta mi azotea, enorme y llena de sol y viento de levante. Desde que oí a Richard Burton, en un inglés que no entendía, pero que sonaba a gloria. Desde que vi a Kennet Brahnag, haciendo de Ricardo III; o a Lawrence Olivier en Hamlet... Desde que lo leía en la academia de Don Manuel, mientras escribía a máquina. Shakespeare siempre. ¿Qué tal leer algo del bardo estas navidades? ¿O su biografía, escrita por Peter Burke, que está recomendada en este blog? El sueño de una noche de verano, Las alegres comadres de Windsor, El rey Lear, Hamlet, Macbeth, Romeo y Julia, El mercader de Venecia (y ver también la película, con Jeremy Irons), Otelo...
Aquí os dejo el enlace de los amantes de Verona, La Tragedia de Romeo y Julieta, para que disfrutéis de Shakespeare en la red.

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