domingo, 10 de octubre de 2010

El Nobel, en la prensa


Parafraseando el título de la obra de Miguel Delibes "Cinco horas con Mario" (que, por cierto, se representará en el Teatro Lope de Vega de Sevilla, en breve), el escritor y periodista Francisco Robles, que el curso pasado nos visitó en la biblioteca, ha publicado hoy, en su habitual columna de ABC de Sevilla, un memorable artículo que nos habla de Vargas Llosa (de "Varguitas", como lo llaman sus colegas de las letras), y del sentimiento de la lectura. Merece la pena leerlo y comentarlo con los alumnos:

Treinta años con Mario

Francisco Robles. ABC de Sevilla, domingo 10 de octubre de 2010

Has regresado a ese territorio virgen como una selva donde los libros se apretaban en voraces lecturas de verano, cuando las noches eran propicias para el flexo en la azotea, con la Giralda al fondo como una palmera apagada. Has sentido esa punzada irónica que te recorría por dentro cuando Pantaleón Pantoja organizaba la intendencia del barco repleto de putas como si fuera la misión militar más importante que hubiera ejercido a lo largo de su carrera. No conservas aquel ejemplar porque lo devolviste a la biblioteca pública que era tu librería de ida y vuelta. Tenías vacíos los bolsillos pero la mente repleta de personajes que se iban acumulando para quedarse a vivir contigo para el resto de tu vida. Eso era la lectura.
Has vuelto a aquellas tardes en que fuiste feliz mientras el escribidor te contaba las aventuras de la tía Julia. Borges decía que la ceguera era una dulzura, un regreso. Y que lo peor de no haber leído de joven era la pérdida irreparable del placer que nos espera cuando el tiempo nos alcanza: la relectura. Ahora vas a emprender el camino de vuelta. Vas a reencontrarte con el joven que fuiste, hambriento de conocimiento y ebrio de sintaxis. Te acompañará en la tarea un coloso, un genio. Porque Vargas Llosa pertenece a la estirpe de Cervantes. Es un elegido. No todos somos iguales y tú lo sabes. Otra vez Borges, que no presumía de los libros que había escrito, sino de los que había leído.
Volverás, con la emoción enredándose en tu garganta, a aquella casa que no existe para reencontrarte con las sombras de los que te dieron la vida. A la Tercera de ABC donde Vargas Llosa te enseñó, para siempre, en qué consiste la novela. Porque la literatura es emoción o no es nada. Porque leer es reírse por dentro y llorar por los adentros, es sentir cómo la piel se eriza ante la visión de una mujer imaginada, cómo el miedo acecha cuando se lee la palabra muerte, cómo fluye el tiempo con el ritmo de un endecasílabo: soy un fue, y un será, y un es cansado… En aquel flexo medio roto que iluminaba las páginas de un libro que nunca fue tuyo, pero que llevas dentro de ti, está la luz que te alumbró, la luz que te rompió los límites a los que estabas condenado por tu origen. Porque vivir es romper los fuertes y fronteras, como sostenía San Juan de la Cruz en su arrebato místico.
Vargas Llosa rompió las maromas que lo ataban al Perú y se contagió de Faulkner y de Flaubert. Se hizo «ameroparisino» como Cortázar o García Márquez, escribió en Londres y pregonó los toros en Sevilla. Como Juan Ramón, es un peruano universal. El indigenismo es mirar hacia atrás y hacia dentro, como el nacionalismo que nos tiene maniatados al terruño o como la media memoria histérica que quiere alimentarnos del vómito que se pudre en los sótanos de nuestro peor pasado. A Vargas Llosa le cogió el Nobel en Manhattan, en la capital del mundo, en la ciudad abierta como las páginas de sus libros, como el humor que nos reconcilia con la inteligencia. Los que dicen que es un derechista peligroso son los mismos que defienden a los dictadores de los que se burla Vargas Llosa desde esa altura intelectual y moral que se asienta en una palabra: libertad.

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