sábado, 5 de junio de 2010

Lo peor de las cosas malas de la gente mala es el silencio de la gente buena

La muchacha del cuadro (que pintó Matisse) parece muy desconcertada. O, quizá, asustada. Confusa. Preocupada. Triste. Extrañada. Absorta. En ese extraño interior, a través de cuya ventana abierta se ve el mar y una solitaria planta que nace no se sabe dónde (pues lo mismo puede ser una maceta, que la rama de un árbol que emerge), la muchacha nos mira haciéndose algunas preguntas.
El pintor nos engaña. Coloca a la muchacha en una bonita habitación, con cortinas de flores, paredes de papel pintado y mesas de cristal en las que se ofrecen flores en un jarrón. Pero la muchacha no parece concordar con ese paisaje y tiene una expresión dudosa.
Es como si (algo imposible) Matisse hubiera visto "Psicosis" la película de Hitchcock en la que también nos engañan, porque todos esperamos que la "estrella" Janet Leight se mantenga viva durante toda la película (para eso es la protagonista ¿o no?) y, de pronto, se le ocurre ducharse y dejarse matar por quién lo sabe. La cara de horror de Janet Leight en la ducha tiene un punto de encuentro con el de esta muchacha anónima de Matisse, que, literalmente, no sabe qué hacer con sus manos. La muchacha está sentada delante de su tocador pero no mira al espejo (porque ¿dónde está el espejo?), sino a nosotros.
Creo que la muchacha está sola. Y que no entiende qué ha pasado. Y que ha pasado algo. Algo que, quizá, puede tener que ver con el título de esta entrada, aunque ella no conoce a Gandhi ni sus frases.
No había entendido el cuadro, ni comprendido la frase de Gandhi. Ni sabía por qué Hitchcock nos juega esa mala pasada. Pero ahora lo sé. Desde hace dos años exactamente.

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