martes, 29 de junio de 2010

Escribo mi soledad

A la memoria de Luis Caballero

Cuando Lorca despidió a Sánchez Mejías con esa elegía insuperable (tardará mucho tiempo en nacer/ si es que nace/ un andaluz tan claro/ tan rico de aventura), nos dejó escritas las palabras que mejor pueden expresar el sentimiento de pérdida por la gente irrepetible, la gente que no solamente vive una vida para sí mismo, sino que irradia a los demás tantas cosas que su misma existencia nos da calor. Por eso ahora no tengo que inventarme versos, pues ya están escritos, pues ya se escribieron, para Ignacio, para ti, Luis.

No nos lo habían dicho, pero la soledad era esto. Ver cómo se marchan todos aquellos que te han conocido de niño, ver cómo cambian y desaparecen los paisajes que viviste, en los que jugaste y sentiste. No te haces mayor, te quedas solo. La soledad es la ausencia, el vacío, el frío hueco que dejan las presencias que nos alumbraron. Ver cómo te conviertes en huérfano. La orfandad es la soledad más grande de todas. Y saber que tus maestros ya no están. Esas personas que conoces a lo largo de la vida, y cuya luz te ilumina más que nada. Eso era Luis Caballero para mí. Además de un amigo, mucho más que un amigo: un maestro, en el sentido antiguo , en el sentido de los que, con su palabra y su pensamiento, han contribuido a moldear lo que eres. Los que habéis conocido a Luis Caballero sabéis cuánto era su caudal flamenco. Y cuánta su lealtad: hizo más por el mairenismo que todos los mairenistas juntos. Pero no es ese magisterio el que más le agradezco, sino ése otro, el de la vida. Porque Luis Caballero no era un profesional del cante, ni un profesional de la escritura: su profesión era la vida. Vida intensa, plena, completa, hasta casi (y este casi es la triste niebla de la desmemoria que a todos nos acecha) el final.

En noventa y un años puede pasar de todo, y a él le pasó lo peor y también lo mejor. Luis era uno de los escasos supervivientes de ese tiempo que España no quería haber presenciado, que los españoles no querríamos haber vivido, pero que, sin embargo, no podemos olvidar. Nos cuesta tanto olvidar. Era también la prueba de que es posible vivir sin resentimiento, sin ajustes de cuentas, sin resquemores. Vivía en plenitud desde siempre, incluso cuando no tenía libertad. Y nos enseñó que el hombre puede estar bajo un yugo, puede ser pobre y miserable, pero que no puede dejarse arrebatar la dignidad.

Aprendí de él muchas cosas. Tardes enteras de charlas, conversaciones telefónicas interminables, cartas… Aprendí, por ejemplo, el valor del saber, de la instrucción. Porque él, que no había tenido la educación que su inteligencia y su afán se hubieran merecido, tuvo que construirse su pensamiento a golpe de palabra, a golpe de intuición, y, por eso mismo, siempre admiró lo que la cultura ofrece al hombre: la única patria que no tiene fronteras. Era un autodidacta que amaba a los maestros que nunca había tenido. Por eso, aunque su conversación estaba siempre salpicada de anécdotas, de miles de historias que le habían sucedido a él o a otros (esos “otros“ de su particular galería de personajes, muchos de ellos gaditanos, porque amaba a Cádiz con pasión entrañable), su naturaleza reflexiva le obligaba a trascender la anécdota y a llegar hasta el fondo de las cosas. Por eso, sus opiniones no eran tales, sino maravillosas lecciones ocasionales que surgían y se convertían en documentos dignos de atesorar.

Esto es la soledad. Sientes que, detrás del teléfono, al otro lado del papel de cartas, no hay nadie que pueda entender tus palabras. Sientes que no podrán volver a repetirse las horas lentas de la charla y el cante susurrado. Luis fue un lorquiano (cuando nadie lo era) que creía en la fuerza de la sangre y que defendía su pasado sin herir los sentimientos del presente. Había encontrado dos refugios contra el vacío, el dolor, la muerte, el destierro: el cante y la palabra. Ambos, cante y palabra, a veces se fundían y a veces se abrían como un enorme abanico que se desplegara en los momentos más oscuros o en las horas más gloriosas. El cante y la palabra lo salvaron de tanto que él lo agradeció siempre porque era profundamente agradecido. Y además lo despojó del rencor: cuando hablaba de sus tiempos en la cárcel, después de la guerra, nunca recordaba la maldad de sus carceleros, sino la belleza generosa y amable de las muchachas que lanzaban hogazas de pan al patio de la prisión. Por eso…

Escribo que estoy más sola. Y recuerdo una brisa/triste por los olivos.


(ABC de Sevilla, 29 de junio de 2010. Catalina León Benítez)

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