sábado, 12 de junio de 2010

Ancianos



El Jurado del Premio Príncipe de Asturias de las Letras ha decidido no dar el premio a Ana María Matute, una de nuestras escritoras más veteranas y que representa, junto con otros nombres, la plenitud de la ancianidad porque, llegado el tiempo en el que el almanaque cae diariamente con la lentitud de un ocaso, todavía el corazón y la cabeza mantienen el latir diario de las cosas, sin que la desmemoria, la niebla del olvido o el abandono, mermen la capacidad de imaginar, de sentir, de pensar. Esos escritores ancianos, algunos de los cuales, como Francisco Ayala, desaparecido recientemente, consiguieron cruzar la frontera de los cien años, como un árbol que tuviera las raíces bien amarradas a la tierra, tienen la inmensa suerte de no ser víctimas de la soledad y del desconsuelo.

El final de sus vidas no se parece al de esos otros ancianos que malviven en una residencia clandestina y que ven, en el mayor desamparo, que, cuando la residencia se cierra por sospechas de malos tratos, nadie va a recogerlos. Esos ancianos tuvieron padres, que los cuidaron de pequeños y que ahora sufrirían lo indecible al verlos. Esos ancianos tuvieron hermanos, primos, sobrinos, cuñados, hijos. ¿Dónde están los hijos? Muchos de esos ancianos leyeron cuentos a sus hijos y nietos, los sentaron en sus rodillas y, enmedio del abrazo, les contaron las viejas historias de siempre, las que pasan de generación en generación, para que nunca se olviden.

Mirad la cara de esa mujer entre los lirios que pintó Cecilio Plá. Parece decirnos "no quiero envejecer, no quiero ser un trasto inútil al que nadie considere, no quiero dejar mi casa, mis cosas, mi ventana y mi huerto, no quiero dejar mi pueblo ni mi barrio, no quiero apartar la vista de mi calle, dejar de frecuentar mis tiendas, abandonar el cajón de mis recuerdos, no quiero irme a una residencia fría donde personas de corazón helado (¿personas?) no tendrán para mí nada más que silencios, nada más que desprecios, nada más que vacío..." Qué suerte tienen esos escritores viejos que, pasados los ochenta y los noventa, todavía albergan en su cabeza palabras que hay que componer, que hay que combinar, para que el libro o el artículo de prensa salga a la luz. Hoy los he recordado, al leer la triste noticia de esos ancianos abandonados, sin nadie que los recoja, tras cerrar una residencia que los maltrataba... Ana María Matute no ha tenido el Premio Príncipe de Asturias de las Letras pero lleva un precioso y cuidado cabello blanco y un elegante traje cortado a medida y unos zapatos cómodos y parece soñar todavía con muchas cosas...

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