lunes, 26 de abril de 2010

Proyecto Almanaque: Charles Dickens


Cuento de Navidad

Charles Dickens

Fragmento del Capítulo 1: El espectro de Marley

Empecemos por decir que Marley había muerto. De ello no cabía la menor duda. Firmaron la partida de su enterramiento el clérigo, el sacristán, el comisario de entierros y el presidente del duelo. También la firmó Scrooge. Y el nombre de Scrooge era prestigioso en la Bolsa, cualquiera que fuese el papel en que pusiera su firma.
El viejo Marley estaba tan muerto como el clavo de una puerta.
¡Bueno! Esto no quiere decir que yo sepa por experiencia propia lo que hay particularmente muerto en el clavo de una puerta; pero puedo inclinarme a considerar un clavo de féretro como la pieza de ferretería más muerta que hay en el comercio. Mas la sabiduría de nuestros antepasados resplandece en los símiles, y mis manos profanas no deben perturbarla, o desaparecería el país. Me permitiré. pues, repetir enfáticamente que Marley estaba tan muerto como el clavo de una puerta.
¿Sabía Scrooge que aquél había muerto? Indudablemente. ¿Cómo podía ser de otro modo? Scrooge y él fueron consocios durante no sé cuántos años. Scrooge fue su único albacea, su único administrador, su único cesionario, su único legatario universal, su único amigo y el único que vistió luto por él. Pero Scrooge no estaba tan terriblemente afligido por el triste suceso que dejara de ser un perfecto negociante, y el mismo día del entierro lo solemnizó con un buen negocio.
La mención del entierro de Marley me hace retroceder al punto de partida. Es indudable que Marley había muerto. Esto debe ser perfectamente comprendido; si no, nada admirable se puede ver en la historia que voy a referir. Si no estuviéramos plenamente convencidos de que el padre de Hamlet murió antes de empezar la representación teatral, no habría en su paseo durante la noche, en medio del vendaval. por las murallas de su ciudad, nada más notable que lo que habría en ver a otro cualquier caballero de mediana edad temerariamente lanzado, después de obscurecer, en un recinto expuesto a los vientos -el cementerio de San Pablo, por ejemplo-, sencillamente para deslumbrar el débil espíritu de su hijo.
Scrooge no borró el nombre del viejo Marley. Permaneció durante muchos años esta inscripción sobre la puerta del almacén: "Scrooge y Marley". La casa de comercio se conocía bajo la razón social "Scrooge y Marley". Algunas veces los clientes modernos llamaban a Scrooge Scrooge y otras veces Marley: pero él atendía por ambos nombres. Todo era lo mismo para él.
¡Oh! Pero Scrooge era atrozmente tacaño, avaro, cruel, desalmado, miserable, codicioso. Incorregible, duro y esquinado como el pedernal, pero del cual ningún eslabón había arrancado nunca una chispa generosa; secreto y retraído y solitario como una ostra. El frío de su interior le helaba las viejas facciones. Le amorataba la nariz afilada, le arrugaba las mejillas, le entorpecía la marcha, le enrojecía los ojos, le ponía azules los delgados labios; hablaba astutamente y con voz áspera. Fría escarcha cubría su cabeza y sus cejas y su barba de alambre. Siempre llevaba consigo su temperatura bajo cero; helaba su despacho en los días caniculares y no lo templaba ni un grado en Navidad.
El calor y el frío exteriores ejercían poca influencia sobre Scrooge. Ningún calor podía templarle, ninguna temperatura invernal podía enfriarle. Ningún viento era más áspero que él, ninguna nieve más insistente en sus propósitos, ninguna lluvia más impía. El temporal no sabía cómo atacarle. La más mortificante lluvia, y la nieve, y el granizo, y el agua de nieve, podían jactarse de aventajarle en un sola cosa: en que con frecuencia "bajaban" gallardamente, y Scrooge, nunca.
Jamás le detuvo nadie en la calle para decirle alegremente: "Querido Scrooge, ¿cómo estáis? ¿Cuándo iréis a verme?" Ningún mendigo le pedía limosna, ningún niño le preguntaba qué hora era, ningún hombre ni mujer le preguntaron en toda su vida por dónde se iba a tal o cual sitio. Aun los perros de los ciegos parecían conocerle, y cuando le veían acercarse arrastraban a sus amos hacia los portales o hacia las callejuelas, y entonces meneaban la cola como diciendo: "Es mejor ser ciego que tener mal ojo".
¡Pero qué le importaba a Scrooge! Era lo que deseaba: seguir su camino a lo largo de los concurridos senderos de la vida, avisando a toda humana simpatía para conservar la distancia.

Cuestiones a tratar sobre el texto:

Estamos ante un auténtico clásico de la Navidad, el Cuento o Canción de Navidad (de las dos formas se ha traducido) que escribió Charles Dickens.
Bueno será comentarles a los alumnos algo del autor. Cualquier cosa de su vida les resultará de gran interés. También, señalarles la repercusión que tuvo su obra en Inglaterra: cuando Dickens murió hubo quien se hizo la gran pregunta: “¿Habrá muerto también Papá Noel”?
El texto está escrito con un lenguaje irónico que va más allá de lo humorístico. Bueno es que los alumnos reflexionen sobre el poder del humor para poner de manifiesto hasta los caracteres y los ambientes más sórdidos y complicados.

¿Qué podemos hacer con el texto?

1. Leerlo como hacemos siempre. Y leerlo dándole la gracia que tiene, cambiando las voces y prestándole toda la viveza que emana de sus líneas.
2. Comentarlo entre todos. Una vez que el profesor haya planteado la época en la que se escribe, los alumnos pueden reflexionar sobre cómo la literatura está inserta en los momentos históricos pero, a la vez, da tipos universales.
3. Reparar en el personaje principal. Scrooge no es un personaje de cartón piedra, sino un auténtico malandrín que, sorprendentemente, ofrecerá más aristas de las que podíamos imaginar al principio. Puede darnos pie para hablar del carácter de los humanos, citando algunos personajes “malos” que los alumnos conozcan de libros o de películas.
4. Reflexionar sobre la curiosa circunstancia de que en la Navidad todos queremos ser buenos. Pero ¿qué pasa el resto del año? He aquí una pregunta que los alumnos pueden responder con una frase ingeniosa cada uno, en un turno de palabra que no deje a nadie fuera.
5. Completar lo leído. Recomendar a los alumnos que, para Navidad, lean el relato entero. Pueden hacerlo en la web, con sólo teclear el título y también comprar una edición. En estas Navidades saldrán, al menos, dos nuevas y se mantienen otras clásicas que siempre se pueden encontrar.

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