jueves, 17 de diciembre de 2009

La luz de la infancia



Días antes de llegar la Navidad, mi padre iba a la tienda de Celestino y compraba todos los dulces, los turrones, el jamón, todas las deliciosas chucherías que en esos días se iban a comer. Después, adornábamos la casa en una mezcla de tendencias, como diría hoy un estilista de decoración: un árbol de Navidad, un Nacimiento, guirnaldas, bolas de colores, piñas, angelitos en los cristales, espumillón, botas de San Nicolás, bandejas de polvorones, pequeños detalles repartidos por toda la casa...El verde y el rojo eran los colores de esos días y todo el mundo andaba sigiloso, teniendo mucho cuidado de no abrir determinados armarios o alacenas, porque allí, oh milagro, podía aparecer, en cualquier momento, un presente de los Reyes Magos. Siento deciros que Papá Noel se incorporó más tarde, pero, desde luego, cuando lo hizo, también contribuyó lo suyo a ese laberinto de paquetes y lazos que iban y venían de un lado a otro como si fuera un vodevil.

La Navidad reunía en la casa a todos los hermanos, a toda la gente que, de ordinario, andaba en sus ocupaciones y en sus estudios. Las edades diferentes, los gustos distintos, nada de eso importaba. Lo suyo era empezar el día a buena hora, con el portón abierto y la mesa preparada con mantecados, alfajores y amarguillos, con Pan de Cádiz y mazapán, para que la llegada de los amigos, de los vecinos (sobre todo, de las vecinas) pudiera acompañarse de un rato de charla, de un buen café y una copita, cuando el día era más frío.

La casa era un continuo trasiego de gente, algunas veces disfrazadas de mil cosas, reviviendo los disfraces de carnaval, que se guardaban en el gran baúl oscuro, que se abría de vez en cuando. Los disfraces le daban un aire peculiar a la nochebuena, porque, después de la cena en familia, todos nos lanzábamos a la calle (nuestra calle, ese paraíso de la felicidad que todos llevamos en el corazón) y así, de casa en casa, llegaba el amanecer, cantando, bailando y riendo.

Después del año viejo, llegaba el nuevo (y con él, el único día del año en que mi padre tomaba vacaciones). Día grande, de almuerzo familiar, de trajes nuevos y de regalos. Cercano ya el final de las vacaciones, el gran espectáculo, el maravilloso mundo de los Reyes Magos. Secretos bien guardados, cuchicheos, cartas que iban y venían, Cabalgatas que apenas tenían caramelos (porque no era esa fastuosa Cabalgata sevillana, sino otra más pequeña, sencilla y sin alardes). Noches de no dormir y de despertares con sorpresa. Cajas cubiertas de brillantes colores, muñecas (sobre todo), el barco pirata, los playmovil, los Juegos Reunidos, las bicis, y, siempre, sin discusión, los "avíos del colegio", los libros y los discos.

Bendita luz de la infancia que se fue y que, por mucho que quiera revivirse, ya nunca volverá sino en nuestros recuerdos.

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