miércoles, 23 de diciembre de 2009

Termina un cuento...

RUDOLF THE BAD



Rudolf vive en una gran ciudad, una ciudad con grandes rascacielos, con un enorme río, con puentes y con metro. En el metro viaja Rudolf por la ciudad, acompañado de su padre o, a veces, de sus dos primos. Rudolf tiene quince años y no se llama Rudolf, sino Jaime, pero esto no tiene la menor importancia para nuestra historia. Tampoco se apellida The Bad, pero, si alguno de los que leen esto es aficionado al cine, ya entenderá de dónde viene la cosa.

Resulta que Jaime o Rudolf vive en una urbanización con casas, chalets y pisos, todo a la vez. Y en esa urbanización pasan cosas muy, pero que muy raras. Por ejemplo, que desaparecen las cosas. Por ejemplo, que aparecen personas a las que nadie conoce (pero esto es una historia demasiado larga para referirla aquí). Por ejemplo, que los niños se preguntan asombrados cómo es posible que todo eso ocurra y que nadie parezca darse cuenta.

Rudolf y sus dos primos saben que las cosas desaparecen por lo de las banderas. En el Instituto donde estudian, a un par de calles de distancia de su urbanización, había banderas en el patio, rodeadas de césped y colocadas en unos palos muy altos. Bueno, pues las banderas, que eran por lo menos tres, representando cosas distintas, empezaron a desaparecer. En una ocasión desapareció la de la izquierda; después de reponerla, desapareció la del centro. Luego, la de la derecha. Repuestas todas, volvieron las desapariciones y, esta vez, no quedó ni una sola bandera ondeando al viento.

El director del Instituto y el jefe de estudios estaban muy molestos con todo aquello. Las banderas no eran muy caras pero les parecía un gamberrismo total eso de que fueran desapareciendo. Además, era una pena porque quedaban muy bonitas, allí en medio del césped, tan cuidado y verde y las banderas con esos colores llamativos y esos escudos en el centro de las telas.

Rudolf y sus primos se enteraron del tema de las banderas porque eran muy observadores y, cuando llegaba la hora del recreo, jugaban a que se convertían en detectives privados, privadísimos, y se lanzaban a investigar asesinatos, secuestros y demás maldades de la imaginación calenturienta de los novelistas que escribían los libros que a ellos les gustaba leer.

Como Rudolf quería ser de mayor creador de videojuegos pues estaba siempre muy ocupado observando a sus semejantes. Decía que de la vida se podían sacar personajes auténticamente estrafalarios y propios de los videojuegos más curiosos. Por eso se dedicaba a mirar lo que hacían los chavales del recreo y comentaba con sus primos todas las cosas que le resultaban asombrosas.

Así cayeron en la cuenta del tema de las banderas y casi ningún otro niño se percató del ir y venir de las banderas en los mástiles. Cuando el director decidió que iba a estar una temporadita sin reponer las banderas, porque le había costado ya un dinerito al Instituto y el encargado de arreglarlas y colocarlas estaba un poco harto, pues entonces fue cuando Rudolf y sus primos y también alguno más, se sentaron al pie de los mástiles y se pusieron a darle vueltas a la cabeza para intentar desentrañar el misterio.

¿Qué podía haber ocurrido con las banderas del Instituto? ¿Era un juego, una broma, una gamberrada? ¿Quién o quiénes serían los autores de tamaño desaguisado que tenía en vilo al conserje y al director?...



(Ahora entras tú en acción: Escribe las diez líneas finales de esta historia)

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